Un fantasma

Mario siente las manos frías y un remolino en la cabeza. Hace tres agotadores días que no se baña y empieza a oler mal. Se despertó recién y ya tiene hambre. Aún dormido busca las ramas que separó el día anterior y enciende su fogata mañanera. Se empieza a acostumbrar a este lugar paradisíaco. La Patagonia Argentina es su lugar en el mundo. El Lago Lacar está un poco más oscuro que otras veces, pero se alegra de poder ver el reflejo del sol en él. Mira el mate endulzado con miel que preparó y arranca su caminata matinal. Desciende lentamente por la ladera del cerro dejando atrás su carpa hippie azul. Las vacaciones tan esperadas recién empiezan y lo animan a recorrer nuevas orillas del lago. Una vez que siente el particular ruido de las zapatillas aplastando las piedras redondeadas, decide sacárselas y liberar sus pies algo cansados. Es tan placentera y familiar la sensación de libertad en los pies, que siente que ha estado allí por años. Siente mucho respeto por los salvajes silencios de la naturaleza. Recorre con los ojos los frondosos bosques de enfrente que parecen verdes pompas de algodón. Ve como el agua es un espejo perfecto que refleja todos los años el mismo paisaje. Absorto en tanta belleza ve aparecer, a lo lejos, muy difusa una figura humana. Es una anciana de espalda curva. Camina como si dejara atrás varios años de espera. Lleva flores blancas en sus manos y cuando llega a la orilla del Lacar, sin notar a Mario, las va dejando una a una. Las olas juegan caprichosas con las flores, las sacuden y las arrastran un poco de vuelta a la costa, pero al final, todas se pierden en una inmensidad azul muerte. Mario no quiere interrumpir el ritual de la mujer. Silencioso se levanta, se sacude el jean y vuelve a su carpa.

Al día siguiente decide ir de nuevo a la misma orilla para hablar con la mujer. Cuando llega ya es tarde. Ella camina de vuelta hacia el pueblo. Es tal la tristeza que transmite, aun de espaldas,  que no se anima a llamarla, tiene miedo que se asuste. Al tercer día, decide hablarle. Ensaya nervioso como presentarse. Ya en la playa la humedad en sus manos denota cierta absurda incomodidad. Mientras juega a hacer “sapito” con las piedras más chatas, ve que la anciana está llegando. Se levanta, se seca la palma de sus manos en el jean, la mira a los ojos y se presenta. La anciana parece no escucharlo. Empieza su ritual de lágrimas y desprende del ramo la primera flor. Mario disculpándose por el atrevimiento le dice que la vio otras veces en aquel lugar y quisiera saber para quién son las flores. Aletargada en su dolor, ella continúa entregando pedazos de lágrimas blancas al mar. Mario intenta tocar su hombro suavemente, pero el cuerpo de ella se le deshace entre los dedos transformándose en niebla. Puede atravesarla y en ese momento siente frío en los dedos. Con las manos heladas corre de vuelta a su carpa.

No pudo dormir esa noche. Decide que sus vacaciones en el sur, deben terminar. Piensa ir temprano al ciber del pueblo a buscar un alojamiento de verdad, que tenga una cama abrigada, estufa a leña y desayuno incluido. Despierta antes de que amanezca. El miedo se cuela en su alma. No quiere estar ni un minuto más en ese lugar que ahora es de muerte y profunda soledad. Con los primeros rayos del sol llega al pueblo y respira más calmado la urbanidad deseada. La gente conversa animada mientras camina por las calles. Abren las primeras panaderías e inundan el lugar con olor a pan recién horneado. Se siente en paz entre los seres vivos. Encuentra el ciber y se sienta frente a una computadora a buscar cabañas o bungalows cercanos. Pero está mañana, siente una curiosidad particular. Los pensamientos se le arremolinan y su frondosa cabellera deja caer algunos pelitos en el teclado. No recuerda ningún sabor en particular de estas vacaciones en solitario. De hecho no recuerda haber comido. Tampoco recuerda haber conversado con alguien desde que llegó y lo que es peor: no recuerda cuando ha llegado. Mira sus manos arrugadas, siente su espalda cansada. Teclea “muerte en el Lago Lacar + pareja + accidente + campamento” y la foto en blanco y negro que aparece lo hace caer en la realidad que trató de evitar cíclicamente cada año: ve a su esposa, de pelo largo y lacio, sonriendo con jazmines en sus manos. En aquella instantánea plagada de dolor, él la abraza abriendo la boca en una carcajada fugaz. Al costado de ellos se ve la carpa azul y varios troncos que preparan una fogata que nunca pudo ser.

