Rata por última vez

Abrió los ojos y respiró profundo. Se quedó largo rato mirando las telarañas del techo de su dormitorio. Cuando se sintió más despierta, se levantó despacio. Fue hasta el baño. Mojó su rostro con agua helada. Decidió que más tarde limpiaría el baño. Volvían a haber pequeños montículos negros al lado del inodoro. Se lavó las manos, ásperas pero aún así juveniles. Se miró al espejo y jugó con su sonrisa dormida. Eligió qué ponerse, meditandolo tranquila. Sentía que su día de descanso podía ser eterno si se lo proponía. Estaba ordenando sus cajones y mientras separaba las prendas que necesitaban algún arreglo de costura, escuchó un golpe seco en la ventana. Cuando giró la cabeza, sólo pudo ver una mancha roja en el vidrio y algunas plumas que caían despacio hacia la nada. Era la tercera vez que ocurría aquello en el crudo mes de julio. Empezó a dolerle la cabeza. Volvió a sus prendas y se clavó varias veces la aguja en sus dedos. Escuchó su respiración agitada y no le gustó. Notó demasiado silencio en la habitación. Se sintió observada. No. Se sintió sentida por otro ser, pero estaba sola allí dentro. Algo se movía incómodo por allí. Se levantó a inspeccionar la habitación. Nada debajo de su cama. Tampoco detrás de la cómoda. Agudizo el oído. Se asomó al espacio entre el placard y la pared. Allí las vió. Eran engendros diminutos que se movían sin ver, animales sin pelo que la olfateaban desesperados buscando algo perdido.
Escucho otra respiración agitada como la suya, pero más pequeña. Tomó el sueco de madera y lo levantó furiosa. El asco le subió a la garganta, pero estaba decidida. Soltó el zapato al mismo tiempo que otro engendro más grande, le mordía la pantorrilla. Le zumbaron los oídos y en el suelo todo se fue apagando.

Abrió los ojos y respiró profundo. Se quedó largo rato mirando las telarañas del techo. Se levantó. Fue hasta el baño. Hizo sus necesidades junto al inodoro. Quiso mirarse al espejo pero estaba muy alto. Fue hasta su guarida y alimentó a sus crías. De pronto escuchó un aleteo cercano en la ventana. Giró la cabeza y vió como el pájaro volaba directo a sus crías. Se le erizaron los pelos y corrió a hacerle frente. Era la tercera vez que ocurría aquello después de su alumbramiento. Un escudo poderoso protegió a su familia del ave de rapiña. Aliviada pero con los sentidos alertas quiso ir a su nido, pero sintió muy cerca los pasos de un monstruo pálido que se aproximaba a su nido. Se ocultó detrás de una silla. Tenía las garras y los dientes listos para defender a los suyos. Sabía que un mordisco bastaría para infectar al monstruo pálido. Se acercó tan rápido como pudo. Mordió con todas sus fuerzas y se hizo de noche.

Abrió los ojos y respiro profundo. Extendió sus alas y empezó a tomar vuelo. Sobrevoló el bosque y se asustó. Su nido estaba muy próximo a los humanos. Decidió que una vez crecidos sus pichones, se irían a otro lugar más seguro, en las profundidades del bosque. Volvió a su árbol con un puñado de lombrices semi masticadas en la boca, pero el nido estaba vacío. Desesperada miró hacia el único lugar donde podría haber estado el responsable de tal atrocidad. Se vio tres veces encerrada y furiosa dentro de la cabaña de humanos, tres veces agazapada a la espera de morder vengativa. Vió su propio fantasma tomar impulso y tratar de romper un vidrio que nunca se rompería.Y se vio caer y volver a levantarse y volar dolorida hasta el nido y quedarse dormida. Y llorar en sueños hasta calmarse y olvidarlo todo. Y el dolor fue insoportable. Ésta vez nada de todo eso pasaría.

La cuarta vez que empezó a repetirse la escena empujó a su fantasma, que se desvaneció aturdido. Tomó su lugar. Voló suavemente hasta la ventana y se puso a cantar.

