Te

Terminó toda la infusión sabiendo en que éste era su primera bebida sin alcohol después de medio año. Tiempo atrás solía ponerle un poco de licor a cualquier líquido, siempre y cuando nadie la estuviese mirando. Tenía la precaución de hacerse notar lo menos posible. Se hizo experta en hacer movimientos silenciosos. Pasaba tan desapercibida a veces, que lograba hacerse invisible. Y esa capacidad extraordinaria la hizo partícipe del desconcierto generalizado de aquellas épocas.
Empezó una madrugada. Luego de saborear, por primera vez, un whisky empalagosamente seductor. Esa noche había conocido a un forastero en el bar de siempre, quien (se supo tiempo después) le propuso el robo. Se sentó a su lado. Vera, recostada en la barra, lo observó tomar y quiso ser vista. Intencionalmente distraída dejo caer su porrón de cerveza. Él, casi al instante, hizo lo mismo con su shot de whisky. Embriagados de enamoramiento recorrieron sus vidas con las palabras. Sabían que hacer. Ella fue al baño y del baño a la salida de emergencia donde lo encontró riendo. Allí fue donde él planeó el saqueo a la cantina. Encandilada por su osadía, Vera aceptó. Llegaron al antro olvidado. Abrir la puerta de servicio fue demasiado fácil. Tambaleantes de alcohol, danzaron sobre las mesas de madera, en una noche eterna. Rieron descaradamente por horas, haciéndole frente a la titilante luz roja.

Las cámaras lo registraron todo. A las tres de la mañana la policía ya estaba derribando la puerta de su modesto departamento. No alcanzó a terminar de disfrutar esa noche de amor nuevo (él se había ido minutos antes), que ya la estaban esposando y llevando la comisaría. Hizo sangrar sus manos de tanto apretar los puños.

Sentada en el calabozo húmedo y mal oliente, esperó lo peor por horas. Y ya con las lágrimas secas, se dio cuenta que los policías no notaban su presencia. Gritaban fuera de la celda mirándola por momentos pero sin verla, desesperados. No entendían como una mocosa escuálida desaparecía de allí. Abrieron las rejas para confirmar su ausencia. Rápida y silenciosamente escapó. Corrió desesperada.  A partir de ese día estuvo invisible por seis largos meses.

Lo buscó por todos lados en vano: se había esfumado. Durante ese periodo adquirió la costumbre de agregarle alcohol a todo lo que bebía. Para brindar por lo que no pudo ser, le decía a sus pensamientos. Se imaginaba miles de historias con él: recorridas por el parque, caminatas por las vías abandonadas. Tenía impregnado el perfume de su breve compañero como un tatuaje en la nariz. Y con los vestigios de ese aroma, hacía lo que quería. Caminaba por las calles gritándoles piropos malintencionados a los caballeros que pasaban con sus corbatas filosas. Asustaba a los gatos olvidados por las noches. Tiraba tachos de basura en plena media noche para asustar a los desvelados. Tocaba los timbres de las familias acaudaladas al mediodía y les tiraba huevos podridos. A veces lo sentía más cerca que nunca, aun sin recordar su nombre. Poco a poco fue olvidando el motivo por el cual se mareaba cada madrugada y solo le quedó la maldita costumbre de andar tambaleándose entre los transeúntes por las calles, mientras que estos desorientados no entendían contra que habían chocado. A veces de pura maldad robaba únicamente los documentos de las billeteras. Los dejaba en los baños de bares indecentes esperando que quien los encontrase tuviera un lindo gesto e intentara encontrar al dueño de los mismos. Pero esto nunca ocurría. La gente que los veía y los ignoraba. Eso la ponía gris.

Aburrida, una tarde de invierno, decidió empezar a devolver ella misma todos los documentos que había dejado en los bares. Y para ello necesitaba estar sobria. Se acercó a un bar y espero. Observó como un cliente se levantaba de su mesa dejando una infusión a medio tomar. Muy despacio tomó un poco de ese té, que resultó ser de canela, y por primera vez en medio año sintió el sabor escondido de su infusión preferida. Recordó que había empezado a tomar por el sabor de aquella piel olvidada. Termino la taza sintiendo como el calor de la canela invadía su cuerpo. Salió de aquel estado glorioso al escuchar los gritos del mozo. ¡Raja de acá pendeja! Salió agradecida de volver a ver el color de su rostro reflejado en las vidrieras de los negocios de por allí. Sintiéndose más liviana, volvió a su casa, se bañó y cambió de ropa. Volvió a caminar por esas calles tantas veces recorridas sin ser notada. Se detuvo un momento mirando su reflejo en una botella rota. Notó una presencia por detrás y el recordado aroma a canela. Esta vez, más intenso.

Anuncios

3 comentarios en “Te

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s