RABIA

Hacer la mochila fue fácil. Dos jeans gastados, un buzo gris con capucha, algunas remeras y entre ellas las de Nirvana y Morrisey, un puñado de cassetts regrabados (de esos que ya tienen la cinta gastada) y una púa roja que usaría cuando pudiese comprarse el bajo que miraba todas las tardes en el negocio de La Avenida. No había mucho más que agregar: este era su mundo. Cuando terminó se acostó por última vez en la cama. El sol de la tarde grababa en sus retinas recuerdos caprichosamente sepias y sus ojos acariciaron por última vez cada rincón de su adolescencia. Atinó a llevarse los posters de la habitación, pero se cansó de solo pensarlo. De fondo se escuchaban el monótono ruido de la heladera y la máquina de coser de su madre. No quiso interrumpirla. Los hilos iban y venían, ametrallando la ropa. Bajó las escaleras tratando de hacer el menor ruido posible. El quinto escalón, siempre flojo, delató su presencia, pero ella no se detuvo. Sorda de mierda. Siguió bajando sin preocuparse por el ruido ahora. Agarró sus llaves. En la cocina todo seguía sistemáticamente igual. Cerró el puño hasta sentir las uñas comidas presionando en la palma de las manos. Golpeó una silla que le estorbaba el paso hacia la única salida posible. Cerró la puerta de entrada haciéndole saber a toda la cuadra que se estaba yendo para siempre. Llegó al candado de la reja, abrió dejando la llave puesta (de cualquier manera no pensaba volver). Dejó que el chirrido de la reja entreabierta fuese ahora la molestia de esa casa y salió.

En la cocina, la máquina siguió forzando la unión de diferentes texturas por seis horas más. Hasta que repentinamente, ella también fue a parar al piso.

Caminó esas cuadras frías pensando a que amigo pedirle que le tire un colchón. Pensó en los chicos del barrio, en los compañeros de colegio, en los compañeros de la pizzería. Pasó por siete plazas distintas y vio pasar dos ambulancias. Llego la noche y con ella el frío invernal. Después de un rato sabía dónde tenía que ir. Ella no le iba a preguntar qué había pasado, ni cuánto tiempo pensaba quedarse. Simplemente lo recibiría en silencio, le prepararía un mate amargo y después irían a su cuarto a hacer rechinar la cama contra la pared hasta cansarse. Ariana trabajaba en el negocio familiar por las tardes, y ya había terminado el colegio. Nada de robar de la billetera de su padre, ni de hacer infinitas horas extras en la pizzería para comprarse el bajo que nunca se podría comprar. Vivía sola y no tenía que madrugar para escuchar profesores ojerosos que recitaban de memoria cada mañana lecciones del siglo pasado. Tenía una cama que se hacía lo suficientemente amplia para amar a quien ella quisiera cuando ella lo decidiera. Esa era la parte que Manuel odiaba. Siempre podía haber alguien dispuesto a usurpar ese rincón de la casa. Pero la necesidad fue más fuerte. Llegó a la casa. La miró un buen rato, pero siguió caminando hasta la estación para terminar de llorar sin que nadie lo viera. Tocó la puerta con la vergüenza de tener aún los ojos rojos. Ella lo recibió sonriendo. ¿Fumando a esta hora? No respondió. Pasa. Ahora se sentía incómodo. No sabía cómo empezar a decirle que se mudaba con ella, que quería vivir ahí para siempre. Pero ella resolvió la situación más rápido que él. Como siempre. Mh… Me parece que vamos directo arriba.

***

Al día siguiente se sentía más grande. Despertó al mediodía, cuando Ari ya había salido a trabajar. Se hizo un café con 5 cucharadas de azúcar y se puso a ver tele. El día pasó rápido. Ariana llegó a las seis de la tarde y puso la pava a hervir.

Manu le contó que había llamado Laura, su hermana, para pasar un rato por la tarde, que habían acomodado algo el living. Ari asentía con una mirada intensa. Se sentaron en la cocina. Manu tenía ganas de hablar toda la tarde, toda la noche. Quería contarle que iba a colaborar con todo su sueldo y también con las propinas que le dejaban los clientes, que tenía ganas de pintar de rojo una pared del living y poner en la pieza unos posters de The Doors. Mientras pensaba todo esto ella ya cebaba el primer mate. A Manu le empezaron a sudar las manos, las seco con su jean y arrancó.

