EME

La madre abre su agonizante mano por última vez y siente como el tiempo se expande para ella observe los hilos del futuro en las líneas de la palma de su mano. Con el alma quebrada, lee las palabras que más le duelen.

Al costado de la cama sus dos hijos interpretan el frágil gesto como una invitación al final anunciado y delicadamente apoyan sus manos sobre la de su madre: unas son temblorosas y huesudas, las otras, oscas y callosas. Se mantendrán unidos a ella de está forma, todo lo que dure este último tramo de su vida.

Por la noche la llevarán a la morgue. No habrá más madre para ellos. Llegarán con los ojos hinchados a la casa y encontrarán, entre las pertenencias de su madre, una carta de último aviso del banco.

Compungidos, se harán cargo de la hipoteca para salvar la casa donde hasta hace un momento han vivido los tres.

Armado se dedica a la herrería y a partir de ese momento sabrá que sus jornadas laborales serán extremas. Los primeros tiempos serán de tés aguachentos y panes duros. Disolverá su compromiso, no está enamorado. Ancía los placeres de la carne, pero sabe aguantar: mejor un techo seguro que dormir en la calle de nuevo. Conserva en un rincón de su memoria las noches de invierno aupando a su hermana. Cuando buscaba cansado un lugar sin viento para pasar la noche, mientras su madre limpiaba casas de lámparas rojas. No querrá volver a vivir esos recuerdos que lastiman.

Alba hace arreglos de ropa y será quien por las madrugadas, se clave agujas una y otra vez al apurar las costuras y no tendrá tiempo para reuniones sociales. Se le pasarán los tiempos de peñas con amigas y de miradas insinuantes con los muchachos del barrio. Vendrán tiempos de cabellos grises y arrugas punzantes por el ceño fruncido. Sus amigas dejarán de ser solteras para tener hijos, y ella dejará de tener amigas para seguir cociendo, noche tras noche.Vendrán casi dos décadas de desvelo interminable donde abunde el cansancio y las manos doloridas.

Para aliviar el tormento compartido y tratar de conservar el equilibrio familiar, se impondrán una rutina inquebrantable: cenar juntos. Cocinarán las recetas de su madre.

Algunas veces llorarán por su partida pero siempre la odiarán en silencio. La cena será tarde en la noche, cuando los vecinos duerman. El trabajo no permitirá que coman temprano como todas las familias y los puños cerrados de bronca y sacrificio latirán con más fuerza esas veces. Cenarán poco y se quedarán con hambre, pero el orgullo no les permitirá decirlo. Habrá tiempo, aunque sea tarde, para levantar la mesa y tomarse una infusión nauseabunda, con saquitos de té secados al sol el día anterior. Pero así y todo, simularán disfrutarlo. Lavarán y secarán minuciosamente los platos, los vasos, los tenedores. Se pasarán los cuchillos filosos con cuidado extremo y las manos se rozarán febriles. Pero la noche será larga y despertará una curiosidad prohibida. Se desvelarán por la noche cada cual en su cama. Las duchas de agua fría calmarán sus demonios, aunque sabrán que no son sueños lo que sueñan cuando se despiertan por las mañanas en la misma cama. Quien se despierte primero, será quien se irá simulando sorpresa. Nunca hablarán de esos raros episodios que calmarán sus entrañas. Mientras uno herrará rabioso en el taller, la otra dejará de imaginarse la vida que no se anima a elegir.

 

Un día llegará la última cuota de la hipoteca. Celebrarán con pastas, vino y entusiasmo juvenil. Armando planeará reconquistar a su antigua novia, aún soltera. Pensará que es tiempo de vender la casa para que cada cual tenga su parte y librarse de una buena vez de esa hermana que a partir de allí sentirá absorbente. Incómodo como nunca antes, en la cena esquivará su mirada. No sabrá cómo decirle que no aguanta más esa relación enfermiza que ambos propiciaron. Se detendrá demasiado tiempo en contemplar su plato y el vaso de vino que Alba llenará todo el tiempo. Después de levantar la mesa y lavar los platos, Armando no querrá rozar sus manos con las de ella. Alba no se turbara. Sentirá que éste es un juego nuevo para ambos. Sin tomar el té de siempre, le dirá buenas noches y verá como ella entra su dormitorio dejando la puerta entreabierta. Sentirá culpa por querer irse, tomará las llaves, su abrigo, y se quedará mirando la puerta de salida largo rato. Mareado por el vino, juntará fuerzas para irse, mientras espera que ella se quede dormida de una maldita vez.

