De tres

(Extracto del Diario Prohibido o "Relato del Inicio", encontrado en el sótano 
de la calle _______ n° 1417, página suelta dentro del Tomo I)

Ya se porque me preguntan tantas veces que hacer. Son los libros. Me costó entenderlo.

Eran tres amigos. Al iniciar el Último Éxodo se me fueron acercando sigilosamente. Pero me pareció natural. En un comienzo eramos muchos emprendiendo el mismo viaje y costaba no chocarse en la marcha. Uno de ellos me miró asombrado cuando me aparté del grupo y saqué mi Diario. Una costumbre que heredé de mi abuela: escribir a mano en un cuaderno en blanco. Se que esta en desuso, pero adquirí la costumbre a los cinco años y se transformó en mi pasión. Empezaba a anochecer y aprovechando las ultimas luces de la tarde, apoyé mi mochila en el piso, me senté sobre ella y comencé a escribir. Cada tanto levantaba la mirada y allí estaban conversando entre ellos, mirándome de reojo. Caminaban mas despacio para no perderme de vista. Redondee mi idea en el papel, guarde todo y recompuse la marcha. Traté de unirme a ellos, pero al verme llegar me esquivaban. Continué caminando a una cierta distancia, para no intimidarlos. Comencé a analizarlos. Yo conversaba con mis escritos y eso me salvaba de la peste. Pero ellos conversaban entre sí mucho más que la mayoría. Hasta por momentos percibí una especie de sonrisa en sus rostros.

El mas alto lloraba con la mirada constantemente (hacían dos generaciones que nadie lloraba con lágrimas), podía sentir su dolor aún sin verlo, era una energía agonizante que se olía en el aire. Pero estábamos acostumbrados al dolor en los rostros y eso lo hacía normal. Pecas era pequeña y a la distancia parecía una adolescente. Luego comprobé que era la más sabia de los tres. Y del último no puedo decir nada. Aún. Porque hable con el mucho mas tarde.

A simple vista me pareció que era fácil dar cuenta del triangulo amoroso que Pecas sostenía a lo largo de camino, ella era quien los impulsaba a seguir. El más alto a veces disminuía la marcha tratando de alejarse de sus compañeros, pero ella lo levantaba del piso cada vez y le hablaba al oído. Las primeras veces una palabra o una pequeña oración hacían la diferencia y él se levantaba y continuaba la marcha. Caminaban siempre muy próximos a Pecas, casi codo a codo. Pero me pareció que con el correr de las semanas, Pecas les comenzó a hablar cada vez menos y a despertar un poco mas tarde por las madrugadas. Un día me acerqué a ella mientras sus amigos dormían, y le pregunté que le pasaba. Corrió el pelo de la cara, abrió los grandes ojos y me miró intensa. Nos fuimos a caminar por el puente. Me contó que sentía un abismo en su pecho, sentía un implacable silencio como el que hubiese antes de que la marea traga-niños tragase a los últimos niños del mundo, sentía un adormecimiento en el estómago y por ello estaba comiendo menos. Sentía que las piernas no le respondían y la respiración se le aceleraba demasiado en algunos momentos del día. Sabía que iba a caer presa de La Enfermedad. Y no tenía idea de que hacer para revertir ese dolor. Temía de que eso fuese lo que le pasara al mas alto y no soportaba imaginarlo de rodillas al costado del camino, mirando el punto fijo infinito, perdido en el caos silencioso de una mente ida. Espero durante minutos vacios mi respuesta. No sabía que decir. Eran sentimientos muy fuertes que no comprendí. Y tuve miedo. Miedo del contagio durante esa charla. Me aleje temblando, mirándola con horror. Corrí hasta el lago a bañarme. Cuando sali decidi perderlos de vista. Me refugié mas que nunca en mis escritos. Anote palabras furiosas contra ella y sus compañeros. Hojas y hojas podridas describiendo la peste en ella y deseando que no me hubiese contagiado. Esa misma noche caminé hasta el alba, alejándome de ellos. Solo quería que mis pies avanzaran junto a otros silenciosos que no cargaran incógnitas cifradas. Queria dejar atrás las palabras de esa estúpida conversación. Las ampollas demoraron mi marcha. Finalmente me detuve esperando. Mientras aliviaba los pasos sangrantes, me leí un buen rato. Comencé a llorar. Empapado de su dolor, comprendí que los extrañaba. Ellos habían marcado varias paginas de mi diario. Comencé a reír de anécdotas inventadas para justificar algunas muecas que veía se hacían entre si, cuando caminábamos juntos. Bueno, juntos no. Cuando caminábamos cerca. Esa cercanía me hacia parte de ellos. Los estimaba. Comenzaron a temblarme las manos y se me nublo la vista. La peste caía en mi cuerpo. Resignado me arrodille como tantas veces vi que se hacía. Mire al punto fijo en el horizonte. No encontré ningún punto fijo. Así que comencé a observar a los puntos de personas que avanzaban kilómetros delante mio. Creí estar enloqueciendo, los puntos tomaban forma y se agrandaban. Se llenaban de cabezas, manos y pies bien definidos y no caí en la cuenta de su cercanía hasta que uno dijo “vinimos por El de los Libros…”.