-En la cuadra de la pizzería hay un perro muy pelotudo, que me ladra cada vez que salgo a hacer el reparto. El muy forro me ladra todo el tiempo. Todo el tiempo. Desde que llego, hasta que me voy… hijo de remil puta.
-Bueno… déjemosle un tachito de carne picada con vidrio. Seguro el pelotudo la come de una.

Instintivamente dio un paso hacia atrás. No le gustó el modo en el que lo dijo. Había una curiosidad espantosa en sus palabras. La forma en la cual sus labios carnosos pronunciaron la ve de vidrio le provocó una erección. Se dió asco.

-…

-De verdad te digo

-No… Perro de mierda, seguro que se muere este año de tan viejo que esta…

-… como quieras.

Ariana siguió tomando mate como si nada, mirando hacia la ventana.

***

Los primeros meses se pasaron volando entre risas y sabanas transpiradas. Después de la pizzería se iban a casas de amigos de Ariana a jugar a las cartas hasta temprano o a alguna plaza a terminar el alcohol y a espantar vagabundos con sus carcajadas. ¿Nos volvemos temprano?, se decían mutuamente. Temprano era resistir despiertos hasta las siete de la mañana, que era cuando el mundo empezaba a girar de nuevo. Se transitaba fácil el frio de esa época: juntos. Manuel se empezaba a acostumbrar a no saber nada de sus padres y le parecía bien.

Hasta que una tarde en la que hacía tiempo para entrar en la pizzería, se cruzó a su viejo, cara a cara. Venía fumando unos Gitans y jugando con el encendedor. Caminaba despreocupado cuando desacelero el paso, miro bien y ahí lo vio. Su viejo estaba desmejorado. Menos pelo, más panza. Hasta caminaba más lento. Casi detuvo el paso cuando estuvieron enfrentados. Tomo una bocanada de aire y no la soltó mientras lo miraba asustado. Su padre siguió caminando como si no lo hubiese visto. Manuel se quedó helado ahí mismo. Sé que me vio. Yo lo vi. Me vio.

***

Llegó el verano y Laura, iba cada vez más seguido a visitarlo. Especialmente cuando no estaba ella. Charlaban, se divertían. Tenía la misma edad que Manu y tenían mucho en común. En medio de alguna conversación insignificante ella se tomaba un momento para hacer una pausa, sonreírle con ojos tristes y… Algo más. Había algo más ahí que Manu no entendía. Algo no encajaba. Un día Manu no aguantó. Le abrió la puerta, ella entró tímida. Sin saludarla, la miró directo a los ojos y preguntó lo que no quería escuchar.

-¡¿Me vas a decir que mierda te pasa que venís acá cuando no está tu hermana?!

-Manu… es difícil…

-¿qué?

-Te conviene irte. No sé. Volver a lo de tus viejos… o a otro lado…

-¿Por qué?

-…ya sabes porqué…

Lo sabía. Por las mañanas ya no desayunaban juntos. Ariana no se levantaba para acompañarlo hasta la esquina del colegio. Al mediodía él llegaba tarde para no cruzarla. Terminó el colegio para Manuel y era más difícil aún, sin nada que hacer hasta la hora del reparto. Ariana volvía cada vez más tarde del negocio. Alguna que otra vez salía con una amiga que vos no conoces Manu, es una vieja chota, te vas a aburrir si venís. Otras veces tenía que hacer trámites. Manuel sabía que ningún trámite se hacía después de las seis de la tarde, pero aun así: confiaba. Se esforzaba por creer que ella le estaba poniendo garra a la relación. Los chirridos de la cama ya no eran los mismos. Eran mecánicos. Se esforzaba por darles ritmo, pero sonaban todos con la misma poca intensidad. Era cuestión de tiempo. Evitaba esas preguntas conscientemente. Ya no tenía donde ir. No tenía ganas de pensar.