En el dormitorio, las copas de alcohol, habrán adormecido el fuego de la cena. Alba entrará en el sueño profundo que le desea su hermano y despertará casi al amanecer, excitada pero sola. Caminará silenciosa hasta la cama de Armando. El día anterior habrá pasado por la peluquería para que le tapen las canas una vez más. Esa noche se sentirá joven y libre. Nada podrá detener el impulso de ambos, que últimamente, ella siente más fuerte. Hace mucho que no despiertan en la cama del otro. Tanteará las sábanas de Armando y pronto se dará cuenta del horror: vacía. La sal llenará sus mejillas rabiosas y escuchará inmediatamente carcajadas en la cuadra. Los pájaros chillarán que la mañana está por llegar y Armando no. Se sentirá frágil, usada, humillada, atolondrada, irritada, desquiciada.

Decidirá que la casa le pertenece, que Armando no puede volver, no debe hacerlo. La casa dará vueltas a su alrededor y se hará pequeña. Nada tendrá sentido. Correrá hasta la cocina, encenderá las hornallas y mientras el gas ingrese en sus pulmones, escribirá con un cuchillo en la palma de su mano. Tomará varios fósforos y quemará en un instante toda su casa. Con ella dentro.

 

En su agonía, la madre observa estos hilos del destino y llora sin lágrimas en su cuerpo marchito. Lee el mensaje que escribirá su hija adulta, esa noche furiosa. Su hija que ahora es adolescente y no sabe que tiene veinte años de sacrificio y penas por delante. Decide en su último aliento que dejará que las cosas ocurran, pero cuando llegue el momento del incendio, volverá al mundo de los vivos y hará que esa noche Armando se quede dormido en el living, enredado en sus pensamientos. Cuando la explosión los alcance, enfurecida una y cobarde el otro, atraerá sus almas junto a ella para que los tres ardan eternamente. Y eso será bueno.

“Serán éstos y será hoy”

Lautaro camina apurado a su aula a buscar los libros de matemáticas y ciencias que olvidó. Camina solo: el colegio está vacío desde hace una hora. El último día de clases lo hace parecer un desierto de pupitres, sillas y pizarras a medio borrar. Entra al aula, localiza sus libros. Comienza a guardarlos en la mochila, cuando en su visión periférica siente una sombra amarilla. Gira la cabeza y ve a una maestra que lo observa. Tiene la piel opaca, está ojerosa y parece inusualmente hinchada. Abre lentamente la boca que desprende hilos de baba y de allí no salen palabras sino una historia muda. Fue docente en aquella escuela veinte años atrás. Una cirrosis silenciosa acabó con su vida esa misma madrugada y desde ese momento, busca por todo el colegio a los últimos alumnos que tuvo, culpables de haberla llevado a la ruina. Su boca putrefacta pide venganza y en este momento tiene a un alumno de diez años en frente. Pero Lautaro no tiene miedo. Entiende lo que es estar necesitado de una justicia que parece no llegar nunca, y decide ayudarla. Permite que entre en su alma de niño, un poco de esa oscuridad muerta y le muestra lo que Bastián y Mariano han hecho con él desde tercer grado. Sus días escolares tienen tackles improvisados, empujones por la escalera y pisotones en gimnasia. Lo retaron varias veces en casa y en el aula por no tener la carpeta completa y él, vergonzoso, no cuenta en ningún lado que ellos son quienes en los recreos rompen sus hojas y las tiraran por el inodoro. Laurato solo aguanta porque la remera le aprieta mucho y transpira en exceso. Tiene vergüenza de un cuerpo que crece a base de inseguridad y harinas.