ABRAZOS Y ESTRELLAS

Hoy los adultos están raros. Por fuera actuan como siempre, me hacen el desayuno, me llevan al jardín, me pasan a buscar por el jardín (más temprano), pero ahí están: haciendo lo de siempre como siempre, pero no son los de siempre. Nos despedimos de la seño y Papá me da la mano, un poco más fuerte que de costumbre. Sus ojos se congelan en el horizonte por un momento tan chiquito como el granito de arena que me quedé mirando hoy y después parpadea y me pregunta como me fue, que hice. A pesar de que me mira, está en otro lado. En el camino a la parada del colectivo me dice algo con palabras raras y confusas. Nos subimos al colectivo y me acaricia el pelo. Con ese mimito me quedo mirando por la ventana, fascinada con la velocidad del colectivo, que deforma las casas y edificios y hace que las personas tengan una estrella fugaz pegada al cuerpo y los perros y los gatos y los árboles también. De repente el colectivo cambia de recorrido. 

Pa ¿adonde vamos?.

¡Pa!

Uh. Me asusta verlo así. Algo raro pasa. Llegamos al edificio de la abuela. Seguro ella va a saber explicarme esto. Subimos al ascensor. No puedo dejar de mirarlo. Algo lo atraviesa. Puedo sentir que le duele. Le doy la mano y esta vez aprieto fuerte yo. Me mira. Sonríe triste y esquiva mi mirada. Traga saliva. Necesito ver a la abuela ya. Papá abre las tijeras del ascensor, y la otra puerta pesada blanca que siempre se hace flaquita al final. Toca el timbre y toma aire. No lo larga. Parece que va a explotar. Alguien abre la puerta. Entro rápido. La abuela está sentada en el sillón marrón. Corro a abrazarla. Y en ese abrazo entiendo las palabras raras y confusas que papá me había dicho antes. Aunque “la muerte” no signifique nada en mi mundo chiquito, entiendo que a la abuela le duele mucho. Me dejo abrazar con los ojitos bien abiertos. Se me graba en el corazón su apretujo, su llanto silencioso y papá mirándonos. Después todo es borroso. Sé que  mama ya estaba en casa de la abuela y la abracé, que me abrazaron mis tíos y tías, que después me quedé en casa de mi amigo Ger a jugar, que seguí yendo al jardín a divertirme como siempre.

Un día, después de mucho tiempo, me quedé a dormir en la casa de la abuela. Era raro no ver al abuelo. En la merienda se lo pregunté. Me explicó que ahora el abuelo estaba en la estrella que más brillaba. Miramos juntas por la ventana, mientras el cielo se iba oscureciendo y lo buscamos. Levanté mi índice, empujando con fuerza el aire y ahí estaba: chiquito, en una super estrella brillante de brillantina. La miré sonriendo, feliz de encontrarlo primera. Esa noche cenamos papas fritas con huevo frito. Fue la cena más rica de mis cinco años.

***

No hay noche en que no mire hacia arriba y busqué con mis ojos de cinco años, ahora, dos estrellas que brillan profundas en el inmenso cielo. Dos estrellas que volvieron a estar juntas y ahora se acompañan. Y un poquito, también me cuidan.

Barro

Hoy volví a recordar su rostro. Fue mi compañero durante varios años hasta que sucedió lo que sucedió y no pudimos volver a vernos. Tenía las mejillas ásperas y rojizas y lo vi sonreír solo algunas primeras veces. De día y de noche estaba con anteojos negros. La gente lo miraba mal por aquella actitud. A mi me parecía decidido, desafiante. Empezamos a hablar en un almacén olvidado, después de un tiempo de mirarnos y caminar lento cuando estábamos cerca. La torpeza propia de nuestra edad ayudó a que se nos cayeran unas latas de la manos y nos ayudaramos a guardarlas en nuestras mochilas. Nos acompañamos algunas cuadras e iniciamos un pequeño intercambio. Conocimos primero la forma en la que respirábamos cuando estábamos nerviosos, después ciertos sonidos onomatopéyicos. No íbamos a preguntarnos de dónde veníamos ni hacia dónde íbamos, eran preguntas vacías en ese presente incierto. Tampoco queríamos saber de nuestras familias, o nuestras edades. Para ese entonces no importaba nada de aquello. Habíamos aprendido a hablar lo mínimo necesario y fue difícil usar las palabras con las que pensábamos, pero poco a poco fuimos recordando. Hablábamos en susurros (nuestras voces nos daban miedo), y tratábamos de alejarnos para hacerlo más cómodos. Conversábamos de lo que veíamos en las ciudades fantasmas, y de la sed de esos días. Cuando nos topabamos con las personas-piedras, aquellas que habían sucumbido a la peste, les contábamos nuestro presente al oído. Acercaba mis labios secos a las orejas muertas y mientras les contaba nimiedades, miraba fijo a sus lentes negros. Dejaba de sentir frío y empezaba a recorrer mi cuerpo un mareo intenso. Mientras tanto él sonreía siempre por primera vez y escuchaba atento, a mi pequeña historia. Los días pasaban y veíamos menos gente y más personas-piedra. Imaginábamos que nos escuchaban dentro de sus cuerpos inertes. Pero la verdad era que seguían tan muertos como siempre y nosotros tan solos como ellos. Cada día disminuía la distancia entre mis labios, las orejas y sus primeras sonrisas.