***

Un hombre baja de su auto, cierra la puerta. Abre la puerta trasera y toma a su hija de los brazos. La cruza en upa hasta la vereda de en frente, donde la baja. Caminan juntos de la mano hasta llegar a la puerta de un jardín de infantes. La besa en el pelo y ve como ella entra aun dormida a su salita. Sonríe viéndola caminar. Saluda a las maestras. Vuelve al auto. De camino a su casa se distrae en una discusión telefónica y se pierde. Nunca se había pedido en su barrio. Frena abruptamente. Corta el celular a las puteadas. Miran el nombre de la calle. Le sudan las manos. Las limpia en su pantalón. Se asfixia. Intenta calmarse. Necesita aire. Sale del auto y comienza a caminar. Pasa lentamente por el frente de una casa abandonada que aún conserva el cartel de Cuidado con el perro. Es la única casa en este estado de toda la cuadra, lo que lo lleva a pensar que debe estar barata a pesar de ser una zona residencial. El pasto esta crecido y hay yuyos que tapan toda la medianera del lado izquierdo. Piensa cuanto debe costar. Se podría hacer un lindo dúplex en todo ese terreno casi baldío. La mira de nuevo, como recordando algo. Ahora parece sorprendido. Se detiene y retrocede unos pasos. La contempla atento. Se acerca más aún. Mira hacia los restos de una cucha. Se agacha tranquilo a esperar que pase algo. Sale un perro gordo y viejo, que con el bigote canoso olfatea el aire y levanta las orejas. Ahora camina hacia la reja. Mira fijamente al hombre. El silencio entre ellos es perturbador.

VIAJE

Subo al colectivo. La ventana me devuelve un mamarracho de grises, rejas y cemento. Pero hago fuerza para encontrarles forma. Detengo la mirada en un verde repentino entre edificios y comercios que me lleva indefectiblemente a tu edificio. Cuento para arriba: piso uno, dos, tres y me quedo en el cuarto departamento. Vengo a tomar un té después del trabajo. Y ahí es cuando el péndulo da una pausa infinita: entonces tengo el sutil poder de volver el tiempo atrás y deshacer el hilo de los días. Subo volando por la ventana y espío tu ventana. Nos veo a nosotras dos, solas, charlando en el living de esa casa que tiene aroma a refugio, aroma a nubes altas que me acarician mientras tomamos la leche un día de semana en uniforme. Cuando me contás de la guerra civil española y lo difícilmente silencioso que fue comer porotos en todas sus formas durante un año. Que sabe a letra ilegible que sólo tus nietas sabemos descifrar, a tus manos teñidas de lágrimas oxidadas por vivir varias vidas en un solo cuerpo. Esa casa donde cada rincón marcó mi crecimiento.

Hoy tengo dos tazas favoritas que ahora descansan descoloridas en mi cocina, las que siempre usaba para cuando tenía sed en tu casa: una roja y otra azul. Tomo dos vasos seguidos mientras vos me decís cariñosa “¡Nena! ¡Si hay jugo por qué tomas agua de la canilla!”.  Y el destino caprichoso se apiada de nosotras: mientras nos tomamos de la mano, el reloj diluye los días del calendario por venir y nunca te internan, eso pasará en un  futuro lejano que aún no conozco. Hoy se que nunca se te enferma el corazón y se tapa y nunca te operan y sobrevivís y después te recuperas aparentemente. Nunca te vas seis horas después de darme un beso de hasta pronto porque nos vemos en tu casa al día siguiente. Nunca se te cansa el corazón de haber vivido y se detiene. Nunca empiezo a comerme las uñas a pesar de mis treinta. Nunca creo océanos de tristeza y tampoco se me rompe el alma de no poder abrazarte. Eso nunca pasa. Solo pasa esto. Solo esta tarde que recuerdo. Donde estamos las dos disfrutando de nosotras. De los tés con galletitas. De tu voz españolamente argentina. De todo ese universo que somos juntas. Solo nosotras siendo felices en la calidez de estos almohadones mullidos donde me hablas de lo importante que son los abrazos. Y ese momento es mágico, es real. Tus ojos de mar reflejan mi sonrisa al verte. Vienen las lágrimas y te empezás a nublar. El viento interrumpe mi visión y sopla despacio para que te suelte de a poco. El reloj vuelve a su cauce. Te vas suave como llegaste, con ese nombre loco, África, que te dieron como premio y con el cual nos divertíamos tanto. Porque te adjudicaron un continente entero y estuvo muy bien.

Es verano pero ahora tengo frío.
La tinta que grabó tu nombre de continente en el cuello, recorre mi cuerpo y abraza mis venas.
Y eso abue, eso es bueno.

