VIAJE

Subo al colectivo. La ventana me devuelve un mamarracho de grises, rejas y cemento. Pero hago fuerza para encontrarles forma. Detengo la mirada en un verde repentino entre edificios y comercios que me lleva indefectiblemente a tu edificio. Cuento para arriba: piso uno, dos, tres y me quedo en el cuarto departamento. Vengo a tomar un té después del trabajo. Y ahí es cuando el péndulo da una pausa infinita: entonces tengo el sutil poder de volver el tiempo atrás y deshacer el hilo de los días. Subo volando por la ventana y espío tu ventana. Nos veo a nosotras dos, solas, charlando en el living de esa casa que tiene aroma a refugio, aroma a nubes altas que me acarician mientras tomamos la leche un día de semana en uniforme. Cuando me contás de la guerra civil española y lo difícilmente silencioso que fue comer porotos en todas sus formas durante un año. Que sabe a letra ilegible que sólo tus nietas sabemos descifrar, a tus manos teñidas de lágrimas oxidadas por vivir varias vidas en un solo cuerpo. Esa casa donde cada rincón marcó mi crecimiento.

Hoy tengo dos tazas favoritas que ahora descansan descoloridas en mi cocina, las que siempre usaba para cuando tenía sed en tu casa: una roja y otra azul. Tomo dos vasos seguidos mientras vos me decís cariñosa “¡Nena! ¡Si hay jugo por qué tomas agua de la canilla!”.  Y el destino caprichoso se apiada de nosotras: mientras nos tomamos de la mano, el reloj diluye los días del calendario por venir y nunca te internan, eso pasará en un  futuro lejano que aún no conozco. Hoy se que nunca se te enferma el corazón y se tapa y nunca te operan y sobrevivís y después te recuperas aparentemente. Nunca te vas seis horas después de darme un beso de hasta pronto porque nos vemos en tu casa al día siguiente. Nunca se te cansa el corazón de haber vivido y se detiene. Nunca empiezo a comerme las uñas a pesar de mis treinta. Nunca creo océanos de tristeza y tampoco se me rompe el alma de no poder abrazarte. Eso nunca pasa. Solo pasa esto. Solo esta tarde que recuerdo. Donde estamos las dos disfrutando de nosotras. De los tés con galletitas. De tu voz españolamente argentina. De todo ese universo que somos juntas. Solo nosotras siendo felices en la calidez de estos almohadones mullidos donde me hablas de lo importante que son los abrazos. Y ese momento es mágico, es real. Tus ojos de mar reflejan mi sonrisa al verte. Vienen las lágrimas y te empezás a nublar. El viento interrumpe mi visión y sopla despacio para que te suelte de a poco. El reloj vuelve a su cauce. Te vas suave como llegaste, con ese nombre loco, África, que te dieron como premio y con el cual nos divertíamos tanto. Porque te adjudicaron un continente entero y estuvo muy bien.

Es verano pero ahora tengo frío.
La tinta que grabó tu nombre de continente en el cuello, recorre mi cuerpo y abraza mis venas.
Y eso abue, eso es bueno.

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