Una madrugada, mareada de palabras dichas, decidí acercarme y tocar sus mejillas. Mis ojos bailaban entre lágrimas, mientras él se dejaba. Me dolía el alma pero ya estaba perdida. Tomó mis manos y juntos quitamos sus anteojos. Dos huecos profundos asomaron donde deberían haber estados sus ojos, pero así y todo veía. Me veía. Sequé mis lágrimas confundida. Pasaron varias respiraciones en el medio de ese silencio compartido. Tomé aire y coraje. Leyó mis pensamientos y detuvo bruscamente la rama punteaguda que mi mano había agarrado para destriparme la mirada. Amanecía y el sol  desgarró los detalles de su mirada negra. Le gritamos juntos a aquella luz que nunca iba a ser tan fuerte como para cegarme. Agarré el barro que se había formado alrededor  nuestro con mi llanto y me pinté dos huecos marrones arriba de los pómulos. Esta vez no me detuvo. Una vez que la tierra se secó, juntamos nuestros vacíos.

Caminamos largos años, en busca de personas-piedra con anteojos negros. Pero nunca encontrábamos nada.

Mientras yo perdía la visión a base de barro y lágrimas, él encontraba la puerta al laberinto de la peste.

EME

La madre abre su agonizante mano por última vez y siente como el tiempo se expande para ella observe los hilos del futuro en las líneas de la palma de su mano. Con el alma quebrada, lee las palabras que más le duelen.

Al costado de la cama sus dos hijos interpretan el frágil gesto como una invitación al final anunciado y delicadamente apoyan sus manos sobre la de su madre: unas son temblorosas y huesudas, las otras, oscas y callosas. Se mantendrán unidos a ella de está forma, todo lo que dure este último tramo de su vida.

Por la noche la llevarán a la morgue. No habrá más madre para ellos. Llegarán con los ojos hinchados a la casa y encontrarán, entre las pertenencias de su madre, una carta de último aviso del banco.

Compungidos, se harán cargo de la hipoteca para salvar la casa donde hasta hace un momento han vivido los tres.

Armado se dedica a la herrería y a partir de ese momento sabrá que sus jornadas laborales serán extremas. Los primeros tiempos serán de tés aguachentos y panes duros. Disolverá su compromiso, no está enamorado. Ancía los placeres de la carne, pero sabe aguantar: mejor un techo seguro que dormir en la calle de nuevo. Conserva en un rincón de su memoria las noches de invierno aupando a su hermana. Cuando buscaba cansado un lugar sin viento para pasar la noche, mientras su madre limpiaba casas de lámparas rojas. No querrá volver a vivir esos recuerdos que lastiman.

Alba hace arreglos de ropa y será quien por las madrugadas, se clave agujas una y otra vez al apurar las costuras y no tendrá tiempo para reuniones sociales. Se le pasarán los tiempos de peñas con amigas y de miradas insinuantes con los muchachos del barrio. Vendrán tiempos de cabellos grises y arrugas punzantes por el ceño fruncido. Sus amigas dejarán de ser solteras para tener hijos, y ella dejará de tener amigas para seguir cociendo, noche tras noche.Vendrán casi dos décadas de desvelo interminable donde abunde el cansancio y las manos doloridas.