The Very Inspiring Blogger Award (alegria)

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Esta vez, sin cuentos de por medio, comparto que fui nominada por https://papelpluma.wordpress.com/ para el premio “The very Inspiring Blogger Award”. Muchísimas gracias por la nominación! Agradecida y feliz!

Ahora los pasos a seguir para esta nominación: Nombrar 10 blogs + Contestar esta pregunta:

¿Que es la amistad?

Es sonreír en conjunto, mirar a los ojos de estos hermanos elegidos y reír porque sí, es volver el tiempo atrás y mirarnos hacer la nada misma sentadas en el pasto, mirando al río a la espera de las clases de gimnasia, es irnos de vacaciones de a diez y que tu mejor amiga use cualquier toalla menos la suya para secarse el cuerpo, luego de venir empapadas de la playa y putearla con ganas para cagarnos de risa hacia el final del día. Es escuchar por la noche, a otra de tus grandes amigas hablar hasta el alba, contando sus historias (reales e inventadas) y morirte de sueño, pero tratar de hilar lo que dice. Es vernos llorando por la perdida de algún enamoramiento de juventud (bueno, seguimos siendo jóvenes aunque el tiempo del colegio haya quedado atrás hace más de una década, ufff… eso dolió) y abrazarnos y putear juntas a ese gran bueno para nada, maldecirlo y atormentar su alma pidiéndole al destino que tenga algún problema escatológico de por vida. Es caminar más despacio (con menos flashes ensordecedores y saltos) y disfrutar de tomar un helado después de una película, charlarnos la vida y endulzarnos los oídos ensalsando a nuestros hijos (siempre los mejores, siempre los mas inteligentes, siempre los mas dulces). Es filosofar acerca de la vida, pensar muy distinto, levantar la voz y definir posturas, y batirnos un buen café al final de la noche, haciendolo espumoso entre charla y charla. Es saber que podés contarle tu vida y confiar en su mirada comprensiva. Es encontrar el consejo justo y el abrazo tan necesario. Es hacer girar la magia que hay en el mundo desvencijado y maltrecho, y ponerle colores, es sentir que hay un porque que se construye dadas de la mano.

Ahora nomino a los siguientes blogs:

https://dipedipa.wordpress.com

https://tintascreativas.wordpress.com/

https://literaturbiacuentos.wordpress.com/

https://poemios.wordpress.com

https://silvinart.wordpress.com/

https://emocionesencadenadas.wordpress.com/

https://waldfoto.wordpress.com/

https://despuesdelsexo.wordpress.com/

http://todoelorodelmundo.com/

https://cruzagramas.wordpress.com/ 

Muchas gracias y a escribir…

Luz

De tres

(Extracto del Diario Prohibido o "Relato del Inicio", encontrado en el sótano 
de la calle _______ n° 1417, página suelta dentro del Tomo I)

Ya se porque me preguntan tantas veces que hacer. Son los libros. Me costó entenderlo.

Eran tres amigos. Al iniciar el Último Éxodo se me fueron acercando sigilosamente. Pero me pareció natural. En un comienzo eramos muchos emprendiendo el mismo viaje y costaba no chocarse en la marcha. Uno de ellos me miró asombrado cuando me aparté del grupo y saqué mi Diario. Una costumbre que heredé de mi abuela: escribir a mano en un cuaderno en blanco. Se que esta en desuso, pero adquirí la costumbre a los cinco años y se transformó en mi pasión. Empezaba a anochecer y aprovechando las ultimas luces de la tarde, apoyé mi mochila en el piso, me senté sobre ella y comencé a escribir. Cada tanto levantaba la mirada y allí estaban conversando entre ellos, mirándome de reojo. Caminaban mas despacio para no perderme de vista. Redondee mi idea en el papel, guarde todo y recompuse la marcha. Traté de unirme a ellos, pero al verme llegar me esquivaban. Continué caminando a una cierta distancia, para no intimidarlos. Comencé a analizarlos. Yo conversaba con mis escritos y eso me salvaba de la peste. Pero ellos conversaban entre sí mucho más que la mayoría. Hasta por momentos percibí una especie de sonrisa en sus rostros.

El mas alto lloraba con la mirada constantemente (hacían dos generaciones que nadie lloraba con lágrimas), podía sentir su dolor aún sin verlo, era una energía agonizante que se olía en el aire. Pero estábamos acostumbrados al dolor en los rostros y eso lo hacía normal. Pecas era pequeña y a la distancia parecía una adolescente. Luego comprobé que era la más sabia de los tres. Y del último no puedo decir nada. Aún. Porque hable con el mucho mas tarde.