En el mostrador del ciber, un cliente a punto de abonar su llamada se sobresalta de un monitor que se enciende solo y abre ventanas de diarios. Mira al dueño con los ojos desorbitados esperando una respuesta lógica. Éste tranquilo hace un movimiento de hombros y le da el vuelto. El cliente levanta levemente los hombros y los deja caer, minimizando lo que su mente lógica no puede encontrar explicación. Sale del ciber y enciende un cigarrillo.

VIAJE

Subo al colectivo. La ventana me devuelve un mamarracho de grises, rejas y cemento. Pero hago fuerza para encontrarles forma. Detengo la mirada en un verde repentino entre edificios y comercios que me lleva indefectiblemente a tu edificio. Cuento para arriba: piso uno, dos, tres y me quedo en el cuarto departamento. Vengo a tomar un té después del trabajo. Y ahí es cuando el péndulo da una pausa infinita: entonces tengo el sutil poder de volver el tiempo atrás y deshacer el hilo de los días. Subo volando por la ventana y espío tu ventana. Nos veo a nosotras dos, solas, charlando en el living de esa casa que tiene aroma a refugio, aroma a nubes altas que me acarician mientras tomamos la leche un día de semana en uniforme. Cuando me contás de la guerra civil española y lo difícilmente silencioso que fue comer porotos en todas sus formas durante un año. Que sabe a letra ilegible que sólo tus nietas sabemos descifrar, a tus manos teñidas de lágrimas oxidadas por vivir varias vidas en un solo cuerpo. Esa casa donde cada rincón marcó mi crecimiento.

Hoy tengo dos tazas favoritas que ahora descansan descoloridas en mi cocina, las que siempre usaba para cuando tenía sed en tu casa: una roja y otra azul. Tomo dos vasos seguidos mientras vos me decís cariñosa “¡Nena! ¡Si hay jugo por qué tomas agua de la canilla!”.  Y el destino caprichoso se apiada de nosotras: mientras nos tomamos de la mano, el reloj diluye los días del calendario por venir y nunca te internan, eso pasará en un  futuro lejano que aún no conozco. Hoy se que nunca se te enferma el corazón y se tapa y nunca te operan y sobrevivís y después te recuperas aparentemente. Nunca te vas seis horas después de darme un beso de hasta pronto porque nos vemos en tu casa al día siguiente. Nunca se te cansa el corazón de haber vivido y se detiene. Nunca empiezo a comerme las uñas a pesar de mis treinta. Nunca creo océanos de tristeza y tampoco se me rompe el alma de no poder abrazarte. Eso nunca pasa. Solo pasa esto. Solo esta tarde que recuerdo. Donde estamos las dos disfrutando de nosotras. De los tés con galletitas. De tu voz españolamente argentina. De todo ese universo que somos juntas. Solo nosotras siendo felices en la calidez de estos almohadones mullidos donde me hablas de lo importante que son los abrazos. Y ese momento es mágico, es real. Tus ojos de mar reflejan mi sonrisa al verte. Vienen las lágrimas y te empezás a nublar. El viento interrumpe mi visión y sopla despacio para que te suelte de a poco. El reloj vuelve a su cauce. Te vas suave como llegaste, con ese nombre loco, África, que te dieron como premio y con el cual nos divertíamos tanto. Porque te adjudicaron un continente entero y estuvo muy bien.

Es verano pero ahora tengo frío.
La tinta que grabó tu nombre de continente en el cuello, recorre mi cuerpo y abraza mis venas.
Y eso abue, eso es bueno.

The Very Inspiring Blogger Award (alegria)

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Esta vez, sin cuentos de por medio, comparto que fui nominada por https://papelpluma.wordpress.com/ para el premio “The very Inspiring Blogger Award”. Muchísimas gracias por la nominación! Agradecida y feliz!

Ahora los pasos a seguir para esta nominación: Nombrar 10 blogs + Contestar esta pregunta:

¿Que es la amistad?