Para aliviar el tormento compartido y tratar de conservar el equilibrio familiar, se impondrán una rutina inquebrantable: cenar juntos. Cocinarán las recetas de su madre.

Algunas veces llorarán por su partida pero siempre la odiarán en silencio. La cena será tarde en la noche, cuando los vecinos duerman. El trabajo no permitirá que coman temprano como todas las familias y los puños cerrados de bronca y sacrificio latirán con más fuerza esas veces. Cenarán poco y se quedarán con hambre, pero el orgullo no les permitirá decirlo. Habrá tiempo, aunque sea tarde, para levantar la mesa y tomarse una infusión nauseabunda, con saquitos de té secados al sol el día anterior. Pero así y todo, simularán disfrutarlo. Lavarán y secarán minuciosamente los platos, los vasos, los tenedores. Se pasarán los cuchillos filosos con cuidado extremo y las manos se rozarán febriles. Pero la noche será larga y despertará una curiosidad prohibida. Se desvelarán por la noche cada cual en su cama. Las duchas de agua fría calmarán sus demonios, aunque sabrán que no son sueños lo que sueñan cuando se despiertan por las mañanas en la misma cama. Quien se despierte primero, será quien se irá simulando sorpresa. Nunca hablarán de esos raros episodios que calmarán sus entrañas. Mientras uno herrará rabioso en el taller, la otra dejará de imaginarse la vida que no se anima a elegir.

 

Un día llegará la última cuota de la hipoteca. Celebrarán con pastas, vino y entusiasmo juvenil. Armando planeará reconquistar a su antigua novia, aún soltera. Pensará que es tiempo de vender la casa para que cada cual tenga su parte y librarse de una buena vez de esa hermana que a partir de allí sentirá absorbente. Incómodo como nunca antes, en la cena esquivará su mirada. No sabrá cómo decirle que no aguanta más esa relación enfermiza que ambos propiciaron. Se detendrá demasiado tiempo en contemplar su plato y el vaso de vino que Alba llenará todo el tiempo. Después de levantar la mesa y lavar los platos, Armando no querrá rozar sus manos con las de ella. Alba no se turbara. Sentirá que éste es un juego nuevo para ambos. Sin tomar el té de siempre, le dirá buenas noches y verá como ella entra su dormitorio dejando la puerta entreabierta. Sentirá culpa por querer irse, tomará las llaves, su abrigo, y se quedará mirando la puerta de salida largo rato. Mareado por el vino, juntará fuerzas para irse, mientras espera que ella se quede dormida de una maldita vez.

En el dormitorio, las copas de alcohol, habrán adormecido el fuego de la cena. Alba entrará en el sueño profundo que le desea su hermano y despertará casi al amanecer, excitada pero sola. Caminará silenciosa hasta la cama de Armando. El día anterior habrá pasado por la peluquería para que le tapen las canas una vez más. Esa noche se sentirá joven y libre. Nada podrá detener el impulso de ambos, que últimamente, ella siente más fuerte. Hace mucho que no despiertan en la cama del otro. Tanteará las sábanas de Armando y pronto se dará cuenta del horror: vacía. La sal llenará sus mejillas rabiosas y escuchará inmediatamente carcajadas en la cuadra. Los pájaros chillarán que la mañana está por llegar y Armando no. Se sentirá frágil, usada, humillada, atolondrada, irritada, desquiciada.

Decidirá que la casa le pertenece, que Armando no puede volver, no debe hacerlo. La casa dará vueltas a su alrededor y se hará pequeña. Nada tendrá sentido. Correrá hasta la cocina, encenderá las hornallas y mientras el gas ingrese en sus pulmones, escribirá con un cuchillo en la palma de su mano. Tomará varios fósforos y quemará en un instante toda su casa. Con ella dentro.

 

En su agonía, la madre observa estos hilos del destino y llora sin lágrimas en su cuerpo marchito. Lee el mensaje que escribirá su hija adulta, esa noche furiosa. Su hija que ahora es adolescente y no sabe que tiene veinte años de sacrificio y penas por delante. Decide en su último aliento que dejará que las cosas ocurran, pero cuando llegue el momento del incendio, volverá al mundo de los vivos y hará que esa noche Armando se quede dormido en el living, enredado en sus pensamientos. Cuando la explosión los alcance, enfurecida una y cobarde el otro, atraerá sus almas junto a ella para que los tres ardan eternamente. Y eso será bueno.