A simple vista me pareció que era fácil dar cuenta del triangulo amoroso que Pecas sostenía a lo largo de camino, ella era quien los impulsaba a seguir. El más alto a veces disminuía la marcha tratando de alejarse de sus compañeros, pero ella lo levantaba del piso cada vez y le hablaba al oído. Las primeras veces una palabra o una pequeña oración hacían la diferencia y él se levantaba y continuaba la marcha. Caminaban siempre muy próximos a Pecas, casi codo a codo. Pero me pareció que con el correr de las semanas, Pecas les comenzó a hablar cada vez menos y a despertar un poco mas tarde por las madrugadas. Un día me acerqué a ella mientras sus amigos dormían, y le pregunté que le pasaba. Corrió el pelo de la cara, abrió los grandes ojos y me miró intensa. Nos fuimos a caminar por el puente. Me contó que sentía un abismo en su pecho, sentía un implacable silencio como el que hubiese antes de que la marea traga-niños tragase a los últimos niños del mundo, sentía un adormecimiento en el estómago y por ello estaba comiendo menos. Sentía que las piernas no le respondían y la respiración se le aceleraba demasiado en algunos momentos del día. Sabía que iba a caer presa de La Enfermedad. Y no tenía idea de que hacer para revertir ese dolor. Temía de que eso fuese lo que le pasara al mas alto y no soportaba imaginarlo de rodillas al costado del camino, mirando el punto fijo infinito, perdido en el caos silencioso de una mente ida. Espero durante minutos vacios mi respuesta. No sabía que decir. Eran sentimientos muy fuertes que no comprendí. Y tuve miedo. Miedo del contagio durante esa charla. Me aleje temblando, mirándola con horror. Corrí hasta el lago a bañarme. Cuando sali decidi perderlos de vista. Me refugié mas que nunca en mis escritos. Anote palabras furiosas contra ella y sus compañeros. Hojas y hojas podridas describiendo la peste en ella y deseando que no me hubiese contagiado. Esa misma noche caminé hasta el alba, alejándome de ellos. Solo quería que mis pies avanzaran junto a otros silenciosos que no cargaran incógnitas cifradas. Queria dejar atrás las palabras de esa estúpida conversación. Las ampollas demoraron mi marcha. Finalmente me detuve esperando. Mientras aliviaba los pasos sangrantes, me leí un buen rato. Comencé a llorar. Empapado de su dolor, comprendí que los extrañaba. Ellos habían marcado varias paginas de mi diario. Comencé a reír de anécdotas inventadas para justificar algunas muecas que veía se hacían entre si, cuando caminábamos juntos. Bueno, juntos no. Cuando caminábamos cerca. Esa cercanía me hacia parte de ellos. Los estimaba. Comenzaron a temblarme las manos y se me nublo la vista. La peste caía en mi cuerpo. Resignado me arrodille como tantas veces vi que se hacía. Mire al punto fijo en el horizonte. No encontré ningún punto fijo. Así que comencé a observar a los puntos de personas que avanzaban kilómetros delante mio. Creí estar enloqueciendo, los puntos tomaban forma y se agrandaban. Se llenaban de cabezas, manos y pies bien definidos y no caí en la cuenta de su cercanía hasta que uno dijo “vinimos por El de los Libros…”.

Dije que vinimos por El de los Libros, ¿Sos vos?. Levanté la mirada y miré a mi interlocutor. Era el tercer miembro de mis distantes amigos. Tomé su mano para levantarme y caminamos juntos. Nadie dijo nada hasta que la tarde cantó su ultimo llanto. El sabor a sal de las lagrimas es tan filoso… Experimenté por primera vez esta sensación cuando habló de sus compañeros y media sonrisa voló de su boca hacia la mía. Reír llorando es muy extraño.