La maestra siente el desamparo de Lautaro y detiene los tentáculos negros que empezaban a asfixiarlo. Cambia el rumbo de su venganza. En alguna parte de su cerebro podrido sabe que los niños crueles que la llevaron a perderse en el alcohol, deben estar viviendo una adultez insípida y monótona. Encuentra algo de humanidad en su interior hueco y decide ayudar al niño inocente. Abre un poco más su boca deshilachada. Le muestra, con los ojos para adentro, lo que pasará dentro de media hora. Le muestra un pasado que aún no es, pero pronto será…

Laurato ve como la maestra fantasma le pide que utilice cualquier excusa, para que sus dos compañeros abusivos vayan al colegio lo más pronto posible. El grupo cerrado de facebook que tiene con sus compañeros de curso será de gran ayuda. Se ve a sí mismo tecleando desde su celular un mensaje improvisado. El anzuelo serán supuestas revistas pornográficas encontradas en el aula. A la maestra no le importa entender aquel rectángulo luminoso que sus pulgares fugaces tocan con tanta rapidez, mientras cumpla con su finalidad. Ve como dos de los ocho compañeros que leyeron su mensaje instantáneamente, son Bastián y Mariano. Ve como llegan apurados al colegio, en sus bicicletas modernas. Ve como Mariano, va dejando porque sí, porque puede, porque es el líder y hace lo que se le canta donde sea, rayas en las paredes de los pasillos, con una rama puntiaguda. Ve a Bastián de remera negra que lo acompaña prepotente y canchero. Ve que llegan al aula y ríen de las telas blancas que se apoyan sobre los bancos dispuestos en forma de círculo. Ve que en el interior de la carpa improvisada hay dos pequeñas velas que los invitan a curiosear. Ve que se acercan y abren grandes los ojos. Ve que sus pupilas se dilatan al mismo tiempo, fijas en un punto maldito. De sus bocas caen babas de saliva, sus cabellos se tornan grises y luego blancos y el olor de pis mojando los pantalones lo asusta. Le tiemblan las piernas. Él también quiere ver que hay allí dentro, al mismo tiempo que un pavor le recorre el cuerpo. Una fuerza profunda lo atrae y el agujero se hace espeso.

Siente que un fantasma amarillo lo toma por detrás de la remera y lo aleja de una escena que ahora entiende, nunca debió presenciar. Vuelve al aula vacía con la respiración agitada y frío en el alma. La maestra ahora está marrón y el aula empieza a oler a tierra. Se ve cansada. Le cuenta brevemente lo que sucederá a continuación (ésta vez sin mostrarle imágenes del futuro que será, pero con la certeza de conocer el procedimiento): le dice que la visión pasará luego (cuando esté todo preparado), que ahora él debe llamar a la preceptora Silvia, que seguramente también irá su madre que espera impaciente en los pasillos de abajo. Ambas leerán las cinco palabras que él escribirá previamente en el pizarrón. Que no se preocupe si no lo entiende. El mensaje estará dirigido a Silvia y al director, Edgardo. Luego, la preceptora, de manos húmedas e inquietas y se disculpara con la madre, les pedirá a ambos que se vayan.

Las piezas del rompecabezas se cierran para Laurato. Entiende perfectamente que Silvia y Edgardo saben de la promesa que la maestra hiciera el día de su expulsión. Una maldición que en la madrugada de ese mismo día, cobró vida. Y sabe que ellos, culposos, respetarán el trato. Antes que la maestra se adentre más en su mente, que empieza a pesarle, hace fuerza con los dientes de leche que le quedan y la cierra del todo. De inmediato la pesadez de un alma herida y vengativa lo abandona. Vuelve a tener diez años. Mira al fantasma, se agradecen con la mirada. No quiere despedirse. Siente la necesidad de besarla y se acerca poco a poco a esa humanidad descolorida. El beso huele a barro y caca. Huele a algo inerte, duro y frío. Siente que un gusano se come, junto con el cuerpo de Rosa, tristeza, dolor y angustia. No quiere despedirse con esa última sensación. Con toda las fuerzas de su imaginación abre la mente por última vez, le mira los huecos de los ojos y proyecta una imagen pequeña. Plasma un instante fotográfico en el humo oloroso que alguna vez fue una mujer.

