Re(e)d

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Le gustaba llamarlo así, calcetín, porque le hacía recordar a sus familiares europeos y porque cuando lo mencionaba en voz alta sonaba muy bien. Eran indispensables para salir. Las medias y sus All Stars viejas. La combinación nunca le fallaba a pesar de sus treinta y seis años muy bien llevados. Sentía que cuando una persona se vestía con esas zapatillas siempre aparentaba seguro cinco años menos y así ya estaría a la altura de cualquier otro postulante veinteañero que fuese a la misma entrevista que ella esa tarde. Después de convencer al entrevistado que era la persona indicada para ese puesto revelaría los ocho años excedidos del pedido original. Claramente en la solicitada de ilustradores junior decía “personas de entre dieciocho y veintiocho años. Excluyente”.

Faltaban veinte minutos para la entrevista y todavía no lo encontraba. Tenía unos diez minutos de viaje, con suerte, si el colectivo estaba esperándola en la parada. Los minutos corrían rápido a esta altura. Siguió buscando debajo de la mesa, de las sillas, debajo del sofá, detrás de la cama, en el fondo del ropero, en el lavarropas, en el cesto de ropa sucia (que usaba muchas veces de tacho de basura). Buscó en los cajones de la cocina, en el balcón, entre las sabanas. Faltaban ahora quince minutos. No iba a llegar a tiempo si seguía con la búsqueda. Entonces decidió salir con una sola media. Nadie lo notaría.

 Llego a la entrevista dos minutos antes de lo pactado. Se olio las axilas: milagrosamente habían sobrevivido sin efectos secundarios a su apurada caminata. Se miró en el espejo del ascensor mientras aguardaba a que este subiera los catorce pisos que la distanciaban de la entrevista laboral. Se acomodó la remera, emprolijó su camisa, se levantó un poco más los jeans, y por último intento arquear sus pestañas con los dedos sin dañarse los lentes de contacto que la alejaban de su torpe miopía. Se enruló mas el pelo con las manos. Se miró finalmente completa: era un desastre. El ascensor pasaba por el séptimo piso cuando, desilusionada, agarró una gomita de pelo de la cartera y se ató el desorden cerebral como pudo. Se sacó la camisa cuadrille y la puso en el bolso. Se bajó bien abajo la única media roja que tenía en el pie para que no se notara que la llevaba puesta. Se miró de nuevo al espejo: un poco mejor. Era más ella.

 Las puertas del ascensor finalmente se abrieron en el catorceavo piso. Lo primero que vio fue a dos cuasi adolescentes vestidas con trajecitos y tacos agujas que la radiografiaron de arriba a abajo e instantáneamente levantaron las cejas al mismo tiempo. Empezó a respirar agitada, las piernas borrachas de mareo no respondían correctamente, las manos tamborileaban sobre la cartera marcando un compás arrítmico y en este estado caótico pidió el formulario en recepción. Se sentó en uno de los asientos que quedaban libres y leyó las preguntas. Eran preguntas frías, técnicas, matemáticas, distantes. Pedían inicios y finales de ciclos pero con fechas concretas y ella en lugar de números, solo tenía un puñado de sensaciones lógicas para sus finales difusos, para sus relatividades incongruentes. Haciendo un esfuerzo se permitió completar el formulario pero solo siendo fiel a sí misma. Revolvió la cartera y solo encontró una birome roja. Sonrió un poco y con la letra más suelta que pudo, relleno todos los campos. Su letra iba sobrevolando los renglones, los esquivaba, los mareaba. A veces las palabras contaban con detalle momentos de su vida que no le eran consultados (pero ella entendía que debían ser contados porque iniciaban ciclos superpuestos y eso era lo que pedían: plasmar el comienzo de etapas con datos reales). Ahí estaba la birome roja, moviéndose compenetrada en la historia, los inicios y los finales. Tacho las preguntas irrelevantes e invento otras en su reemplazo. Pidió a la recepcionista una hoja más en blanco para poder seguir llenando el formulario. La mujer le dio dos hojas un poco intrigada y dudosa. Ahora la miraban todas las jóvenes en tacos, de forma extraña, al entrar en la entrevista y al salir. Se fueron yendo de a poco todas. Ella seguía allí escribiéndose. Paso el medio día, llegó la tarde y la recepcionista le indicó que ella era la última, que podía pasar aunque no hubiese terminado de completar el formulario. Ella le mostro el formulario aún incompleto y le pidió un par de hojas más para poder terminar su solicitud. Ante el silencio desconcertado de la secretaria, Elsa se impacientó. Las palabras empezarían a volársele como mariposas si  no las atrapaba delicadamente en ese preciso momento. Le explicó que tenía que ser muy cuidadosa con ellas y encausarlas en el desmadrado mundo de lo tangible. Que estas se desprendían de ella como susurros sueltos si no lograba volver a juntarlas, reacomodarlas y dibujarlas todas juntas. La recepcionista quedo boquiabierta y pasmada. Elsa no podía perder tiempo con mas explicaciones obvias: fue directo a la fotocopiadora que estaba detrás de la recepción, abrió el cajón de hojas y se agarró un buen pilón. “Después te las devuelvo. Es una promesa”. Así se fue con miles de hojas blancas que luego se impregnarían con su aroma, con sus risas y defectos, con sus viernes de lectura y sus madrugadas de páginas y saliva  estampados en sus mejillas, con sus boletas vencidas y sus plantas eternamente marchitas en el balcón, con sus focos de luz de bajo consumo y sus tardes de mates con frio.

De pronto llego a la cuadra de su casa caminando con todas las hojas escritas. En la librería se compró dos cuadernos en blanco, por las dudas. Llego a su casa. Se sentó en la cama y siguió escribiendo. Le dolían los dedos ampollados que gritaban su historia, los ojos rojos parpadeaban cada vez más lento y finalmente se quedó dormida entre la suavidad de sus palabras.

A la mañana siguiente decidió dejar el curso de ilustración y abocar esas horas a seguir escribiendo su formulario de vida. Un mes después tenía tres tomos de su vida reflejados en rojo. Tres semanas más tarde finalmente encontró su calcetín rojo. Y su vida volvió a la normalidad.

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