Es sonreír en conjunto, mirar a los ojos de estos hermanos elegidos y reír porque sí, es volver el tiempo atrás y mirarnos hacer la nada misma sentadas en el pasto, mirando al río a la espera de las clases de gimnasia, es irnos de vacaciones de a diez y que tu mejor amiga use cualquier toalla menos la suya para secarse el cuerpo, luego de venir empapadas de la playa y putearla con ganas para cagarnos de risa hacia el final del día. Es escuchar por la noche, a otra de tus grandes amigas hablar hasta el alba, contando sus historias (reales e inventadas) y morirte de sueño, pero tratar de hilar lo que dice. Es vernos llorando por la perdida de algún enamoramiento de juventud (bueno, seguimos siendo jóvenes aunque el tiempo del colegio haya quedado atrás hace más de una década, ufff… eso dolió) y abrazarnos y putear juntas a ese gran bueno para nada, maldecirlo y atormentar su alma pidiéndole al destino que tenga algún problema escatológico de por vida. Es caminar más despacio (con menos flashes ensordecedores y saltos) y disfrutar de tomar un helado después de una película, charlarnos la vida y endulzarnos los oídos ensalsando a nuestros hijos (siempre los mejores, siempre los mas inteligentes, siempre los mas dulces). Es filosofar acerca de la vida, pensar muy distinto, levantar la voz y definir posturas, y batirnos un buen café al final de la noche, haciendolo espumoso entre charla y charla. Es saber que podés contarle tu vida y confiar en su mirada comprensiva. Es encontrar el consejo justo y el abrazo tan necesario. Es hacer girar la magia que hay en el mundo desvencijado y maltrecho, y ponerle colores, es sentir que hay un porque que se construye dadas de la mano.

Ahora nomino a los siguientes blogs:

https://dipedipa.wordpress.com

https://tintascreativas.wordpress.com/

https://literaturbiacuentos.wordpress.com/

https://poemios.wordpress.com

https://silvinart.wordpress.com/

https://emocionesencadenadas.wordpress.com/

https://waldfoto.wordpress.com/

https://despuesdelsexo.wordpress.com/

http://todoelorodelmundo.com/

https://cruzagramas.wordpress.com/ 

Muchas gracias y a escribir…

Luz

De tres

(Extracto del Diario Prohibido o "Relato del Inicio", encontrado en el sótano 
de la calle _______ n° 1417, página suelta dentro del Tomo I)

Ya se porque me preguntan tantas veces que hacer. Son los libros. Me costó entenderlo.

Eran tres amigos. Al iniciar el Último Éxodo se me fueron acercando sigilosamente. Pero me pareció natural. En un comienzo eramos muchos emprendiendo el mismo viaje y costaba no chocarse en la marcha. Uno de ellos me miró asombrado cuando me aparté del grupo y saqué mi Diario. Una costumbre que heredé de mi abuela: escribir a mano en un cuaderno en blanco. Se que esta en desuso, pero adquirí la costumbre a los cinco años y se transformó en mi pasión. Empezaba a anochecer y aprovechando las ultimas luces de la tarde, apoyé mi mochila en el piso, me senté sobre ella y comencé a escribir. Cada tanto levantaba la mirada y allí estaban conversando entre ellos, mirándome de reojo. Caminaban mas despacio para no perderme de vista. Redondee mi idea en el papel, guarde todo y recompuse la marcha. Traté de unirme a ellos, pero al verme llegar me esquivaban. Continué caminando a una cierta distancia, para no intimidarlos. Comencé a analizarlos. Yo conversaba con mis escritos y eso me salvaba de la peste. Pero ellos conversaban entre sí mucho más que la mayoría. Hasta por momentos percibí una especie de sonrisa en sus rostros.

El mas alto lloraba con la mirada constantemente (hacían dos generaciones que nadie lloraba con lágrimas), podía sentir su dolor aún sin verlo, era una energía agonizante que se olía en el aire. Pero estábamos acostumbrados al dolor en los rostros y eso lo hacía normal. Pecas era pequeña y a la distancia parecía una adolescente. Luego comprobé que era la más sabia de los tres. Y del último no puedo decir nada. Aún. Porque hable con el mucho mas tarde.