No se lo dirá nunca a nadie, en todo lo que dure su vida en este ciclo. Sera el único secreto que comparta con un fantasma.

Leer con esta canción en loop

Leito

Tiene callos fabriles en las manos

y una vez me regaló un alambre con la forma de mi nombre

Sus rastas de Bombay antes fueron rulos en Barcelona,

que antes fueron gorras porteñas y antes gomina escolar.

 

A veces canta dolorido, no pudo despedir a su padre,

lo lleva en un cuadrado infinito en el bolsillo

junto con un pasaporte estampado en viajes.

 

Sus manos son melodías de guitarras, citares, y armónicas.

Tiene el sabor de tres océanos

y orejas agujereadas con amores de otras lenguas.

 

Le gusta meditar por las mañanas,

charlar con monjes que putean

y dormir en su hamaca descolorida.

 

Cuando le preguntan cual siente que es su casa,

no habla ciudades, sino donde tuvo los mejores sueños.

 

Cuando viene a visitarnos,

sus historias terminan a las cuatro de la mañana entre mates y facturas.

Recordamos cuando éramos hijos y no padres,

cuando nuestras canciones se estaban bocetando

y los caminos abriendo.

Cuando llega el momento de la despedida

le abrimos la puerta para que vuelva a las tierras que no le pertenecen

y a pesar de ello son tan suyas.

La nostalgia se mezcla en el abrazo

pero nos soltamos las manos

contentos de haber vuelto a encontrarnos.

Quedándote o yéndote – Luis Alberto Spinetta – Ukelele y voz

Un fantasma

Mario siente las manos frías y un remolino en la cabeza. Hace tres agotadores días que no se baña y empieza a oler mal. Se despertó recién y ya tiene hambre. Aún dormido busca las ramas que separó el día anterior y enciende su fogata mañanera. Se empieza a acostumbrar a este lugar paradisíaco. La Patagonia Argentina es su lugar en el mundo. El Lago Lacar está un poco más oscuro que otras veces, pero se alegra de poder ver el reflejo del sol en él. Mira el mate endulzado con miel que preparó y arranca su caminata matinal. Desciende lentamente por la ladera del cerro dejando atrás su carpa hippie azul. Las vacaciones tan esperadas recién empiezan y lo animan a recorrer nuevas orillas del lago. Una vez que siente el particular ruido de las zapatillas aplastando las piedras redondeadas, decide sacárselas y liberar sus pies algo cansados. Es tan placentera y familiar la sensación de libertad en los pies, que siente que ha estado allí por años. Siente mucho respeto por los salvajes silencios de la naturaleza. Recorre con los ojos los frondosos bosques de enfrente que parecen verdes pompas de algodón. Ve como el agua es un espejo perfecto que refleja todos los años el mismo paisaje. Absorto en tanta belleza ve aparecer, a lo lejos, muy difusa una figura humana. Es una anciana de espalda curva. Camina como si dejara atrás varios años de espera. Lleva flores blancas en sus manos y cuando llega a la orilla del Lacar, sin notar a Mario, las va dejando una a una. Las olas juegan caprichosas con las flores, las sacuden y las arrastran un poco de vuelta a la costa, pero al final, todas se pierden en una inmensidad azul muerte. Mario no quiere interrumpir el ritual de la mujer. Silencioso se levanta, se sacude el jean y vuelve a su carpa.

Al día siguiente decide ir de nuevo a la misma orilla para hablar con la mujer. Cuando llega ya es tarde. Ella camina de vuelta hacia el pueblo. Es tal la tristeza que transmite, aun de espaldas,  que no se anima a llamarla, tiene miedo que se asuste. Al tercer día, decide hablarle. Ensaya nervioso como presentarse. Ya en la playa la humedad en sus manos denota cierta absurda incomodidad. Mientras juega a hacer “sapito” con las piedras más chatas, ve que la anciana está llegando. Se levanta, se seca la palma de sus manos en el jean, la mira a los ojos y se presenta. La anciana parece no escucharlo. Empieza su ritual de lágrimas y desprende del ramo la primera flor. Mario disculpándose por el atrevimiento le dice que la vio otras veces en aquel lugar y quisiera saber para quién son las flores. Aletargada en su dolor, ella continúa entregando pedazos de lágrimas blancas al mar. Mario intenta tocar su hombro suavemente, pero el cuerpo de ella se le deshace entre los dedos transformándose en niebla. Puede atravesarla y en ese momento siente frío en los dedos. Con las manos heladas corre de vuelta a su carpa.