“Serán éstos y será hoy”

Lautaro camina apurado a su aula a buscar los libros de matemáticas y ciencias que olvidó. Camina solo: el colegio está vacío desde hace una hora. El último día de clases lo hace parecer un desierto de pupitres, sillas y pizarras a medio borrar. Entra al aula, localiza sus libros. Comienza a guardarlos en la mochila, cuando en su visión periférica siente una sombra amarilla. Gira la cabeza y ve a una maestra que lo observa. Tiene la piel opaca, está ojerosa y parece inusualmente hinchada. Abre lentamente la boca que desprende hilos de baba y de allí no salen palabras sino una historia muda. Fue docente en aquella escuela veinte años atrás. Una cirrosis silenciosa acabó con su vida esa misma madrugada y desde ese momento, busca por todo el colegio a los últimos alumnos que tuvo, culpables de haberla llevado a la ruina. Su boca putrefacta pide venganza y en este momento tiene a un alumno de diez años en frente. Pero Lautaro no tiene miedo. Entiende lo que es estar necesitado de una justicia que parece no llegar nunca, y decide ayudarla. Permite que entre en su alma de niño, un poco de esa oscuridad muerta y le muestra lo que Bastián y Mariano han hecho con él desde tercer grado. Sus días escolares tienen tackles improvisados, empujones por la escalera y pisotones en gimnasia. Lo retaron varias veces en casa y en el aula por no tener la carpeta completa y él, vergonzoso, no cuenta en ningún lado que ellos son quienes en los recreos rompen sus hojas y las tiraran por el inodoro. Laurato solo aguanta porque la remera le aprieta mucho y transpira en exceso. Tiene vergüenza de un cuerpo que crece a base de inseguridad y harinas.

La maestra siente el desamparo de Lautaro y detiene los tentáculos negros que empezaban a asfixiarlo. Cambia el rumbo de su venganza. En alguna parte de su cerebro podrido sabe que los niños crueles que la llevaron a perderse en el alcohol, deben estar viviendo una adultez insípida y monótona. Encuentra algo de humanidad en su interior hueco y decide ayudar al niño inocente. Abre un poco más su boca deshilachada. Le muestra, con los ojos para adentro, lo que pasará dentro de media hora. Le muestra un pasado que aún no es, pero pronto será…

Laurato ve como la maestra fantasma le pide que utilice cualquier excusa, para que sus dos compañeros abusivos vayan al colegio lo más pronto posible. El grupo cerrado de facebook que tiene con sus compañeros de curso será de gran ayuda. Se ve a sí mismo tecleando desde su celular un mensaje improvisado. El anzuelo serán supuestas revistas pornográficas encontradas en el aula. A la maestra no le importa entender aquel rectángulo luminoso que sus pulgares fugaces tocan con tanta rapidez, mientras cumpla con su finalidad. Ve como dos de los ocho compañeros que leyeron su mensaje instantáneamente, son Bastián y Mariano. Ve como llegan apurados al colegio, en sus bicicletas modernas. Ve como Mariano, va dejando porque sí, porque puede, porque es el líder y hace lo que se le canta donde sea, rayas en las paredes de los pasillos, con una rama puntiaguda. Ve a Bastián de remera negra que lo acompaña prepotente y canchero. Ve que llegan al aula y ríen de las telas blancas que se apoyan sobre los bancos dispuestos en forma de círculo. Ve que en el interior de la carpa improvisada hay dos pequeñas velas que los invitan a curiosear. Ve que se acercan y abren grandes los ojos. Ve que sus pupilas se dilatan al mismo tiempo, fijas en un punto maldito. De sus bocas caen babas de saliva, sus cabellos se tornan grises y luego blancos y el olor de pis mojando los pantalones lo asusta. Le tiemblan las piernas. Él también quiere ver que hay allí dentro, al mismo tiempo que un pavor le recorre el cuerpo. Una fuerza profunda lo atrae y el agujero se hace espeso.

