ta tu: tu

Se veía bien. Era discreto pero sensual. El tatuaje se lucia majestuoso desde todos ángulos. Lástima que él no supo apreciarlo el tiempo necesario (es decir toda la vida, minuto a minuto) y se fue. Ya no sabía cómo mirarse al espejo sin que el tatuaje le recordara lo absorbente que había sido con este último también. La lógica de su amor no era compartida. Solo pretendía el abismo entero y más. Parecía difícil para los demás. Resultaba ser que seguir a su amante a todos lados mientras él lo ignoraba, era algo obsesivo y asfixiante. Como así también lo era intentar saborearlo todas las noches y quedar con ganas de más por las mañanas? Para este ultimo (y los pocos que estuvieron atrás) parecía que sí.

Ahora se había enfriado. No lo lloraba más. Pero aquel dibujo en su piel aun parecía nuevo. Llamo a todos los lugares donde podían con magia laser y dinero remover esa impronta. Pero el dinero no alcanzaba. Nada alcanzaba. Ni hacerse otro tatuaje encima porque ello implicaba otro gasto más en su pobre billetera. Pero quería sacarse la marca de una buena vez y la solución siempre implicaba dinero y dolor.

Lo pensó una tarde de calor. Desnuda, en la cama, se dijo que habría millones de hombres dispuestos a su amor, y de entre esos millones habría miles con el nombre del tatuaje. Y de esos miles habría un puñado más listo para una aventura de verdad. La respuesta siempre había estado cerca.

Ya decidida busco por su barrio, busco por las plazas, busco por los el mar, debajo de su cama, por los techos de los edificios abandonados, por el viento y las rocas negras y adustas. Encontró varios. En un principio ellos se fascinaban con su personalidad tan radical y caían a sus pies una que otra noche. Ella siempre tenía cuidado de estar a oscuras en el momento del amor. El tatuaje no debía ser descubierto en las primeras citas, por ello le ponía misticismo a sus justificaciones para con los nuevos chicos. Y ellos enredados como estaban creían en su vergüenza y timidez exótica sin preguntar. Pero ninguno se quedaba. Pasado un tiempo, al ver el tatuaje en un festejo de aniversario, huían entre indignados, temerosos y sorprendidos. Ella lo volvía a intentar una vez más.

Un día llego uno diferente. Ojos escarlata. Bueno, era lo que ella veía. Los atrapó el abismo mismo en sus redes, devorándolos en un principio, como hace siempre el enamoramiento. No abrían las ventanas, ni las persianas, ni comían, ni se cambiaban, ni se lavaban. En esa época de juego de cuerpos frenéticos estaban cuando un diciembre de festejo le mostro el tatuaje. Ojos escarlata lo festejo alocado. Fue fácil.

Cuando la peste del enamoramiento empezaba a sucumbir la anécdota del tatuaje a veces le causaba risa. Poco a poco retomo sus actividades. Pero Ojos escarlata no. Esperaba impaciente el cuerpo de su chica todas las noches para atraparla en su baile eterno. Ella mientras tanto reía y disfrutaba.

Pasadas las cuatro estaciones algo la hizo detenerse. El hecho de que el no cesara su asecho. Descubrió su propia locura dentro de él. Lo había contagiado. Contagiado de frenetismo histérico por el amor de los cuerpos y la obsesión por las almas. Así poco a poco también él se desdibujo, se agriso.

Lo dejo una mañana de frio. Se fue serena. Feliz de su decisión a la estación de tren. Fue lejos a otro continente a airearse. Y el tema del tatuaje otra vez salió a flote. Pensó durante 3 lunas llenas y todavía no sabía qué hacer. Tan a flote salía a veces que vomito 3 días seguidos. La siguiente semana igual. Era raro. No hizo falta ningún test. Nunca se había sentido así.

Una noche se miro por dentro como suelen hacerlo las almas atormentadas: cerró los ojos, fue más profundo que el sueño compartido con el mundo. Bajo a las profundidades de la luz y lo vió: muy pequeño y esquelético su bebe se formaba fuerte y decidido. Ya tenía justificativo de sobra para su tatuaje. Era el nombre perfecto.

La criatura dentro suyo confirmo su sexo con una patada fuerte.


 

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