No pudo dormir esa noche. Decide que sus vacaciones en el sur, deben terminar. Piensa ir temprano al ciber del pueblo a buscar un alojamiento de verdad, que tenga una cama abrigada, estufa a leña y desayuno incluido. Despierta antes de que amanezca. El miedo se cuela en su alma. No quiere estar ni un minuto más en ese lugar que ahora es de muerte y profunda soledad. Con los primeros rayos del sol llega al pueblo y respira más calmado la urbanidad deseada. La gente conversa animada mientras camina por las calles. Abren las primeras panaderías e inundan el lugar con olor a pan recién horneado. Se siente en paz entre los seres vivos. Encuentra el ciber y se sienta frente a una computadora a buscar cabañas o bungalows cercanos. Pero está mañana, siente una curiosidad particular. Los pensamientos se le arremolinan y su frondosa cabellera deja caer algunos pelitos en el teclado. No recuerda ningún sabor en particular de estas vacaciones en solitario. De hecho no recuerda haber comido. Tampoco recuerda haber conversado con alguien desde que llegó y lo que es peor: no recuerda cuando ha llegado. Mira sus manos arrugadas, siente su espalda cansada. Teclea “muerte en el Lago Lacar + pareja + accidente + campamento” y la foto en blanco y negro que aparece lo hace caer en la realidad que trató de evitar cíclicamente cada año: ve a su esposa, de pelo largo y lacio, sonriendo con jazmines en sus manos. En aquella instantánea plagada de dolor, él la abraza abriendo la boca en una carcajada fugaz. Al costado de ellos se ve la carpa azul y varios troncos que preparan una fogata que nunca pudo ser.

En el mostrador del ciber, un cliente a punto de abonar su llamada se sobresalta de un monitor que se enciende solo y abre ventanas de diarios. Mira al dueño con los ojos desorbitados esperando una respuesta lógica. Éste tranquilo hace un movimiento de hombros y le da el vuelto. El cliente levanta levemente los hombros y los deja caer, minimizando lo que su mente lógica no puede encontrar explicación. Sale del ciber y enciende un cigarrillo.

VIAJE

Subo al colectivo. La ventana me devuelve un mamarracho de grises, rejas y cemento. Pero hago fuerza para encontrarles forma. Detengo la mirada en un verde repentino entre edificios y comercios que me lleva indefectiblemente a tu edificio. Cuento para arriba: piso uno, dos, tres y me quedo en el cuarto departamento. Vengo a tomar un té después del trabajo. Y ahí es cuando el péndulo da una pausa infinita: entonces tengo el sutil poder de volver el tiempo atrás y deshacer el hilo de los días. Subo volando por la ventana y espío tu ventana. Nos veo a nosotras dos, solas, charlando en el living de esa casa que tiene aroma a refugio, aroma a nubes altas que me acarician mientras tomamos la leche un día de semana en uniforme. Cuando me contás de la guerra civil española y lo difícilmente silencioso que fue comer porotos en todas sus formas durante un año. Que sabe a letra ilegible que sólo tus nietas sabemos descifrar, a tus manos teñidas de lágrimas oxidadas por vivir varias vidas en un solo cuerpo. Esa casa donde cada rincón marcó mi crecimiento.

