Lo-cura

(Extracto del Diario Prohibido o "Relato del Inicio", encontrado en el sótano de la calle _______ n° 1417, Página 23 - Tomo II)

“Amaneció despejado hoy y las aguas del río siguen tornándose grises. No marrones, no verdes: grises. Los árboles siguen marchitándose, las mujeres continúan estériles y los hombres enloquecen. No hay pleamar que asuste a los niños que transitan por la costa. Las historias de sirenas no causan efecto, no hay quien las crea o las escuche. Se van perdiendo en el camino muchos relatos de lo que fue alguna vez este lugar. Nosotros seguimos camino al este, como nos dijeron los ancianos, pero cuesta. Somos cada vez menos. Intento seguir escribiendo este diario, pero es difícil. Los niños ya no cantan. Los animales hace rato nos abandonaron. La comida enlatada es lo único que nos salva de acabar acostados en el medio del camino esperando una muerte que no vendrá, malditos por nuestra propia historia.
Aun así tengo que forzar a algunos de mis compañeros a comer de las latas a cambio de develarles más datos que me invento sobre la marcha. Lo cierto es que ni yo se hacia dónde nos dirigimos. Pero necesito seguir avanzando en grupo, de otra forma la Gran Epidemia se apoderaría de mí al instante. Sé que parece egoísta, pero no quiero que mi día termine sin decir una sola palabra, porque ese sería indicio de que he sido infectado. Así que les cuento detalles de mi plan consultando este diario desgarbado a modo de engaño. Les digo que estos libros me fueron entregados para llegar a destino y simulo leerles pasajes claves con el fin de discutir los pasos a seguir. Los mantengo hablando por un buen rato al día, esperando sus opiniones, aunque cortas y a veces monosilábicas. Anoto quien habló menos en cada encuentro y me reúno con ellos aparte con cualquier excusa para hacerlos conversar más. Y así salvarlos y salvarme de la maldita enfermedad. Necesito que haya un poco de cordura en sus cabezas, aunque aquello cueste la mía.
 Lo peor de todo: ya ni se enamoran.”

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blue(s)

(Extracto del Diario Prohibido o "Relato del Inicio", encontrado en el sotano de la calle _______ n° 1417, Página 67 - Tomo III)

“Estoy mirando muchos ojos azules estos dias ¿Será por la lluvia loca que me nubla? ¿Será esa voz delicadamente afilada que me dice tantas cosas raras? Será que los espejos estan menos oscuros que siempre y cuando pienso en ella, se ilumina mi camino y entonces camino mucho y rápido y con ganas y salto y cuando mis pies no tocan el piso me ilusiono con poder volar y ahi es cuando me dice que pare un poco, que todavía no es necesario, y discute con las voces pavorosas años luz, mientras yo escucho desde lejos.
Con una diminuta luna blanca las palabras se calman y se van y la mujer de blanco repite aburridos jeroglíficos que no logro entender y después miro de nuevo al suelo y todo se me cae, se me van los rulos descontrolados y me viene el lacio de las rejas y me empiezo a sentir sin puntos porque se me vuelan y se me vuelan las comas también y este remolino abismal tira de mi
de un lado a otro
marea mis ropas
y mezcla
lo que digo y lo que pienso
lo que sueño y lo que vivo
lo que imagino y lo que añoro
lo que intuyo y lo que se
lo que era y lo que vendra
y es tan intenso todo esto que no me queda mas que deborar mis propias palabras rotas para seguir respirando
y las palabras que quedan poco a poco se evaporan y al hacerlo me cortan y me rio y se asoman las lagrimas y ellas si saben grita todo lo que no grito y me ahogo en el silencio
y me callo

y caigo
y sigo escuchando esta musica que me altera
que me calma
que me despedaza
que me sucede
que me cuenta la historia del anfibio enjaulado que trepo tan alto
que voló”