A simple vista me pareció que era fácil dar cuenta del triangulo amoroso que Pecas sostenía a lo largo de camino, ella era quien los impulsaba a seguir. El más alto a veces disminuía la marcha tratando de alejarse de sus compañeros, pero ella lo levantaba del piso cada vez y le hablaba al oído. Las primeras veces una palabra o una pequeña oración hacían la diferencia y él se levantaba y continuaba la marcha. Caminaban siempre muy próximos a Pecas, casi codo a codo. Pero me pareció que con el correr de las semanas, Pecas les comenzó a hablar cada vez menos y a despertar un poco mas tarde por las madrugadas. Un día me acerqué a ella mientras sus amigos dormían, y le pregunté que le pasaba. Corrió el pelo de la cara, abrió los grandes ojos y me miró intensa. Nos fuimos a caminar por el puente. Me contó que sentía un abismo en su pecho, sentía un implacable silencio como el que hubiese antes de que la marea traga-niños tragase a los últimos niños del mundo, sentía un adormecimiento en el estómago y por ello estaba comiendo menos. Sentía que las piernas no le respondían y la respiración se le aceleraba demasiado en algunos momentos del día. Sabía que iba a caer presa de La Enfermedad. Y no tenía idea de que hacer para revertir ese dolor. Temía de que eso fuese lo que le pasara al mas alto y no soportaba imaginarlo de rodillas al costado del camino, mirando el punto fijo infinito, perdido en el caos silencioso de una mente ida. Espero durante minutos vacios mi respuesta. No sabía que decir. Eran sentimientos muy fuertes que no comprendí. Y tuve miedo. Miedo del contagio durante esa charla. Me aleje temblando, mirándola con horror. Corrí hasta el lago a bañarme. Cuando sali decidi perderlos de vista. Me refugié mas que nunca en mis escritos. Anote palabras furiosas contra ella y sus compañeros. Hojas y hojas podridas describiendo la peste en ella y deseando que no me hubiese contagiado. Esa misma noche caminé hasta el alba, alejándome de ellos. Solo quería que mis pies avanzaran junto a otros silenciosos que no cargaran incógnitas cifradas. Queria dejar atrás las palabras de esa estúpida conversación. Las ampollas demoraron mi marcha. Finalmente me detuve esperando. Mientras aliviaba los pasos sangrantes, me leí un buen rato. Comencé a llorar. Empapado de su dolor, comprendí que los extrañaba. Ellos habían marcado varias paginas de mi diario. Comencé a reír de anécdotas inventadas para justificar algunas muecas que veía se hacían entre si, cuando caminábamos juntos. Bueno, juntos no. Cuando caminábamos cerca. Esa cercanía me hacia parte de ellos. Los estimaba. Comenzaron a temblarme las manos y se me nublo la vista. La peste caía en mi cuerpo. Resignado me arrodille como tantas veces vi que se hacía. Mire al punto fijo en el horizonte. No encontré ningún punto fijo. Así que comencé a observar a los puntos de personas que avanzaban kilómetros delante mio. Creí estar enloqueciendo, los puntos tomaban forma y se agrandaban. Se llenaban de cabezas, manos y pies bien definidos y no caí en la cuenta de su cercanía hasta que uno dijo “vinimos por El de los Libros…”.

Dije que vinimos por El de los Libros, ¿Sos vos?. Levanté la mirada y miré a mi interlocutor. Era el tercer miembro de mis distantes amigos. Tomé su mano para levantarme y caminamos juntos. Nadie dijo nada hasta que la tarde cantó su ultimo llanto. El sabor a sal de las lagrimas es tan filoso… Experimenté por primera vez esta sensación cuando habló de sus compañeros y media sonrisa voló de su boca hacia la mía. Reír llorando es muy extraño.

Durante dos días esperó a que reaccionaran pero ya estaban sucumbidos por la peste. Quiso contagiarse y simuló el estado de letargo eterno toda una tarde al lado de los cuerpos idos de sus compañeros, pero nada ocurría. Así, me confesó, supo que nunca se contagiaría. Todavía no entiendo porque me dijo eso. Recordando las charlas entre los tres siguió caminando hasta que me vió sentado en medio de la nada. Camino y camino cada vez más lento pero decidió volver sobre sus pasos. ¿Porque me hablaste en plural? Porque ellos vienen conmigo. Me sobresalté. Miré hacia atrás ilusionado. Me tomó por los hombros y dijo que estaban dentro suyo, y que hablaría de esta forma de ahora en más. No pude ocultar mi tristeza.

