Silencia

Suenan  intermitentes en mi oído y quieren picarme. Tengo las uñas afiladas para el contraataque y las palmas de mis manos dispuestas a matar. Las sábanas no impiden que sus grandes agujas las traspasen y quieran comerme. Incómoda empiezo a forcejear evitando sus dientes afilados.

Me quieren débil, pero estoy preparada. Ya pasé treinta horas despierta y sigo viva. Mi garganta es un desierto mismo pero no puedo levantarme hasta que esto termine. Tengo varios repelentes conmigo para evitar ser drenada. Dormito por momentos hasta que siento en mis oídos sus vuelos filosos. Mis manos están coloradas y laten. Duelen de tantos movimientos esquivos. Las miro ya más despierta. Noto que el rojo se transforma en bordó. El bordo se oscurece y empieza a ser casi negro. Veo por primera vez que mate a varios de ellos hace un instante. Los tengo impregnados. La poca comida ingerida el día anterior viene a mi boca. Refriego las manos atormentadas sobre las sábanas para sacarme a los muertos. Me levanto por primera vez en todo un día sintiendo el cuerpo cansado pero los ojos bien abiertos. Escucho zumbidos otra vez. Se han reproducido aceleradamente. Hay más. Agarro un repelente y lo vacío rápido sobre las paredes donde sé que se preparan para morderme.

Vuelvo a la cama agitada, a taparme por un tiempo más. El aire se consume lentamente y empiezo a respirarme. El aire baila más rápido a mi alrededor. Me mareo. Asomo la cabeza. El cubrecama ya no es del verde que solía ser: ahora es gris. A pesar de la miopía, noto que han caído cadáveres encima. Me levanto. Alejo los cuerpos inertes. Tomo otro repelente y lo rocío íntegramente sobre la cama, para asegurarme de que ninguno vuelva.

Ahora no tengo lugar donde refugiarme, mirar la cama me marea más aún. Y el armario está muy lejos para esconderme dentro. El piso también está lleno de ellos. Tomo el tercer pomo temblando y lo activo alrededor de mí. Pero no es suficiente. Nada es suficiente. Ya los siento recorrerme. Atolondrados pero decididos. Ya no vuelan, pero trepan por la ropa despacio y constantes. Quieren llegar al cuello y así hincharse de sangre hasta explotar. Comienzo a rociar el repelente sobre la piel, tratando de evitar que me consuman. Pero no puedo mucho más. Caigo. Hago un último intento. Devoro el spray para que no entren. El sabor es amargo.

Los mareo y se alejan. Dejo de sentir el cosquilleo en el cuerpo. Tienen miedo (yo no). El tiempo se detiene y respiro lento. Retroceden hasta la cama, pero ven los cadáveres de sus camaradas y horrorizados van hacia las paredes, a su refugio (el aire se hace más denso). Se refugian en el vidrio de la ventana. Clavan sus agujas desesperadas y rompen el cristal (entiendo todo).

Siento una aguja clavada en mi garganta. Me hago cada vez más chica. El aire azul ya no me importa. Solo tengo sed. Mucha sed.

Comienzo a volar y sigo a mi manada a través del agujero que han hecho en la ventana.

Su cuerpo yace rígido después de tres días de putrefacción. Los ojos, deformes de horror, apuntan hacia una ventana rota. Las conjeturas preliminares indican muerte por deshidratación. La policía dispuso todo para su traslado a la morgue.

Pero antes de irse, se toma un momento para mirar de nuevo a la joven fallecida. Algo en ella no está bien. Quizás sea la hinchazón característica  de los muertos que no aparece. Parece muerta en un cuerpo vivo. Pálido, Duro, frío. Se ve congelada en el tiempo, con una última mueca de espanto.

El policía se acerca por última vez al cuerpo que huele a sangre seca. Ve un detalle ínfimo en el rostro desencajadamente muerto y, curioso, gira la rígida cabeza hacia un lado. Sobre el cuello asoma una gran picadura roja.

Escucha a lo lejos el zumbido de un mosquito y levanta la mano sacudiendo el aire.


 

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2 comentarios en “Silencia

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