Siente que un fantasma amarillo lo toma por detrás de la remera y lo aleja de una escena que ahora entiende, nunca debió presenciar. Vuelve al aula vacía con la respiración agitada y frío en el alma. La maestra ahora está marrón y el aula empieza a oler a tierra. Se ve cansada. Le cuenta brevemente lo que sucederá a continuación (ésta vez sin mostrarle imágenes del futuro que será, pero con la certeza de conocer el procedimiento): le dice que la visión pasará luego (cuando esté todo preparado), que ahora él debe llamar a la preceptora Silvia, que seguramente también irá su madre que espera impaciente en los pasillos de abajo. Ambas leerán las cinco palabras que él escribirá previamente en el pizarrón. Que no se preocupe si no lo entiende. El mensaje estará dirigido a Silvia y al director, Edgardo. Luego, la preceptora, de manos húmedas e inquietas y se disculpara con la madre, les pedirá a ambos que se vayan.

Las piezas del rompecabezas se cierran para Laurato. Entiende perfectamente que Silvia y Edgardo saben de la promesa que la maestra hiciera el día de su expulsión. Una maldición que en la madrugada de ese mismo día, cobró vida. Y sabe que ellos, culposos, respetarán el trato. Antes que la maestra se adentre más en su mente, que empieza a pesarle, hace fuerza con los dientes de leche que le quedan y la cierra del todo. De inmediato la pesadez de un alma herida y vengativa lo abandona. Vuelve a tener diez años. Mira al fantasma, se agradecen con la mirada. No quiere despedirse. Siente la necesidad de besarla y se acerca poco a poco a esa humanidad descolorida. El beso huele a barro y caca. Huele a algo inerte, duro y frío. Siente que un gusano se come, junto con el cuerpo de Rosa, tristeza, dolor y angustia. No quiere despedirse con esa última sensación. Con toda las fuerzas de su imaginación abre la mente por última vez, le mira los huecos de los ojos y proyecta una imagen pequeña. Plasma un instante fotográfico en el humo oloroso que alguna vez fue una mujer.

No se lo dirá nunca a nadie, en todo lo que dure su vida en este ciclo. Sera el único secreto que comparta con un fantasma.

Leer con esta canción en loop

Leito

Tiene callos fabriles en las manos

y una vez me regaló un alambre con la forma de mi nombre

Sus rastas de Bombay antes fueron rulos en Barcelona,

que antes fueron gorras porteñas y antes gomina escolar.

 

A veces canta dolorido, no pudo despedir a su padre,

lo lleva en un cuadrado infinito en el bolsillo

junto con un pasaporte estampado en viajes.

 

Sus manos son melodías de guitarras, citares, y armónicas.

Tiene el sabor de tres océanos

y orejas agujereadas con amores de otras lenguas.

 

Le gusta meditar por las mañanas,

charlar con monjes que putean

y dormir en su hamaca descolorida.

 

Cuando le preguntan cual siente que es su casa,

no habla ciudades, sino donde tuvo los mejores sueños.

 

Cuando viene a visitarnos,

sus historias terminan a las cuatro de la mañana entre mates y facturas.

Recordamos cuando éramos hijos y no padres,

cuando nuestras canciones se estaban bocetando

y los caminos abriendo.

Cuando llega el momento de la despedida

le abrimos la puerta para que vuelva a las tierras que no le pertenecen

y a pesar de ello son tan suyas.

La nostalgia se mezcla en el abrazo

pero nos soltamos las manos

contentos de haber vuelto a encontrarnos.