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Re(e)d

 Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Le gustaba llamarlo así, calcetín, porque le hacía recordar a sus familiares europeos y porque cuando lo decía en voz alta sonaba muy bien. Las medias y las AllStars viejas: una combinación nunca le fallaba a pesar de sus treinta y seis años muy bien llevados. Sentía que cuando alguien se vestía con esas zapatillas siempre aparentaba cinco años menos. De esta forma estaría a la altura de cualquier otro postulante veinteañero que fuese a la misma entrevista  esa tarde. Después de convencer al entrevistado que era la persona indicada para ese puesto revelaría los ocho años excedidos del pedido original. Claramente en la solicitada de ilustradores junior decia “personas de entre dieciocho y veintiocho años. Excluyente”. Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Le gustaba llamarlo así, calcetín, porque le hacía recordar a sus familiares europeos y porque cuando lo decía en voz alta sonaba muy bien. Las medias y las AllStars viejas: una combinación nunca le fallaba a pesar de sus treinta y seis años muy bien llevados. Sentía que cuando alguien se vestía con esas zapatillas siempre aparentaba cinco años menos. De esta forma estaría a la altura de cualquier otro postulante veinteañero que fuese a la misma entrevista  esa tarde. Después de convencer al entrevistado que era la persona indicada para ese puesto revelaría los ocho años excedidos del pedido original. Claramente en la solicitada de ilustradores junior decia “personas de entre dieciocho y veintiocho años. Excluyente”. Faltaban veinte minutos para la entrevista y todavía no lo encontraba. Tenía unos diez minutos de viaje, con suerte, si el colectivo estaba esperándola en la parada. Los minutos corrían rápido. Siguió buscando debajo de la mesa, de las sillas, debajo del sofá, detrás de la cama, en el fondo del ropero, en el lavarropas, en el cesto de ropa sucia (que usaba muchas veces de tacho de basura). Buscó en los cajones de la cocina, en el balcón, entre las sábanas. Restaban quince minutos. No iba a llegar a tiempo si seguía con la búsqueda. Entonces decidió salir con una sola media.Llegó a la entrevista dos minutos antes de lo pactado. Se olió las axilas: milagrosamente habían sobrevivido sin efectos secundarios a su apurada caminata. Se miró en el espejo del ascensor mientras aguardaba a que este subiera los catorce pisos que la distanciaban de la entrevista la-boral. Se acomodó la remera, emprolijó su camisa, se levantó un poco más los jeans, y por último intento arquear sus pestañas con los dedos sin dañarse los lentes de contacto que la alejaban de su torpe miopía. Se enrruló más el pelo con las manos. Se miró de nuevo en el espejo: era un desastre. El ascensor pasaba por el séptimo piso cuando, desilusionada, agarró una gomita de pelo de la cartera y se ató el desorden cerebral como pudo. Se sacó la camisa cuadrille y la puso en el bolso. Se bajó bien la única media roja que tenía en el pie para que no se notara que la llevaba puesta. Se miró de nuevo: un poco mejor. Era más ella.Las puertas del ascensor se abrieron en el catorceavo piso. Lo primero que vio fue a dos cuasi adolescentes vestidas con trajecitos y tacos agujas que la radiografiaron de arriba a abajo e instantáneamente levantaron una cejas, altivas. Empezó a respirar agitada. Las piernas, borrachas de mareo, no respondían correctamente. Las manos tamborileaban sobre la cartera marcando un compás arrítmico y en este estado caótico pidió el formulario en recepción. Se sentó en uno de los asientos que quedaban libres y leyó las preguntas. Eran preguntas frías, técnicas, matemáticas, distantes. Pedían inicios y finales de ciclos pero con fechas concretas y ella en lugar de números, solo tenía un puñado de sensaciones lógicas para sus finales difusos, para sus relatividades incongruentes. Haciendo un gran esfuerzo se permitió completar el formulario sólo siendo fiel a sí misma. Revolvió la cartera y encontró una birome roja. Sonrió un poco y con la letra más suelta que pudo, relleno todos los campos. Su paabras iba sobrevolando los renglones, los esquivaba, los mareaba. A veces las oraciones contaban con detalle, momentos de su vida que no le eran consultados. Pero ella entendía que debían ser contados porque iniciaban ciclos superpuestos y eso era lo que pedían: plasmar el comienzo de etapas con datos reales. Tacho las preguntas irrelevantes e inventó otras en su reemplazo. Pidió a la recepcionista una hoja más en blanco para poder seguir llenando el formulario. La mujer le dio dos hojas un poco intrigada. Ahora la miraban todas las jóvenes en tacos que entraban y salían de la oficina de entrevistas. Se fueron yendo todas y ella seguía allí escribiéndose. Pasó el medio día, llegó la tarde y la recepcionista le indicó que ella era la última, que podía pasar aunque no hubiese terminado de completar el formulario. Ella le mostró el formulario aún incompleto y le pidió un par de hojas más para poder terminar su solicitud. Ante el silencio desconcertado de la secretaria, se impacientó. Las palabras empezarían a volársele como asquerosas mariposas si  no las atrapaba delicadamente en ese preciso momento. Le explicó que tenía que ser muy cuidadosa con ellas y encausarlas en el desmadrado mundo de lo tangible. Que estas se desprendían de ella como susurros sueltos si no lograba volver a juntarlas, reacomodarlas y dibujarlas todas juntas. La recepcionista quedó boquiabierta y pasmada. Esta vez, Elsa, no podía perder tiempo con más explicaciones obvias: fue directo a la fotocopiadora que estaba detrás de la recepción, abrió el cajón de hojas y se agarró un buen pilón. “Después te las devuelvo. Es una promesa”. Se fue con miles de hojas blancas que luego impregnaría con su aroma, con sus risas y defectos, con sus viernes de lectura y sus madrugadas de páginas y saliva estampados en sus mejillas, con sus boletas vencidas y sus plantas eternamente marchitas en el balcón, con sus focos de luz de bajo consumo y sus tardes de mates con frio.De pronto llegó a la cuadra de su casa caminando con todas las hojas escritas. En la librería se compró dos cua-dernos en blanco, por las dudas. Llegó a su departamento. Se sentó en la cama y siguió escribiendo. Le dolían los dedos de gritar su historia. Los ojos rojos parpadeaban cada vez más lento y finalmente se quedó dormida entre la suavidad de sus palabras.A la mañana siguiente decidió dejar el curso de ilustración y abocar esas horas a seguir escribiendo su formulario de vida. Un mes después tenía tres tomos de su vida reflejados en rojo. Tres semanas más tarde finalmente encontró su calcetín rojo. Y su vida volvió a la normalidad.