Por último me dijo si quería saber de que charlaban durante el camino. Abrí los ojos intrigado. Hablaban de mi. Me habían visto mucho antes que yo a ellos. Hacían teorías acerca de que escribiría en los cuadernos e imaginaban que recordaba anécdotas vividas durante mi infancia. Inventaban toda clase de historias y deseaban que las escribiera. (Así que tengo que seguir escribiendo y ahora si inventando historias más precisas para compartir, para que la mayoría pueda seguir caminando, para poder llegar a nuestro destino, porque sino seremos muy pocos.. y eso si me da miedo). 

Un día Pecas creó una compañera en mi vida para que no estuviera solo (y para que los cuadernos se llenaran más rápido, decía). Temblaron cuando la describió muy similar a ella. Allí fue cuando el mas alto empezó a hablar cada vez menos, y a dejar comida en sus latas. Hasta que cayó de rodillas y ella empezó a levantarlo.

Se detuvo y me pidió distancia para poder procesar todo lo vivido. Nos alejamos lentamente.

Pienso que esto no tuvo nada que ver conmigo. Pienso que se amaban en silencio y el riesgo de perderla hizo que la peste lo tomara por sorpresa. Y siento que ella se quedo allí petrificada para acompañarlo. Digo esto porque ayer mismo vi sus cuerpos al costado del camino. Estaban enfrentados y cada uno estaba perdido en la eterna mirada del otro. Y si aquello no es amor… entonces no entiendo el significado de esta maldita palabra.

Este relato esta relacionado con los siguientes:

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/07/17/lo-cura/

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/09/09/uncontinente/

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/07/17/blues/

Te

Terminó toda la infusión sabiendo en que éste era su primera bebida sin alcohol después de medio año. Tiempo atrás solía ponerle un poco de licor a cualquier líquido, siempre y cuando nadie la estuviese mirando. Tenía la precaución de hacerse notar lo menos posible. Se hizo experta en hacer movimientos silenciosos. Pasaba tan desapercibida a veces, que lograba hacerse invisible. Y esa capacidad extraordinaria la hizo partícipe del desconcierto generalizado de aquellas épocas.
Empezó una madrugada. Luego de saborear, por primera vez, un whisky empalagosamente seductor. Esa noche había conocido a un forastero en el bar de siempre, quien (se supo tiempo después) le propuso el robo. Se sentó a su lado. Vera, recostada en la barra, lo observó tomar y quiso ser vista. Intencionalmente distraída dejo caer su porrón de cerveza. Él, casi al instante, hizo lo mismo con su shot de whisky. Embriagados de enamoramiento recorrieron sus vidas con las palabras. Sabían que hacer. Ella fue al baño y del baño a la salida de emergencia donde lo encontró riendo. Allí fue donde él planeó el saqueo a la cantina. Encandilada por su osadía, Vera aceptó. Llegaron al antro olvidado. Abrir la puerta de servicio fue demasiado fácil. Tambaleantes de alcohol, danzaron sobre las mesas de madera, en una noche eterna. Rieron descaradamente por horas, haciéndole frente a la titilante luz roja.

Las cámaras lo registraron todo. A las tres de la mañana la policía ya estaba derribando la puerta de su modesto departamento. No alcanzó a terminar de disfrutar esa noche de amor nuevo (él se había ido minutos antes), que ya la estaban esposando y llevando la comisaría. Hizo sangrar sus manos de tanto apretar los puños.

Sentada en el calabozo húmedo y mal oliente, esperó lo peor por horas. Y ya con las lágrimas secas, se dio cuenta que los policías no notaban su presencia. Gritaban fuera de la celda mirándola por momentos pero sin verla, desesperados. No entendían como una mocosa escuálida desaparecía de allí. Abrieron las rejas para confirmar su ausencia. Rápida y silenciosamente escapó. Corrió desesperada.  A partir de ese día estuvo invisible por seis largos meses.

