ABRAZOS Y ESTRELLAS

Hoy los adultos están raros. Por fuera actúan como siempre, me hacen el desayuno, me llevan al jardín, me pasan a buscar por el jardín (más temprano), pero ahí están: haciendo lo de siempre como siempre, pero no son los de siempre. Nos despedimos de la seño y Papá me da la mano, un poco más fuerte que de costumbre. Sus ojos se congelan en el horizonte por un momento tan chiquito como el granito de arena que me quedé mirando hoy y después parpadea y me pregunta como me fue, que hice. A pesar de que me mira, está en otro lado. En el camino a la parada del colectivo me dice algo con palabras raras y confusas. Nos subimos al colectivo y me acaricia el pelo. Con ese mimito me quedo mirando por la ventana, fascinada con la velocidad del colectivo, que deforma las casas y edificios y hace que las personas tengan una estrella fugaz pegada al cuerpo y los perros y los gatos y los árboles también. De repente el colectivo cambia de recorrido. 

Pa ¿adonde vamos?.

¡Pa!

Uh. Me asusta verlo así. Algo raro pasa. Llegamos al edificio de la abuela. Seguro ella va a saber explicarme esto. Subimos al ascensor. No puedo dejar de mirarlo. Algo lo atraviesa. Puedo sentir que le duele. Le doy la mano y esta vez aprieto fuerte yo. Me mira. Sonríe triste y esquiva mi mirada. Traga saliva. Necesito ver a la abuela ya. Papá abre las tijeras del ascensor, y la otra puerta pesada blanca que siempre se hace flaquita al final. Toca el timbre y toma aire. No lo larga. Parece que va a explotar. Alguien abre la puerta. Entro rápido. La abuela está sentada en el sillón marrón. Corro a abrazarla. Y en ese abrazo entiendo las palabras raras y confusas que papá me había dicho antes. Aunque “la muerte” no signifique nada en mi mundo chiquito, entiendo que a la abuela le duele mucho. Me dejo abrazar con los ojitos bien abiertos. Se me graba en el corazón su apretujo, su llanto silencioso y papá mirándonos. Después todo es borroso. Sé que  mama ya estaba en casa de la abuela y la abracé, que me abrazaron mis tíos y tías, que después me quedé en casa de mi amigo Ger a jugar, que seguí yendo al jardín a divertirme como siempre.

Un día, después de mucho tiempo, me quedé a dormir en la casa de la abuela. Era raro no ver al abuelo. En la merienda se lo pregunté. Me explicó que ahora el abuelo estaba en la estrella que más brillaba. Miramos juntas por la ventana, mientras el cielo se iba oscureciendo y lo buscamos. Levanté mi índice, empujando con fuerza el aire y ahí estaba: chiquito, en una super estrella brillante de brillantina. La miré sonriendo, feliz de encontrarlo primera. Esa noche cenamos papas fritas con huevo frito. Fue la cena más rica de mis cinco años.

***

No hay noche en que no mire hacia arriba y busqué con mis ojos de cinco años, ahora, dos estrellas que brillan profundas en el inmenso cielo. Dos estrellas que volvieron a estar juntas y ahora se acompañan. Y un poquito, también me cuidan.

Publicado por L.U.Z.

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