inhospita II

Vera cerraba los ojos, pero no quería. Trataba de mantenerlos abiertos con una fuerza bruta, pero acelerar el tiempo traía sus consecuencias. No sabía por cuantos años estaría dormida. Y previendo lo peor hizo un último esfuerzo: dibujo mentalmente un lápiz en su mano y se aferró a un puñado de letras para el mensaje. Las grabó dentro suyo con un grito, un grito que repitió incesante mientras el tiempo la derribaba, la dominaba. Antes de dormirse completamente abrió los ojos y les dijo a Ellos “en el inicio el camino se bifurca, y el puente esta roto. Los cuervos son los dueños del lugar, pero no tienen que comer: las personas que quedan están ciegas…”

Verla entrar consumida en su propia sangre, marchita y desgarbada, les dio miedo y Los del Mas Allá temieron acercarse. Pero al escuchar aquellas últimas palabras, quedaron paralizados. No esperaban un final tan abrupto para la niña que los empezaba a liberar. Dispusieron los mejores Curadores para ella, la llevaron al Salón Etereo, inhabitado por tantos milenos, y la dejaron descansar. Suponían que serian varias décadas de sueño. Pero la esperanza ya estaba en cada uno de ellos en ese entonces. Por lustros la curaron y asearon. Ejercitaron sus músculos inhertes. Le leyeron el Relato del Inicio varias veces esperando alguna reacción del cuerpo, pero nada.