Lo buscó por todos lados en vano: se había esfumado. Durante ese periodo adquirió la costumbre de agregarle alcohol a todo lo que bebía. Para brindar por lo que no pudo ser, le decía a sus pensamientos. Se imaginaba miles de historias con él: recorridas por el parque, caminatas por las vías abandonadas. Tenía impregnado el perfume de su breve compañero como un tatuaje en la nariz. Y con los vestigios de ese aroma, hacía lo que quería. Caminaba por las calles gritándoles piropos malintencionados a los caballeros que pasaban con sus corbatas filosas. Asustaba a los gatos olvidados por las noches. Tiraba tachos de basura en plena media noche para asustar a los desvelados. Tocaba los timbres de las familias acaudaladas al mediodía y les tiraba huevos podridos. A veces lo sentía más cerca que nunca, aun sin recordar su nombre. Poco a poco fue olvidando el motivo por el cual se mareaba cada madrugada y solo le quedó la maldita costumbre de andar tambaleándose entre los transeúntes por las calles, mientras que estos desorientados no entendían contra que habían chocado. A veces de pura maldad robaba únicamente los documentos de las billeteras. Los dejaba en los baños de bares indecentes esperando que quien los encontrase tuviera un lindo gesto e intentara encontrar al dueño de los mismos. Pero esto nunca ocurría. La gente que los veía y los ignoraba. Eso la ponía gris.

Aburrida, una tarde de invierno, decidió empezar a devolver ella misma todos los documentos que había dejado en los bares. Y para ello necesitaba estar sobria. Se acercó a un bar y espero. Observó como un cliente se levantaba de su mesa dejando una infusión a medio tomar. Muy despacio tomó un poco de ese té, que resultó ser de canela, y por primera vez en medio año sintió el sabor escondido de su infusión preferida. Recordó que había empezado a tomar por el sabor de aquella piel olvidada. Termino la taza sintiendo como el calor de la canela invadía su cuerpo. Salió de aquel estado glorioso al escuchar los gritos del mozo. ¡Raja de acá pendeja! Salió agradecida de volver a ver el color de su rostro reflejado en las vidrieras de los negocios de por allí. Sintiéndose más liviana, volvió a su casa, se bañó y cambió de ropa. Volvió a caminar por esas calles tantas veces recorridas sin ser notada. Se detuvo un momento mirando su reflejo en una botella rota. Notó una presencia por detrás y el recordado aroma a canela. Esta vez, más intenso.

Silencia

Suenan  intermitentes en mi oído y quieren picarme. Tengo las uñas afiladas para el contraataque y las palmas de mis manos dispuestas a matar. Las sábanas no impiden que sus grandes agujas las traspasen y quieran comerme. Incómoda empiezo a forcejear evitando sus dientes afilados.

Me quieren débil, pero estoy preparada. Ya pasé treinta horas despierta y sigo viva. Mi garganta es un desierto mismo pero no puedo levantarme hasta que esto termine. Tengo varios repelentes conmigo para evitar ser drenada. Dormito por momentos hasta que siento en mis oídos sus vuelos filosos. Mis manos están coloradas y laten. Duelen de tantos movimientos esquivos. Las miro ya más despierta. Noto que el rojo se transforma en bordó. El bordo se oscurece y empieza a ser casi negro. Veo por primera vez que mate a varios de ellos hace un instante. Los tengo impregnados. La poca comida ingerida el día anterior viene a mi boca. Refriego las manos atormentadas sobre las sábanas para sacarme a los muertos. Me levanto por primera vez en todo un día sintiendo el cuerpo cansado pero los ojos bien abiertos. Escucho zumbidos otra vez. Se han reproducido aceleradamente. Hay más. Agarro un repelente y lo vacío rápido sobre las paredes donde sé que se preparan para morderme.

Vuelvo a la cama agitada, a taparme por un tiempo más. El aire se consume lentamente y empiezo a respirarme. El aire baila más rápido a mi alrededor. Me mareo. Asomo la cabeza. El cubrecama ya no es del verde que solía ser: ahora es gris. A pesar de la miopía, noto que han caído cadáveres encima. Me levanto. Alejo los cuerpos inertes. Tomo otro repelente y lo rocío íntegramente sobre la cama, para asegurarme de que ninguno vuelva.

