EME

La madre abre su agonizante mano por última vez y siente como el tiempo se expande para ella observe los hilos del futuro en las líneas de la palma de su mano. Con el alma quebrada, lee las palabras que más le duelen.

Al costado de la cama sus dos hijos interpretan el frágil gesto como una invitación al final anunciado y delicadamente apoyan sus manos sobre la de su madre: unas son temblorosas y huesudas, las otras, oscas y callosas. Se mantendrán unidos a ella de está forma, todo lo que dure este último tramo de su vida.

Por la noche la llevarán a la morgue. No habrá más madre para ellos. Llegarán con los ojos hinchados a la casa y encontrarán, entre las pertenencias de su madre, una carta de último aviso del banco.

Compungidos, se harán cargo de la hipoteca para salvar la casa donde hasta hace un momento han vivido los tres.

Armado se dedica a la herrería y a partir de ese momento sabrá que sus jornadas laborales serán extremas. Los primeros tiempos serán de tés aguachentos y panes duros. Disolverá su compromiso, no está enamorado. Ancía los placeres de la carne, pero sabe aguantar: mejor un techo seguro que dormir en la calle de nuevo. Conserva en un rincón de su memoria las noches de invierno aupando a su hermana. Cuando buscaba cansado un lugar sin viento para pasar la noche, mientras su madre limpiaba casas de lámparas rojas. No querrá volver a vivir esos recuerdos que lastiman.

Alba hace arreglos de ropa y será quien por las madrugadas, se clave agujas una y otra vez al apurar las costuras y no tendrá tiempo para reuniones sociales. Se le pasarán los tiempos de peñas con amigas y de miradas insinuantes con los muchachos del barrio. Vendrán tiempos de cabellos grises y arrugas punzantes por el ceño fruncido. Sus amigas dejarán de ser solteras para tener hijos, y ella dejará de tener amigas para seguir cociendo, noche tras noche.Vendrán casi dos décadas de desvelo interminable donde abunde el cansancio y las manos doloridas.

Para aliviar el tormento compartido y tratar de conservar el equilibrio familiar, se impondrán una rutina inquebrantable: cenar juntos. Cocinarán las recetas de su madre.

Algunas veces llorarán por su partida pero siempre la odiarán en silencio. La cena será tarde en la noche, cuando los vecinos duerman. El trabajo no permitirá que coman temprano como todas las familias y los puños cerrados de bronca y sacrificio latirán con más fuerza esas veces. Cenarán poco y se quedarán con hambre, pero el orgullo no les permitirá decirlo. Habrá tiempo, aunque sea tarde, para levantar la mesa y tomarse una infusión nauseabunda, con saquitos de té secados al sol el día anterior. Pero así y todo, simularán disfrutarlo. Lavarán y secarán minuciosamente los platos, los vasos, los tenedores. Se pasarán los cuchillos filosos con cuidado extremo y las manos se rozarán febriles. Pero la noche será larga y despertará una curiosidad prohibida. Se desvelarán por la noche cada cual en su cama. Las duchas de agua fría calmarán sus demonios, aunque sabrán que no son sueños lo que sueñan cuando se despiertan por las mañanas en la misma cama. Quien se despierte primero, será quien se irá simulando sorpresa. Nunca hablarán de esos raros episodios que calmarán sus entrañas. Mientras uno herrará rabioso en el taller, la otra dejará de imaginarse la vida que no se anima a elegir.

 

Un día llegará la última cuota de la hipoteca. Celebrarán con pastas, vino y entusiasmo juvenil. Armando planeará reconquistar a su antigua novia, aún soltera. Pensará que es tiempo de vender la casa para que cada cual tenga su parte y librarse de una buena vez de esa hermana que a partir de allí sentirá absorbente. Incómodo como nunca antes, en la cena esquivará su mirada. No sabrá cómo decirle que no aguanta más esa relación enfermiza que ambos propiciaron. Se detendrá demasiado tiempo en contemplar su plato y el vaso de vino que Alba llenará todo el tiempo. Después de levantar la mesa y lavar los platos, Armando no querrá rozar sus manos con las de ella. Alba no se turbara. Sentirá que éste es un juego nuevo para ambos. Sin tomar el té de siempre, le dirá buenas noches y verá como ella entra su dormitorio dejando la puerta entreabierta. Sentirá culpa por querer irse, tomará las llaves, su abrigo, y se quedará mirando la puerta de salida largo rato. Mareado por el vino, juntará fuerzas para irse, mientras espera que ella se quede dormida de una maldita vez.

En el dormitorio, las copas de alcohol, habrán adormecido el fuego de la cena. Alba entrará en el sueño profundo que le desea su hermano y despertará casi al amanecer, excitada pero sola. Caminará silenciosa hasta la cama de Armando. El día anterior habrá pasado por la peluquería para que le tapen las canas una vez más. Esa noche se sentirá joven y libre. Nada podrá detener el impulso de ambos, que últimamente, ella siente más fuerte. Hace mucho que no despiertan en la cama del otro. Tanteará las sábanas de Armando y pronto se dará cuenta del horror: vacía. La sal llenará sus mejillas rabiosas y escuchará inmediatamente carcajadas en la cuadra. Los pájaros chillarán que la mañana está por llegar y Armando no. Se sentirá frágil, usada, humillada, atolondrada, irritada, desquiciada.

Decidirá que la casa le pertenece, que Armando no puede volver, no debe hacerlo. La casa dará vueltas a su alrededor y se hará pequeña. Nada tendrá sentido. Correrá hasta la cocina, encenderá las hornallas y mientras el gas ingrese en sus pulmones, escribirá con un cuchillo en la palma de su mano. Tomará varios fósforos y quemará en un instante toda su casa. Con ella dentro.

 

En su agonía, la madre observa estos hilos del destino y llora sin lágrimas en su cuerpo marchito. Lee el mensaje que escribirá su hija adulta, esa noche furiosa. Su hija que ahora es adolescente y no sabe que tiene veinte años de sacrificio y penas por delante. Decide en su último aliento que dejará que las cosas ocurran, pero cuando llegue el momento del incendio, volverá al mundo de los vivos y hará que esa noche Armando se quede dormido en el living, enredado en sus pensamientos. Cuando la explosión los alcance, enfurecida una y cobarde el otro, atraerá sus almas junto a ella para que los tres ardan eternamente. Y eso será bueno.

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