rota

Se hunde en el banco de aquella estación gris y ríe. Ríe de su soledad empedernida, de su suerte maltrecha, de su vaso siempre medio vacío, de su terquedad abrupta, de su “absolutez” firme, de sus novios inventados, de su pierna rota y el yeso que le pesó algún día de mayo. Ríe de la calma con la que tomó esa tarde de frió en que no vio la baldoza rota y se empezó a romper ella también. Ríe de la cara de su tía al llegar al hospital y verla con esa bota blanca, enorme, gigante, en su pierna. Ríe de los gritos recibidos esa misma tarde.
Ríe porque antes de haber caído disfrutó de una tarde alucinante. Saboreando el sol que acariciaba su piel en la plaza. Rie de haber tenido ese impulso frenético de descalzarse y caminar por el canto rodado sin más que sus pies bien sueltos. Ríe de haber tenido una cámara de fotos cerca. Ríe de la precisión con la que escuchó los pensamientos de los demás en los ojos al verla. Ríe de notar la desaprobación incipiente y marchita de los que caen luego de la primer carcajada contenida y ahora la miraban como si fuera una desquiciada. Rie de haber visto en la misma plaza a otro par de ojos menos grises que sonreían con ella. Rie de no haberse sentido tan sola ese instante. Rie de haber estado al borde de ser consumida por el precipicio inmaculado de Los Demás y después sentirse tan ella. Rie de haber encontrado esa alma fresca entre tanta multitud gruesa. Esa alma que la salvo durante tantos años por haber habitado sola en sus pensamientos.
Rie de las madrugadas oscuras sin sueño, ríe de las interminables caminatas de vuelta a la casa con pesadas bolsas que cortaban la circulación de sus manos, ríe de que nadie la eligiera para quedarse con ella en las primeras fiestas adolescentes, rie de escuchar historias de amor de otros pero no haber tenido una que incluya su nombre, rie de saber que solo la calmaba escuchar su propio pulso después de las golpizas.  Rie de haberse escapado un día de agosto, cuando todos parecían dormir, y sentirse libre a pesar de no comer todos los días,  rie de ver como ni siquiera se molestaban en ir a buscarla, rie al darse cuenta de que todos esperaban su partida desde hacía varios años. Rie de no sentirse más el peso de nadie.
Rie de estar hundida en el banco mirando sus manos ásperas y lastimadas por las caricias del gato callejero que ella siente propio. Rie al ver su calzado desmembrado y aireado por demás. Rie al sentir que le haría bien contar con un abrigo más grueso para las noches a la intemperie. Ríe de lo mucho que su cuerpo puede acurrucarse en ese banco y pedirle prestado al cemento algo del calor recibido durante el día. Rie de sus conversaciones filosóficas con el gato callejero. Rie de las respuestas acertadas del felino transmitidas con la mirada.
Rie porque las avispas están cada vez más cerca y la comen cuando duerme, ríe porque un día pensó que el gato de verdad le hablo, ríe porque debajo del banco hay un pez muerto que quiere devorarla, ríe porque sabe que el viento se detuvo solo para soplarle en el cuello y atormentarla con sus lamentos, ríe de ver sus canas atravesarle el cuerpo y de saber que le quedan ver muchas generaciones de niños en el parque disfrutar de una vida que ella no quiere. Rie de haberse sentido morir una luna llena entera, rie de haberse despertado la mañana siguiente aún entera (aunque un poco más corroída).
Rie. Rie porque sabe que solo con el sonido de su risa puede salvarse. Rie porque sabe que el abismo está cada vez más cerca y nadie nota que ella esta empezando a hundirse en el.

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