Ahora no tengo lugar donde refugiarme, mirar la cama me marea más aún. Y el armario está muy lejos para esconderme dentro. El piso también está lleno de ellos. Tomo el tercer pomo temblando y lo activo alrededor de mí. Pero no es suficiente. Nada es suficiente. Ya los siento recorrerme. Atolondrados pero decididos. Ya no vuelan, pero trepan por la ropa despacio y constantes. Quieren llegar al cuello y así hincharse de sangre hasta explotar. Comienzo a rociar el repelente sobre la piel, tratando de evitar que me consuman. Pero no puedo mucho más. Caigo. Hago un último intento. Devoro el spray para que no entren. El sabor es amargo.

Los mareo y se alejan. Dejo de sentir el cosquilleo en el cuerpo. Tienen miedo (yo no). El tiempo se detiene y respiro lento. Retroceden hasta la cama, pero ven los cadáveres de sus camaradas y horrorizados van hacia las paredes, a su refugio (el aire se hace más denso). Se refugian en el vidrio de la ventana. Clavan sus agujas desesperadas y rompen el cristal (entiendo todo).

Siento una aguja clavada en mi garganta. Me hago cada vez más chica. El aire azul ya no me importa. Solo tengo sed. Mucha sed.

Comienzo a volar y sigo a mi manada a través del agujero que han hecho en la ventana.

Su cuerpo yace rígido después de tres días de putrefacción. Los ojos, deformes de horror, apuntan hacia una ventana rota. Las conjeturas preliminares indican muerte por deshidratación. La policía dispuso todo para su traslado a la morgue.

Pero antes de irse, se toma un momento para mirar de nuevo a la joven fallecida. Algo en ella no está bien. Quizás sea la hinchazón característica  de los muertos que no aparece. Parece muerta en un cuerpo vivo. Pálido, Duro, frío. Se ve congelada en el tiempo, con una última mueca de espanto.

El policía se acerca por última vez al cuerpo que huele a sangre seca. Ve un detalle ínfimo en el rostro desencajadamente muerto y, curioso, gira la rígida cabeza hacia un lado. Sobre el cuello asoma una gran picadura roja.

Escucha a lo lejos el zumbido de un mosquito y levanta la mano sacudiendo el aire.


 

SE(R)ES

Se levantó con una melodía pegadiza en la cabeza. Lavó su cabello y allí empezó todo. El estribillo se coló junto con el shampoo, que limpiaba su pelo caprichosamente graso. Recorrió el sudor temeroso de la madrugada llenando su piel con el aroma de sus notas. Suelta y dispuesta a cantar por primera vez, dejó el pelo libre, para que las ondas jugaran por la frente y cosquillearan la espalda. Y la canción empezó a expandirse poco a poco. Inundó su departamento, paso por todos los pisos de su edificio y de repente sus vecinos estaban moviendo rítmicamente los pies durante el desayuno. Se deslizó por las veredas y los kiosqueros regalaron bombones amarillos y rojos a todos sus clientes. Pasó por las calles y sus semáforos y los taxistas de la cuidad le dieron golpes al volante imitando el sonido de los bajos. Las personas que esperaban el colectivo bailaron tomadas de la mano sacudiendo sus cabezas y moviendo sus brazos. Los dueños de los comercios ponían carteles de descuentos descomunales con tal de llenar los locales para el baile y destinaban personas específicas para prender y apagar las luces, simulando ser boliches bailables. Los paseaperros soltaron a los canes para que pudieran corretear tranquilos, libres. Y fumaron paz suavemente y sin esconderse, movidos por el ritmo de sus propios corazones. Los niños formaron rondas inmensas que abarcaban a los mas sabios alimentapalomas. Cautivados por el aroma placentero del ambiente y por el circulo perfecto, los mas ancianos sonrieron a los seres alados que venían a llevárselos en breve, como diciéndoles “ahí vamos, solo un rato más”. Las flores se abrieron como si ese día fuera una primavera eterna y la música, viendo la armonía reinante, volvió a recorrer las veredas lentamente hasta llegar al edificio, subir sigilosamente hasta el cuarto piso, doblar a la derecha y después a la izquierda.

La encontró moviéndose al compás de su propio ritmo. Y con esta fiesta en su interior, se dispuso a sonreír por primera vez,

salir de su casa

agarrar las llaves

caminar hacia la puerta

Y así, abrir su corazón….