Pasaron quince años y ella fue creciendo lentamente.  Bajo las mantas, aparentaba el físico desgarbado y pálido de cuando niña, pero sus formas habían madurado. Las discusiones entre ellos eran cada vez mas fuertes y se acercaba una guerra interna. Molla, anticipándose al combate, una madrugada de verano, saco a Vera de su cápsula y suplanto su cuerpo por unas almohadas cocidas. Corrió hasta su escondite en el límite del Pantano y la depositó lo mejor que pudo en su cama. Vera se mantenía dormida, como siempre. Molla corrió a cubrir la entrada de su lugar secreto, estupefacta por lo que acababa de hacer. Temblaba con un frío atroz y la culpa empezó a embotarla. Se sentía mal. Tantos años cuidando de la niña y ahora se la adueñaba sin consultar con los Curadores acerca de las consecuencias de este pequeño gran acto. Pero los Curadores no estaban allí. No había nadie, excepto ella y aquella mocosa dormida. Pensó en la primera vez que la vió, casi muerta en el medio de la nada, bañada en sangre y con un puñado de palabras que decir antes de desfallecer. Pensó en lo cerca que estuvo de matarla tantas veces, en lo fácil que podría haber sido, pero ahora todo era distinto. Ahora esta pequeña mujer, aunque casi muerta, era una de las pocas personas que podía hacer una gran diferencia para todos ellos. Mientras pensaba todo esto, escucho una gran explosión en la ciudad y gritos a lo lejos. Se asomo a la entrada de su guarida y vio horrorizada como el lugar donde había estado hacia un momento ya era polvo y escombros. Pensó en sus compañeras, penso en Alica, en Roc, en Mills y en Jocco. Todas personas  dedicadas integramente a mantener a la mocosa en forma, todas personas que ahora estarían muertas o agonizando. No quiso pensar más. No quiso saber del destino de ninguno. Debía despertar a la niña cuanto antes.

Lo primero que hizo fue bañarla con agua helada, y no paso nada, entonces decidió acercarla al fuego para ver su reacción pero ella seguía impasible. Probo leerle de nuevo el Relato del Inicio y nada. Hasta que pensó llamar a Luca. Y aquí es donde la verdadera historia comienza…

atraida

Es una corriente azul que pide con fuego que no dejes de agrupar palabras.
Es la bocanada atrapada a último momento, necesaria para poder sobrevivir a todo lo que va a venir después.
Es la pasión del primer instante, quiere todo rápido pero de a poco, enreda las manos conociendo su recorrido, imanta los roces vibrando dócil, profundiza las miradas, eclipsa las demás sensaciones, aísla el universo de lo cotidiano y protege la magia.
Es la canción del momento, se te cuela en los labios sin pedir permiso y ya la estas cantando sin pensar. Es el gesto tierno que te atrapa, saboreandote, impregnándolo tus espacios.
Es el cuento escrito una y mil veces,  sin quererlo, sin necesitarlo. pero que se escribe solo…

roida

las manos cansadas del aire viciado
las caricias corroídas por la piel
la boca seca de no decir
los tormentos de la pasividad

los minutos que se hacen cuesta arriba
los pies cansados de pedir permiso
las orejas sangrando por lo bajo
los labios partidos por el llanto

el tic tac imperfecto sonando en su interior
marcando el tiempo de los otros
llenando espacios inmaculadamente fríos,
subiendo al abismo del lúgubre escándalo
olvidando el espacio de las sombras lentas.

las pisadas del sinsabor
transitando un cambio impreciso,
cortando viejas ataduras
entretejiendo unas nuevas más putrefactas

y en la brisa de la noche
el tiempo y su paso maquinan un nuevo pesar
soñando el eco de una angustia rota atrapando pesadillas prohibidas,
despertando
amasando
contemplando
sucumbiendo
delirando
observando
devorando

insaciable                 pidiendo cada vez mas

 

arder en bruto

las heridas sucias por el viento
la desazón de un día sin fin
el inicio perdido              mas afuera                     mas lejos
los locos pantalones desgarbados
los saquitos de te enmohecidos
esos domingos arruinados por el llanto
las tardes muertas mirando la pared

la angustia apretando bien el cuello
esperando la decisión final

las espinas del piso corroído
el escalón que siempre patina
las mañanas frías de manos secas

la persona no recordada
la espera del abrazo nunca dado
el teléfono sin sonar
las caminatas por el hormiguero