Hoy tengo dos tazas favoritas que ahora descansan descoloridas en mi cocina, las que siempre usaba para cuando tenía sed en tu casa: una roja y otra azul. Tomo dos vasos seguidos mientras vos me decís cariñosa “¡Nena! ¡Si hay jugo por qué tomas agua de la canilla!”.  Y el destino caprichoso se apiada de nosotras: mientras nos tomamos de la mano, el reloj diluye los días del calendario por venir y nunca te internan, eso pasará en un  futuro lejano que aún no conozco. Hoy se que nunca se te enferma el corazón y se tapa y nunca te operan y sobrevivís y después te recuperas aparentemente. Nunca te vas seis horas después de darme un beso de hasta pronto porque nos vemos en tu casa al día siguiente. Nunca se te cansa el corazón de haber vivido y se detiene. Nunca empiezo a comerme las uñas a pesar de mis treinta. Nunca creo océanos de tristeza y tampoco se me rompe el alma de no poder abrazarte. Eso nunca pasa. Solo pasa esto. Solo esta tarde que recuerdo. Donde estamos las dos disfrutando de nosotras. De los tés con galletitas. De tu voz españolamente argentina. De todo ese universo que somos juntas. Solo nosotras siendo felices en la calidez de estos almohadones mullidos donde me hablas de lo importante que son los abrazos. Y ese momento es mágico, es real. Tus ojos de mar reflejan mi sonrisa al verte. Vienen las lágrimas y te empezás a nublar. El viento interrumpe mi visión y sopla despacio para que te suelte de a poco. El reloj vuelve a su cauce. Te vas suave como llegaste, con ese nombre loco, África, que te dieron como premio y con el cual nos divertíamos tanto. Porque te adjudicaron un continente entero y estuvo muy bien.

Es verano pero ahora tengo frío.
La tinta que grabó tu nombre de continente en el cuello, recorre mi cuerpo y abraza mis venas.
Y eso abue, eso es bueno.

The Very Inspiring Blogger Award (alegria)

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Esta vez, sin cuentos de por medio, comparto que fui nominada por https://papelpluma.wordpress.com/ para el premio “The very Inspiring Blogger Award”. Muchísimas gracias por la nominación! Agradecida y feliz!

Ahora los pasos a seguir para esta nominación: Nombrar 10 blogs + Contestar esta pregunta:

¿Que es la amistad?

Es sonreír en conjunto, mirar a los ojos de estos hermanos elegidos y reír porque sí, es volver el tiempo atrás y mirarnos hacer la nada misma sentadas en el pasto, mirando al río a la espera de las clases de gimnasia, es irnos de vacaciones de a diez y que tu mejor amiga use cualquier toalla menos la suya para secarse el cuerpo, luego de venir empapadas de la playa y putearla con ganas para cagarnos de risa hacia el final del día. Es escuchar por la noche, a otra de tus grandes amigas hablar hasta el alba, contando sus historias (reales e inventadas) y morirte de sueño, pero tratar de hilar lo que dice. Es vernos llorando por la perdida de algún enamoramiento de juventud (bueno, seguimos siendo jóvenes aunque el tiempo del colegio haya quedado atrás hace más de una década, ufff… eso dolió) y abrazarnos y putear juntas a ese gran bueno para nada, maldecirlo y atormentar su alma pidiéndole al destino que tenga algún problema escatológico de por vida. Es caminar más despacio (con menos flashes ensordecedores y saltos) y disfrutar de tomar un helado después de una película, charlarnos la vida y endulzarnos los oídos ensalsando a nuestros hijos (siempre los mejores, siempre los mas inteligentes, siempre los mas dulces). Es filosofar acerca de la vida, pensar muy distinto, levantar la voz y definir posturas, y batirnos un buen café al final de la noche, haciendolo espumoso entre charla y charla. Es saber que podés contarle tu vida y confiar en su mirada comprensiva. Es encontrar el consejo justo y el abrazo tan necesario. Es hacer girar la magia que hay en el mundo desvencijado y maltrecho, y ponerle colores, es sentir que hay un porque que se construye dadas de la mano.

Ahora nomino a los siguientes blogs:

https://dipedipa.wordpress.com

https://tintascreativas.wordpress.com/

https://literaturbiacuentos.wordpress.com/

https://poemios.wordpress.com

https://silvinart.wordpress.com/

https://emocionesencadenadas.wordpress.com/

https://waldfoto.wordpress.com/

https://despuesdelsexo.wordpress.com/

http://todoelorodelmundo.com/

https://cruzagramas.wordpress.com/ 

Muchas gracias y a escribir…

Luz

De tres

(Extracto del Diario Prohibido o "Relato del Inicio", encontrado en el sótano 
de la calle _______ n° 1417, página suelta dentro del Tomo I)

Ya se porque me preguntan tantas veces que hacer. Son los libros. Me costó entenderlo.