Durante dos días esperó a que reaccionaran pero ya estaban sucumbidos por la peste. Quiso contagiarse y simuló el estado de letargo eterno toda una tarde al lado de los cuerpos idos de sus compañeros, pero nada ocurría. Así, me confesó, supo que nunca se contagiaría. Todavía no entiendo porque me dijo eso. Recordando las charlas entre los tres siguió caminando hasta que me vió sentado en medio de la nada. Camino y camino cada vez más lento pero decidió volver sobre sus pasos. ¿Porque me hablaste en plural? Porque ellos vienen conmigo. Me sobresalté. Miré hacia atrás ilusionado. Me tomó por los hombros y dijo que estaban dentro suyo, y que hablaría de esta forma de ahora en más. No pude ocultar mi tristeza.

Por último me dijo si quería saber de que charlaban durante el camino. Abrí los ojos intrigado. Hablaban de mi. Me habían visto mucho antes que yo a ellos. Hacían teorías acerca de que escribiría en los cuadernos e imaginaban que recordaba anécdotas vividas durante mi infancia. Inventaban toda clase de historias y deseaban que las escribiera. (Así que tengo que seguir escribiendo y ahora si inventando historias más precisas para compartir, para que la mayoría pueda seguir caminando, para poder llegar a nuestro destino, porque sino seremos muy pocos.. y eso si me da miedo). 

Un día Pecas creó una compañera en mi vida para que no estuviera solo (y para que los cuadernos se llenaran más rápido, decía). Temblaron cuando la describió muy similar a ella. Allí fue cuando el mas alto empezó a hablar cada vez menos, y a dejar comida en sus latas. Hasta que cayó de rodillas y ella empezó a levantarlo.

Se detuvo y me pidió distancia para poder procesar todo lo vivido. Nos alejamos lentamente.

Pienso que esto no tuvo nada que ver conmigo. Pienso que se amaban en silencio y el riesgo de perderla hizo que la peste lo tomara por sorpresa. Y siento que ella se quedo allí petrificada para acompañarlo. Digo esto porque ayer mismo vi sus cuerpos al costado del camino. Estaban enfrentados y cada uno estaba perdido en la eterna mirada del otro. Y si aquello no es amor… entonces no entiendo el significado de esta maldita palabra.

Este relato esta relacionado con los siguientes:

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/07/17/lo-cura/

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/09/09/uncontinente/

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/07/17/blues/

Te

Terminó toda la infusión sabiendo en que éste era su primera bebida sin alcohol después de medio año. Tiempo atrás solía ponerle un poco de licor a cualquier líquido, siempre y cuando nadie la estuviese mirando. Tenía la precaución de hacerse notar lo menos posible. Se hizo experta en hacer movimientos silenciosos. Pasaba tan desapercibida a veces, que lograba hacerse invisible. Y esa capacidad extraordinaria la hizo partícipe del desconcierto generalizado de aquellas épocas.
Empezó una madrugada. Luego de saborear, por primera vez, un whisky empalagosamente seductor. Esa noche había conocido a un forastero en el bar de siempre, quien (se supo tiempo después) le propuso el robo. Se sentó a su lado. Vera, recostada en la barra, lo observó tomar y quiso ser vista. Intencionalmente distraída dejo caer su porrón de cerveza. Él, casi al instante, hizo lo mismo con su shot de whisky. Embriagados de enamoramiento recorrieron sus vidas con las palabras. Sabían que hacer. Ella fue al baño y del baño a la salida de emergencia donde lo encontró riendo. Allí fue donde él planeó el saqueo a la cantina. Encandilada por su osadía, Vera aceptó. Llegaron al antro olvidado. Abrir la puerta de servicio fue demasiado fácil. Tambaleantes de alcohol, danzaron sobre las mesas de madera, en una noche eterna. Rieron descaradamente por horas, haciéndole frente a la titilante luz roja.

Las cámaras lo registraron todo. A las tres de la mañana la policía ya estaba derribando la puerta de su modesto departamento. No alcanzó a terminar de disfrutar esa noche de amor nuevo (él se había ido minutos antes), que ya la estaban esposando y llevando la comisaría. Hizo sangrar sus manos de tanto apretar los puños.

Sentada en el calabozo húmedo y mal oliente, esperó lo peor por horas. Y ya con las lágrimas secas, se dio cuenta que los policías no notaban su presencia. Gritaban fuera de la celda mirándola por momentos pero sin verla, desesperados. No entendían como una mocosa escuálida desaparecía de allí. Abrieron las rejas para confirmar su ausencia. Rápida y silenciosamente escapó. Corrió desesperada.  A partir de ese día estuvo invisible por seis largos meses.