la desilusión adquirida con el tiempo
los tropiezos apropósito
los labios apretando fuerte para que los ojos no lluevan
las uñas desgarrando las palmas de las manos

mudas promesas hechas a la nada
firmes arrebatos de locura contenida
eclipses de ternura agotados

y esas ganas ciegas de un abismo inaudito
la irracionalidad aplicada a uno mismo

rota

Se hunde en el banco de aquella estación gris y ríe. Ríe de su soledad empedernida, de su suerte maltrecha, de su vaso siempre medio vacío, de su terquedad abrupta, de su “absolutez” firme, de sus novios inventados, de su pierna rota y el yeso que le pesó algún día de mayo. Ríe de la calma con la que tomó esa tarde de frió en que no vio la baldoza rota y se empezó a romper ella también. Ríe de la cara de su tía al llegar al hospital y verla con esa bota blanca, enorme, gigante, en su pierna. Ríe de los gritos recibidos esa misma tarde.
Ríe porque antes de haber caído disfrutó de una tarde alucinante. Saboreando el sol que acariciaba su piel en la plaza. Rie de haber tenido ese impulso frenético de descalzarse y caminar por el canto rodado sin más que sus pies bien sueltos. Ríe de haber tenido una cámara de fotos cerca. Ríe de la precisión con la que escuchó los pensamientos de los demás en los ojos al verla. Ríe de notar la desaprobación incipiente y marchita de los que caen luego de la primer carcajada contenida y ahora la miraban como si fuera una desquiciada. Rie de haber visto en la misma plaza a otro par de ojos menos grises que sonreían con ella. Rie de no haberse sentido tan sola ese instante. Rie de haber estado al borde de ser consumida por el precipicio inmaculado de Los Demás y después sentirse tan ella. Rie de haber encontrado esa alma fresca entre tanta multitud gruesa. Esa alma que la salvo durante tantos años por haber habitado sola en sus pensamientos.
Rie de las madrugadas oscuras sin sueño, ríe de las interminables caminatas de vuelta a la casa con pesadas bolsas que cortaban la circulación de sus manos, ríe de que nadie la eligiera para quedarse con ella en las primeras fiestas adolescentes, rie de escuchar historias de amor de otros pero no haber tenido una que incluya su nombre, rie de saber que solo la calmaba escuchar su propio pulso después de las golpizas.  Rie de haberse escapado un día de agosto, cuando todos parecían dormir, y sentirse libre a pesar de no comer todos los días,  rie de ver como ni siquiera se molestaban en ir a buscarla, rie al darse cuenta de que todos esperaban su partida desde hacía varios años. Rie de no sentirse más el peso de nadie.
Rie de estar hundida en el banco mirando sus manos ásperas y lastimadas por las caricias del gato callejero que ella siente propio. Rie al ver su calzado desmembrado y aireado por demás. Rie al sentir que le haría bien contar con un abrigo más grueso para las noches a la intemperie. Ríe de lo mucho que su cuerpo puede acurrucarse en ese banco y pedirle prestado al cemento algo del calor recibido durante el día. Rie de sus conversaciones filosóficas con el gato callejero. Rie de las respuestas acertadas del felino transmitidas con la mirada.
Rie porque las avispas están cada vez más cerca y la comen cuando duerme, ríe porque un día pensó que el gato de verdad le hablo, ríe porque debajo del banco hay un pez muerto que quiere devorarla, ríe porque sabe que el viento se detuvo solo para soplarle en el cuello y atormentarla con sus lamentos, ríe de ver sus canas atravesarle el cuerpo y de saber que le quedan ver muchas generaciones de niños en el parque disfrutar de una vida que ella no quiere. Rie de haberse sentido morir una luna llena entera, rie de haberse despertado la mañana siguiente aún entera (aunque un poco más corroída).
Rie. Rie porque sabe que solo con el sonido de su risa puede salvarse. Rie porque sabe que el abismo está cada vez más cerca y nadie nota que ella esta empezando a hundirse en el.

