Un fantasma

Mario siente las manos frías y un remolino en la cabeza. Hace tres agotadores días que no se baña y empieza a oler mal. Se despertó recién y ya tiene hambre. Aún dormido busca las ramas que separó el día anterior y enciende su fogata mañanera. Se empieza a acostumbrar a este lugar paradisíaco. La Patagonia Argentina es su lugar en el mundo. El Lago Lacar está un poco más oscuro que otras veces, pero se alegra de poder ver el reflejo del sol en él. Mira el mate endulzado con miel que preparó y arranca su caminata matinal. Desciende lentamente por la ladera del cerro dejando atrás su carpa hippie azul. Las vacaciones tan esperadas recién empiezan y lo animan a recorrer nuevas orillas del lago. Una vez que siente el particular ruido de las zapatillas aplastando las piedras redondeadas, decide sacárselas y liberar sus pies algo cansados. Es tan placentera y familiar la sensación de libertad en los pies, que siente que ha estado allí por años. Siente mucho respeto por los salvajes silencios de la naturaleza. Recorre con los ojos los frondosos bosques de enfrente que parecen verdes pompas de algodón. Ve como el agua es un espejo perfecto que refleja todos los años el mismo paisaje. Absorto en tanta belleza ve aparecer, a lo lejos, muy difusa una figura humana. Es una anciana de espalda curva. Camina como si dejara atrás varios años de espera. Lleva flores blancas en sus manos y cuando llega a la orilla del Lacar, sin notar a Mario, las va dejando una a una. Las olas juegan caprichosas con las flores, las sacuden y las arrastran un poco de vuelta a la costa, pero al final, todas se pierden en una inmensidad azul muerte. Mario no quiere interrumpir el ritual de la mujer. Silencioso se levanta, se sacude el jean y vuelve a su carpa.

Al día siguiente decide ir de nuevo a la misma orilla para hablar con la mujer. Cuando llega ya es tarde. Ella camina de vuelta hacia el pueblo. Es tal la tristeza que transmite, aun de espaldas,  que no se anima a llamarla, tiene miedo que se asuste. Al tercer día, decide hablarle. Ensaya nervioso como presentarse. Ya en la playa la humedad en sus manos denota cierta absurda incomodidad. Mientras juega a hacer “sapito” con las piedras más chatas, ve que la anciana está llegando. Se levanta, se seca la palma de sus manos en el jean, la mira a los ojos y se presenta. La anciana parece no escucharlo. Empieza su ritual de lágrimas y desprende del ramo la primera flor. Mario disculpándose por el atrevimiento le dice que la vio otras veces en aquel lugar y quisiera saber para quién son las flores. Aletargada en su dolor, ella continúa entregando pedazos de lágrimas blancas al mar. Mario intenta tocar su hombro suavemente, pero el cuerpo de ella se le deshace entre los dedos transformándose en niebla. Puede atravesarla y en ese momento siente frío en los dedos. Con las manos heladas corre de vuelta a su carpa.

No pudo dormir esa noche. Decide que sus vacaciones en el sur, deben terminar. Piensa ir temprano al ciber del pueblo a buscar un alojamiento de verdad, que tenga una cama abrigada, estufa a leña y desayuno incluido. Despierta antes de que amanezca. El miedo se cuela en su alma. No quiere estar ni un minuto más en ese lugar que ahora es de muerte y profunda soledad. Con los primeros rayos del sol llega al pueblo y respira más calmado la urbanidad deseada. La gente conversa animada mientras camina por las calles. Abren las primeras panaderías e inundan el lugar con olor a pan recién horneado. Se siente en paz entre los seres vivos. Encuentra el ciber y se sienta frente a una computadora a buscar cabañas o bungalows cercanos. Pero está mañana, siente una curiosidad particular. Los pensamientos se le arremolinan y su frondosa cabellera deja caer algunos pelitos en el teclado. No recuerda ningún sabor en particular de estas vacaciones en solitario. De hecho no recuerda haber comido. Tampoco recuerda haber conversado con alguien desde que llegó y lo que es peor: no recuerda cuando ha llegado. Mira sus manos arrugadas, siente su espalda cansada. Teclea “muerte en el Lago Lacar + pareja + accidente + campamento” y la foto en blanco y negro que aparece lo hace caer en la realidad que trató de evitar cíclicamente cada año: ve a su esposa, de pelo largo y lacio, sonriendo con jazmines en sus manos. En aquella instantánea plagada de dolor, él la abraza abriendo la boca en una carcajada fugaz. Al costado de ellos se ve la carpa azul y varios troncos que preparan una fogata que nunca pudo ser.

En el mostrador del ciber, un cliente a punto de abonar su llamada se sobresalta de un monitor que se enciende solo y abre ventanas de diarios. Mira al dueño con los ojos desorbitados esperando una respuesta lógica. Éste tranquilo hace un movimiento de hombros y le da el vuelto. El cliente levanta levemente los hombros y los deja caer, minimizando lo que su mente lógica no puede encontrar explicación. Sale del ciber y enciende un cigarrillo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s