Eran tres amigos. Al iniciar el Último Éxodo se me fueron acercando sigilosamente. Pero me pareció natural. En un comienzo eramos muchos emprendiendo el mismo viaje y costaba no chocarse en la marcha. Uno de ellos me miró asombrado cuando me aparté del grupo y saqué mi Diario. Una costumbre que heredé de mi abuela: escribir a mano en un cuaderno en blanco. Se que esta en desuso, pero adquirí la costumbre a los cinco años y se transformó en mi pasión. Empezaba a anochecer y aprovechando las ultimas luces de la tarde, apoyé mi mochila en el piso, me senté sobre ella y comencé a escribir. Cada tanto levantaba la mirada y allí estaban conversando entre ellos, mirándome de reojo. Caminaban mas despacio para no perderme de vista. Redondee mi idea en el papel, guarde todo y recompuse la marcha. Traté de unirme a ellos, pero al verme llegar me esquivaban. Continué caminando a una cierta distancia, para no intimidarlos. Comencé a analizarlos. Yo conversaba con mis escritos y eso me salvaba de la peste. Pero ellos conversaban entre sí mucho más que la mayoría. Hasta por momentos percibí una especie de sonrisa en sus rostros.

El mas alto lloraba con la mirada constantemente (hacían dos generaciones que nadie lloraba con lágrimas), podía sentir su dolor aún sin verlo, era una energía agonizante que se olía en el aire. Pero estábamos acostumbrados al dolor en los rostros y eso lo hacía normal. Pecas era pequeña y a la distancia parecía una adolescente. Luego comprobé que era la más sabia de los tres. Y del último no puedo decir nada. Aún. Porque hable con el mucho mas tarde.

A simple vista me pareció que era fácil dar cuenta del triangulo amoroso que Pecas sostenía a lo largo de camino, ella era quien los impulsaba a seguir. El más alto a veces disminuía la marcha tratando de alejarse de sus compañeros, pero ella lo levantaba del piso cada vez y le hablaba al oído. Las primeras veces una palabra o una pequeña oración hacían la diferencia y él se levantaba y continuaba la marcha. Caminaban siempre muy próximos a Pecas, casi codo a codo. Pero me pareció que con el correr de las semanas, Pecas les comenzó a hablar cada vez menos y a despertar un poco mas tarde por las madrugadas. Un día me acerqué a ella mientras sus amigos dormían, y le pregunté que le pasaba. Corrió el pelo de la cara, abrió los grandes ojos y me miró intensa. Nos fuimos a caminar por el puente. Me contó que sentía un abismo en su pecho, sentía un implacable silencio como el que hubiese antes de que la marea traga-niños tragase a los últimos niños del mundo, sentía un adormecimiento en el estómago y por ello estaba comiendo menos. Sentía que las piernas no le respondían y la respiración se le aceleraba demasiado en algunos momentos del día. Sabía que iba a caer presa de La Enfermedad. Y no tenía idea de que hacer para revertir ese dolor. Temía de que eso fuese lo que le pasara al mas alto y no soportaba imaginarlo de rodillas al costado del camino, mirando el punto fijo infinito, perdido en el caos silencioso de una mente ida. Espero durante minutos vacios mi respuesta. No sabía que decir. Eran sentimientos muy fuertes que no comprendí. Y tuve miedo. Miedo del contagio durante esa charla. Me aleje temblando, mirándola con horror. Corrí hasta el lago a bañarme. Cuando sali decidi perderlos de vista. Me refugié mas que nunca en mis escritos. Anote palabras furiosas contra ella y sus compañeros. Hojas y hojas podridas describiendo la peste en ella y deseando que no me hubiese contagiado. Esa misma noche caminé hasta el alba, alejándome de ellos. Solo quería que mis pies avanzaran junto a otros silenciosos que no cargaran incógnitas cifradas. Queria dejar atrás las palabras de esa estúpida conversación. Las ampollas demoraron mi marcha. Finalmente me detuve esperando. Mientras aliviaba los pasos sangrantes, me leí un buen rato. Comencé a llorar. Empapado de su dolor, comprendí que los extrañaba. Ellos habían marcado varias paginas de mi diario. Comencé a reír de anécdotas inventadas para justificar algunas muecas que veía se hacían entre si, cuando caminábamos juntos. Bueno, juntos no. Cuando caminábamos cerca. Esa cercanía me hacia parte de ellos. Los estimaba. Comenzaron a temblarme las manos y se me nublo la vista. La peste caía en mi cuerpo. Resignado me arrodille como tantas veces vi que se hacía. Mire al punto fijo en el horizonte. No encontré ningún punto fijo. Así que comencé a observar a los puntos de personas que avanzaban kilómetros delante mio. Creí estar enloqueciendo, los puntos tomaban forma y se agrandaban. Se llenaban de cabezas, manos y pies bien definidos y no caí en la cuenta de su cercanía hasta que uno dijo “vinimos por El de los Libros…”.