Lo buscó por todos lados en vano: se había esfumado. Durante ese periodo adquirió la costumbre de agregarle alcohol a todo lo que bebía. Para brindar por lo que no pudo ser, le decía a sus pensamientos. Se imaginaba miles de historias con él: recorridas por el parque, caminatas por las vías abandonadas. Tenía impregnado el perfume de su breve compañero como un tatuaje en la nariz. Y con los vestigios de ese aroma, hacía lo que quería. Caminaba por las calles gritándoles piropos malintencionados a los caballeros que pasaban con sus corbatas filosas. Asustaba a los gatos olvidados por las noches. Tiraba tachos de basura en plena media noche para asustar a los desvelados. Tocaba los timbres de las familias acaudaladas al mediodía y les tiraba huevos podridos. A veces lo sentía más cerca que nunca, aun sin recordar su nombre. Poco a poco fue olvidando el motivo por el cual se mareaba cada madrugada y solo le quedó la maldita costumbre de andar tambaleándose entre los transeúntes por las calles, mientras que estos desorientados no entendían contra que habían chocado. A veces de pura maldad robaba únicamente los documentos de las billeteras. Los dejaba en los baños de bares indecentes esperando que quien los encontrase tuviera un lindo gesto e intentara encontrar al dueño de los mismos. Pero esto nunca ocurría. La gente que los veía y los ignoraba. Eso la ponía gris.

Aburrida, una tarde de invierno, decidió empezar a devolver ella misma todos los documentos que había dejado en los bares. Y para ello necesitaba estar sobria. Se acercó a un bar y espero. Observó como un cliente se levantaba de su mesa dejando una infusión a medio tomar. Muy despacio tomó un poco de ese té, que resultó ser de canela, y por primera vez en medio año sintió el sabor escondido de su infusión preferida. Recordó que había empezado a tomar por el sabor de aquella piel olvidada. Termino la taza sintiendo como el calor de la canela invadía su cuerpo. Salió de aquel estado glorioso al escuchar los gritos del mozo. ¡Raja de acá pendeja! Salió agradecida de volver a ver el color de su rostro reflejado en las vidrieras de los negocios de por allí. Sintiéndose más liviana, volvió a su casa, se bañó y cambió de ropa. Volvió a caminar por esas calles tantas veces recorridas sin ser notada. Se detuvo un momento mirando su reflejo en una botella rota. Notó una presencia por detrás y el recordado aroma a canela. Esta vez, más intenso.

Silencia

Suenan  intermitentes en mi oído y quieren picarme. Tengo las uñas afiladas para el contraataque y las palmas de mis manos dispuestas a matar. Las sábanas no impiden que sus grandes agujas las traspasen y quieran comerme. Incómoda empiezo a forcejear evitando sus dientes afilados.

Me quieren débil, pero estoy preparada. Ya pasé treinta horas despierta y sigo viva. Mi garganta es un desierto mismo pero no puedo levantarme hasta que esto termine. Tengo varios repelentes conmigo para evitar ser drenada. Dormito por momentos hasta que siento en mis oídos sus vuelos filosos. Mis manos están coloradas y laten. Duelen de tantos movimientos esquivos. Las miro ya más despierta. Noto que el rojo se transforma en bordó. El bordo se oscurece y empieza a ser casi negro. Veo por primera vez que mate a varios de ellos hace un instante. Los tengo impregnados. La poca comida ingerida el día anterior viene a mi boca. Refriego las manos atormentadas sobre las sábanas para sacarme a los muertos. Me levanto por primera vez en todo un día sintiendo el cuerpo cansado pero los ojos bien abiertos. Escucho zumbidos otra vez. Se han reproducido aceleradamente. Hay más. Agarro un repelente y lo vacío rápido sobre las paredes donde sé que se preparan para morderme.

Vuelvo a la cama agitada, a taparme por un tiempo más. El aire se consume lentamente y empiezo a respirarme. El aire baila más rápido a mi alrededor. Me mareo. Asomo la cabeza. El cubrecama ya no es del verde que solía ser: ahora es gris. A pesar de la miopía, noto que han caído cadáveres encima. Me levanto. Alejo los cuerpos inertes. Tomo otro repelente y lo rocío íntegramente sobre la cama, para asegurarme de que ninguno vuelva.

