“Serán éstos y será hoy”

Lautaro camina apurado a su aula a buscar los libros de matemáticas y ciencias que olvidó. Camina solo: el colegio está vacío desde hace una hora. El último día de clases lo hace parecer un desierto de pupitres, sillas y pizarras a medio borrar. Entra al aula, localiza sus libros. Comienza a guardarlos en la mochila, cuando en su visión periférica siente una sombra amarilla. Gira la cabeza y ve a una maestra que lo observa. Tiene la piel opaca, está ojerosa y parece inusualmente hinchada. Abre lentamente la boca que desprende hilos de baba y de allí no salen palabras sino una historia muda. Fue docente en aquella escuela veinte años atrás. Una cirrosis silenciosa acabó con su vida esa misma madrugada y desde ese momento, busca por todo el colegio a los últimos alumnos que tuvo, culpables de haberla llevado a la ruina. Su boca putrefacta pide venganza y en este momento tiene a un alumno de diez años en frente. Pero Lautaro no tiene miedo. Entiende lo que es estar necesitado de una justicia que parece no llegar nunca, y decide ayudarla. Permite que entre en su alma de niño, un poco de esa oscuridad muerta y le muestra lo que Bastián y Mariano han hecho con él desde tercer grado. Sus días escolares tienen tackles improvisados, empujones por la escalera y pisotones en gimnasia. Lo retaron varias veces en casa y en el aula por no tener la carpeta completa y él, vergonzoso, no cuenta en ningún lado que ellos son quienes en los recreos rompen sus hojas y las tiraran por el inodoro. Laurato solo aguanta porque la remera le aprieta mucho y transpira en exceso. Tiene vergüenza de un cuerpo que crece a base de inseguridad y harinas.

La maestra siente el desamparo de Lautaro y detiene los tentáculos negros que empezaban a asfixiarlo. Cambia el rumbo de su venganza. En alguna parte de su cerebro podrido sabe que los niños crueles que la llevaron a perderse en el alcohol, deben estar viviendo una adultez insípida y monótona. Encuentra algo de humanidad en su interior hueco y decide ayudar al niño inocente. Abre un poco más su boca deshilachada. Le muestra, con los ojos para adentro, lo que pasará dentro de media hora. Le muestra un pasado que aún no es, pero pronto será…

Laurato ve como la maestra fantasma le pide que utilice cualquier excusa, para que sus dos compañeros abusivos vayan al colegio lo más pronto posible. El grupo cerrado de facebook que tiene con sus compañeros de curso será de gran ayuda. Se ve a sí mismo tecleando desde su celular un mensaje improvisado. El anzuelo serán supuestas revistas pornográficas encontradas en el aula. A la maestra no le importa entender aquel rectángulo luminoso que sus pulgares fugaces tocan con tanta rapidez, mientras cumpla con su finalidad. Ve como dos de los ocho compañeros que leyeron su mensaje instantáneamente, son Bastián y Mariano. Ve como llegan apurados al colegio, en sus bicicletas modernas. Ve como Mariano, va dejando porque sí, porque puede, porque es el líder y hace lo que se le canta donde sea, rayas en las paredes de los pasillos, con una rama puntiaguda. Ve a Bastián de remera negra que lo acompaña prepotente y canchero. Ve que llegan al aula y ríen de las telas blancas que se apoyan sobre los bancos dispuestos en forma de círculo. Ve que en el interior de la carpa improvisada hay dos pequeñas velas que los invitan a curiosear. Ve que se acercan y abren grandes los ojos. Ve que sus pupilas se dilatan al mismo tiempo, fijas en un punto maldito. De sus bocas caen babas de saliva, sus cabellos se tornan grises y luego blancos y el olor de pis mojando los pantalones lo asusta. Le tiemblan las piernas. Él también quiere ver que hay allí dentro, al mismo tiempo que un pavor le recorre el cuerpo. Una fuerza profunda lo atrae y el agujero se hace espeso.

Siente que un fantasma amarillo lo toma por detrás de la remera y lo aleja de una escena que ahora entiende, nunca debió presenciar. Vuelve al aula vacía con la respiración agitada y frío en el alma. La maestra ahora está marrón y el aula empieza a oler a tierra. Se ve cansada. Le cuenta brevemente lo que sucederá a continuación (ésta vez sin mostrarle imágenes del futuro que será, pero con la certeza de conocer el procedimiento): le dice que la visión pasará luego (cuando esté todo preparado), que ahora él debe llamar a la preceptora Silvia, que seguramente también irá su madre que espera impaciente en los pasillos de abajo. Ambas leerán las cinco palabras que él escribirá previamente en el pizarrón. Que no se preocupe si no lo entiende. El mensaje estará dirigido a Silvia y al director, Edgardo. Luego, la preceptora, de manos húmedas e inquietas y se disculpara con la madre, les pedirá a ambos que se vayan.

Las piezas del rompecabezas se cierran para Laurato. Entiende perfectamente que Silvia y Edgardo saben de la promesa que la maestra hiciera el día de su expulsión. Una maldición que en la madrugada de ese mismo día, cobró vida. Y sabe que ellos, culposos, respetarán el trato. Antes que la maestra se adentre más en su mente, que empieza a pesarle, hace fuerza con los dientes de leche que le quedan y la cierra del todo. De inmediato la pesadez de un alma herida y vengativa lo abandona. Vuelve a tener diez años. Mira al fantasma, se agradecen con la mirada. No quiere despedirse. Siente la necesidad de besarla y se acerca poco a poco a esa humanidad descolorida. El beso huele a barro y caca. Huele a algo inerte, duro y frío. Siente que un gusano se come, junto con el cuerpo de Rosa, tristeza, dolor y angustia. No quiere despedirse con esa última sensación. Con toda las fuerzas de su imaginación abre la mente por última vez, le mira los huecos de los ojos y proyecta una imagen pequeña. Plasma un instante fotográfico en el humo oloroso que alguna vez fue una mujer.

No se lo dirá nunca a nadie, en todo lo que dure su vida en este ciclo. Sera el único secreto que comparta con un fantasma.

Leer con esta canción en loop

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