Dije que vinimos por El de los Libros, ¿Sos vos?. Levanté la mirada y miré a mi interlocutor. Era el tercer miembro de mis distantes amigos. Tomé su mano para levantarme y caminamos juntos. Nadie dijo nada hasta que la tarde cantó su ultimo llanto. El sabor a sal de las lagrimas es tan filoso… Experimenté por primera vez esta sensación cuando habló de sus compañeros y media sonrisa voló de su boca hacia la mía. Reír llorando es muy extraño.

Durante dos días esperó a que reaccionaran pero ya estaban sucumbidos por la peste. Quiso contagiarse y simuló el estado de letargo eterno toda una tarde al lado de los cuerpos idos de sus compañeros, pero nada ocurría. Así, me confesó, supo que nunca se contagiaría. Todavía no entiendo porque me dijo eso. Recordando las charlas entre los tres siguió caminando hasta que me vió sentado en medio de la nada. Camino y camino cada vez más lento pero decidió volver sobre sus pasos. ¿Porque me hablaste en plural? Porque ellos vienen conmigo. Me sobresalté. Miré hacia atrás ilusionado. Me tomó por los hombros y dijo que estaban dentro suyo, y que hablaría de esta forma de ahora en más. No pude ocultar mi tristeza.

Por último me dijo si quería saber de que charlaban durante el camino. Abrí los ojos intrigado. Hablaban de mi. Me habían visto mucho antes que yo a ellos. Hacían teorías acerca de que escribiría en los cuadernos e imaginaban que recordaba anécdotas vividas durante mi infancia. Inventaban toda clase de historias y deseaban que las escribiera. (Así que tengo que seguir escribiendo y ahora si inventando historias más precisas para compartir, para que la mayoría pueda seguir caminando, para poder llegar a nuestro destino, porque sino seremos muy pocos.. y eso si me da miedo). 

Un día Pecas creó una compañera en mi vida para que no estuviera solo (y para que los cuadernos se llenaran más rápido, decía). Temblaron cuando la describió muy similar a ella. Allí fue cuando el mas alto empezó a hablar cada vez menos, y a dejar comida en sus latas. Hasta que cayó de rodillas y ella empezó a levantarlo.

Se detuvo y me pidió distancia para poder procesar todo lo vivido. Nos alejamos lentamente.

Pienso que esto no tuvo nada que ver conmigo. Pienso que se amaban en silencio y el riesgo de perderla hizo que la peste lo tomara por sorpresa. Y siento que ella se quedo allí petrificada para acompañarlo. Digo esto porque ayer mismo vi sus cuerpos al costado del camino. Estaban enfrentados y cada uno estaba perdido en la eterna mirada del otro. Y si aquello no es amor… entonces no entiendo el significado de esta maldita palabra.

Este relato esta relacionado con los siguientes:

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/07/17/lo-cura/

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/09/09/uncontinente/

https://elalmaenbruto.wordpress.com/2014/07/17/blues/