Dije que vinimos por El de los Libros, ¿Sos vos?. Levanté la mirada y miré a mi interlocutor. Era el tercer miembro de mis distantes amigos. Tomé su mano para levantarme y caminamos juntos. Nadie dijo nada hasta que la tarde cantó su ultimo llanto. El sabor a sal de las lagrimas es tan filoso… Experimenté por primera vez esta sensación cuando habló de sus compañeros y media sonrisa voló de su boca hacia la mía. Reír llorando es muy extraño.

Durante dos días esperó a que reaccionaran pero ya estaban sucumbidos por la peste. Quiso contagiarse y simuló el estado de letargo eterno toda una tarde al lado de los cuerpos idos de sus compañeros, pero nada ocurría. Así, me confesó, supo que nunca se contagiaría. Todavía no entiendo porque me dijo eso. Recordando las charlas entre los tres siguió caminando hasta que me vió sentado en medio de la nada. Camino y camino cada vez más lento pero decidió volver sobre sus pasos. ¿Porque me hablaste en plural? Porque ellos vienen conmigo. Me sobresalté. Miré hacia atrás ilusionado. Me tomó por los hombros y dijo que estaban dentro suyo, y que hablaría de esta forma de ahora en más. No pude ocultar mi tristeza.

Por último me dijo si quería saber de que charlaban durante el camino. Abrí los ojos intrigado. Hablaban de mi. Me habían visto mucho antes que yo a ellos. Hacían teorías acerca de que escribiría en los cuadernos e imaginaban que recordaba anécdotas vividas durante mi infancia. Inventaban toda clase de historias y deseaban que las escribiera. (Así que tengo que seguir escribiendo y ahora si inventando historias más precisas para compartir, para que la mayoría pueda seguir caminando, para poder llegar a nuestro destino, porque sino seremos muy pocos.. y eso si me da miedo). 

Un día Pecas creó una compañera en mi vida para que no estuviera solo (y para que los cuadernos se llenaran más rápido, decía). Temblaron cuando la describió muy similar a ella. Allí fue cuando el mas alto empezó a hablar cada vez menos, y a dejar comida en sus latas. Hasta que cayó de rodillas y ella empezó a levantarlo.

Se detuvo y me pidió distancia para poder procesar todo lo vivido. Nos alejamos lentamente.

Pienso que esto no tuvo nada que ver conmigo. Pienso que se amaban en silencio y el riesgo de perderla hizo que la peste lo tomara por sorpresa. Y siento que ella se quedo allí petrificada para acompañarlo. Digo esto porque ayer mismo vi sus cuerpos al costado del camino. Estaban enfrentados y cada uno estaba perdido en la eterna mirada del otro. Y si aquello no es amor… entonces no entiendo el significado de esta maldita palabra.

Este relato esta relacionado con los siguientes:

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/07/17/lo-cura/

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/09/09/uncontinente/

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/07/17/blues/

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11 comentarios en “De tres

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