Quedándote o yéndote – Luis Alberto Spinetta – Ukelele y voz

Un fantasma

Mario siente las manos frías y un remolino en la cabeza. Hace tres agotadores días que no se baña y empieza a oler mal. Se despertó recién y ya tiene hambre. Aún dormido busca las ramas que separó el día anterior y enciende su fogata mañanera. Se empieza a acostumbrar a este lugar paradisíaco. La Patagonia Argentina es su lugar en el mundo. El Lago Lacar está un poco más oscuro que otras veces, pero se alegra de poder ver el reflejo del sol en él. Mira el mate endulzado con miel que preparó y arranca su caminata matinal. Desciende lentamente por la ladera del cerro dejando atrás su carpa hippie azul. Las vacaciones tan esperadas recién empiezan y lo animan a recorrer nuevas orillas del lago. Una vez que siente el particular ruido de las zapatillas aplastando las piedras redondeadas, decide sacárselas y liberar sus pies algo cansados. Es tan placentera y familiar la sensación de libertad en los pies, que siente que ha estado allí por años. Siente mucho respeto por los salvajes silencios de la naturaleza. Recorre con los ojos los frondosos bosques de enfrente que parecen verdes pompas de algodón. Ve como el agua es un espejo perfecto que refleja todos los años el mismo paisaje. Absorto en tanta belleza ve aparecer, a lo lejos, muy difusa una figura humana. Es una anciana de espalda curva. Camina como si dejara atrás varios años de espera. Lleva flores blancas en sus manos y cuando llega a la orilla del Lacar, sin notar a Mario, las va dejando una a una. Las olas juegan caprichosas con las flores, las sacuden y las arrastran un poco de vuelta a la costa, pero al final, todas se pierden en una inmensidad azul muerte. Mario no quiere interrumpir el ritual de la mujer. Silencioso se levanta, se sacude el jean y vuelve a su carpa.

Al día siguiente decide ir de nuevo a la misma orilla para hablar con la mujer. Cuando llega ya es tarde. Ella camina de vuelta hacia el pueblo. Es tal la tristeza que transmite, aun de espaldas,  que no se anima a llamarla, tiene miedo que se asuste. Al tercer día, decide hablarle. Ensaya nervioso como presentarse. Ya en la playa la humedad en sus manos denota cierta absurda incomodidad. Mientras juega a hacer “sapito” con las piedras más chatas, ve que la anciana está llegando. Se levanta, se seca la palma de sus manos en el jean, la mira a los ojos y se presenta. La anciana parece no escucharlo. Empieza su ritual de lágrimas y desprende del ramo la primera flor. Mario disculpándose por el atrevimiento le dice que la vio otras veces en aquel lugar y quisiera saber para quién son las flores. Aletargada en su dolor, ella continúa entregando pedazos de lágrimas blancas al mar. Mario intenta tocar su hombro suavemente, pero el cuerpo de ella se le deshace entre los dedos transformándose en niebla. Puede atravesarla y en ese momento siente frío en los dedos. Con las manos heladas corre de vuelta a su carpa.

No pudo dormir esa noche. Decide que sus vacaciones en el sur, deben terminar. Piensa ir temprano al ciber del pueblo a buscar un alojamiento de verdad, que tenga una cama abrigada, estufa a leña y desayuno incluido. Despierta antes de que amanezca. El miedo se cuela en su alma. No quiere estar ni un minuto más en ese lugar que ahora es de muerte y profunda soledad. Con los primeros rayos del sol llega al pueblo y respira más calmado la urbanidad deseada. La gente conversa animada mientras camina por las calles. Abren las primeras panaderías e inundan el lugar con olor a pan recién horneado. Se siente en paz entre los seres vivos. Encuentra el ciber y se sienta frente a una computadora a buscar cabañas o bungalows cercanos. Pero está mañana, siente una curiosidad particular. Los pensamientos se le arremolinan y su frondosa cabellera deja caer algunos pelitos en el teclado. No recuerda ningún sabor en particular de estas vacaciones en solitario. De hecho no recuerda haber comido. Tampoco recuerda haber conversado con alguien desde que llegó y lo que es peor: no recuerda cuando ha llegado. Mira sus manos arrugadas, siente su espalda cansada. Teclea “muerte en el Lago Lacar + pareja + accidente + campamento” y la foto en blanco y negro que aparece lo hace caer en la realidad que trató de evitar cíclicamente cada año: ve a su esposa, de pelo largo y lacio, sonriendo con jazmines en sus manos. En aquella instantánea plagada de dolor, él la abraza abriendo la boca en una carcajada fugaz. Al costado de ellos se ve la carpa azul y varios troncos que preparan una fogata que nunca pudo ser.

En el mostrador del ciber, un cliente a punto de abonar su llamada se sobresalta de un monitor que se enciende solo y abre ventanas de diarios. Mira al dueño con los ojos desorbitados esperando una respuesta lógica. Éste tranquilo hace un movimiento de hombros y le da el vuelto. El cliente levanta levemente los hombros y los deja caer, minimizando lo que su mente lógica no puede encontrar explicación. Sale del ciber y enciende un cigarrillo.