Ahora no tengo lugar donde refugiarme, mirar la cama me marea más aún. Y el armario está muy lejos para esconderme dentro. El piso también está lleno de ellos. Tomo el tercer pomo temblando y lo activo alrededor de mí. Pero no es suficiente. Nada es suficiente. Ya los siento recorrerme. Atolondrados pero decididos. Ya no vuelan, pero trepan por la ropa despacio y constantes. Quieren llegar al cuello y así hincharse de sangre hasta explotar. Comienzo a rociar el repelente sobre la piel, tratando de evitar que me consuman. Pero no puedo mucho más. Caigo. Hago un último intento. Devoro el spray para que no entren. El sabor es amargo.

Los mareo y se alejan. Dejo de sentir el cosquilleo en el cuerpo. Tienen miedo (yo no). El tiempo se detiene y respiro lento. Retroceden hasta la cama, pero ven los cadáveres de sus camaradas y horrorizados van hacia las paredes, a su refugio (el aire se hace más denso). Se refugian en el vidrio de la ventana. Clavan sus agujas desesperadas y rompen el cristal (entiendo todo).

Siento una aguja clavada en mi garganta. Me hago cada vez más chica. El aire azul ya no me importa. Solo tengo sed. Mucha sed.

Comienzo a volar y sigo a mi manada a través del agujero que han hecho en la ventana.

Su cuerpo yace rígido después de tres días de putrefacción. Los ojos, deformes de horror, apuntan hacia una ventana rota. Las conjeturas preliminares indican muerte por deshidratación. La policía dispuso todo para su traslado a la morgue.

Pero antes de irse, se toma un momento para mirar de nuevo a la joven fallecida. Algo en ella no está bien. Quizás sea la hinchazón característica  de los muertos que no aparece. Parece muerta en un cuerpo vivo. Pálido, Duro, frío. Se ve congelada en el tiempo, con una última mueca de espanto.

El policía se acerca por última vez al cuerpo que huele a sangre seca. Ve un detalle ínfimo en el rostro desencajadamente muerto y, curioso, gira la rígida cabeza hacia un lado. Sobre el cuello asoma una gran picadura roja.

Escucha a lo lejos el zumbido de un mosquito y levanta la mano sacudiendo el aire.


 

SE(R)ES

Se levantó con una melodía pegadiza en la cabeza. Lavó su cabello y allí empezó todo. El estribillo se coló junto con el shampoo, que limpiaba su pelo caprichosamente graso. Recorrió el sudor temeroso de la madrugada llenando su piel con el aroma de sus notas. Suelta y dispuesta a cantar por primera vez, dejó el pelo libre, para que las ondas jugaran por la frente y cosquillearan la espalda. Y la canción empezó a expandirse poco a poco. Inundó su departamento, paso por todos los pisos de su edificio y de repente sus vecinos estaban moviendo rítmicamente los pies durante el desayuno. Se deslizó por las veredas y los kiosqueros regalaron bombones amarillos y rojos a todos sus clientes. Pasó por las calles y sus semáforos y los taxistas de la cuidad le dieron golpes al volante imitando el sonido de los bajos. Las personas que esperaban el colectivo bailaron tomadas de la mano sacudiendo sus cabezas y moviendo sus brazos. Los dueños de los comercios ponían carteles de descuentos descomunales con tal de llenar los locales para el baile y destinaban personas específicas para prender y apagar las luces, simulando ser boliches bailables. Los paseaperros soltaron a los canes para que pudieran corretear tranquilos, libres. Y fumaron paz suavemente y sin esconderse, movidos por el ritmo de sus propios corazones. Los niños formaron rondas inmensas que abarcaban a los mas sabios alimentapalomas. Cautivados por el aroma placentero del ambiente y por el circulo perfecto, los mas ancianos sonrieron a los seres alados que venían a llevárselos en breve, como diciéndoles “ahí vamos, solo un rato más”. Las flores se abrieron como si ese día fuera una primavera eterna y la música, viendo la armonía reinante, volvió a recorrer las veredas lentamente hasta llegar al edificio, subir sigilosamente hasta el cuarto piso, doblar a la derecha y después a la izquierda.

La encontró moviéndose al compás de su propio ritmo. Y con esta fiesta en su interior, se dispuso a sonreír por primera vez,

salir de su casa

agarrar las llaves

caminar hacia la puerta

Y así, abrir su corazón….