(mater) cloaca

Le pegó sin previo aviso en una noche de cristal. Cuando el duelo ya casi estaba terminado, comenzó carcomiendo sus extremidades más profundas y situó el dolor por sobre todas las otras sensaciones. Inundó su vientre con esa angustia que solo trae la marea de la traición convenida. Colapsó su alma con óxido para que sintiera el gusto amargo del olvido nunca olvidado. Devoró su piel por capas lentamente disfrutando de cada grito mudo.
Cuando la pequeña halló el silencio de la desdicha frenó sus golpes maestros para contemplar su obra. Había corroído de la mejor manera el interior de la pequeña. Había instaurado de raíz que cada partícula de su cuerpo no sintiera merecer el aire que la mantenía viva. Marchitando sus sentimientos y atrofiando sus sentidos río generosa, abundante. Los abismos la aplaudieron. Por último, maldijo a la pequeña para que se conformarse con las caricias de las gotas del rocío, para que se sintiera plena con la mirada de las lunas por las noches, para que pudiese reír solo mentalmente al sentir el viento recorrer su cuerpo casi marchito, para que sólo le bastase el murmullo de sus propios sonidos internos para sentirse acompañada, para que en la soledad de su alma no hallase a nadie más que a ella misma en su largo camino.
Pero lo que no supo predecir fue que la pequeña se encontraría con el reflejo de un ser tan devastado como ella. Que le enseñaría que las marcas en la piel también indicaban el paso del tiempo. Que si las heridas habían cicatrizado de alguna extraña forma, también el dolor. Fue consciente de que lo percibido ahora era el eco del infierno inicial. De a poco volvió a mirar su cuerpo tatuado por una historia traicionera y halló un silencio distinto en su interior. Recordó lo que todos nacen sabiendo alguna vez: el reflejo de uno mismo en el espejo es el cicatrizante más poderoso, es el escudo más solemne.

Inhospita

Condenada a la búsqueda eterna de mil destellos, Vera despertó una vez más en la oscuridad. Ahogada por la abundante bruma  agitó las manos en las tinieblas por un buen rato (como quien busca su propia luz extinguida) y al fin dió con una llave suspendida en el aire. Tenía un color agudo y  punzante, con incrustaciones de diminutos espejos en su parte superior. Brillaba filosa. La tomó con cuidado esperando escuchar su propio grito ahogado luego de los cortes. Pero no pudo derramar ningún sonido. Su boca estaba seca. El dolor fue espontáneo y fino. Sus dedos querían colapsar pero ella aferró con más fuerzas la llave. Esta le estaba dejando esa clase de heridas que solo se sienten pero no se ven. Ese era su poder. Miró su mano y por fuera sus dedos aparentaban una normalidad aterradora. Su cuerpo tiritaba de dolor, un dolor que se expandía a cataratas, inundando su interior. comenzó a caminar. sus pisadas eran como una suave garua en el suelo, pero el dolor aumentaba. La única forma de apaciguarlo para no volverse loca, era acelerar el tiempo. Era una decisión arriesgada, pero tenía que intentarlo alguna vez. Tomó aire varias veces y la última vez decidió contenerlo para ayudar a que las agujas del reloj acelerasen el ritmo. Apuró el paso y comenzó a diluviar con fuerzas sus pasos. Cada vez más rápido. Cada vez más débil. Sabía lo que tenía que hacer: llegar a la Puerta de Más Allá, abrirla con la llave, para después conocer a Uno de Ellos. Devoraba el poco aire consumido que le quedaba dentro. Escuchó en las notas del reloj un cambio de tempo. Quería vomitar su ahogo pero tenía que aguantar un poco más. La llave parecía agrandarse en su mano. El aire se tornó denso en aquella mazmorra. Podía sentir los golpes de su corazón dar contra su pecho. Finalmente llegó a la puerta temblando una incertidumbre asesina. Escuchó el zumbido de los números en su garganta. Y de pronto el tiempo le hizo caso por una única vez y marcó un ritmo alocado. Aprovechando ese rapto de locura, colocó la llave en la cerradura, la hizo girar y abrió la puerta casi asfixiada. La claridad se hizo presente. Y por el desgaste acumulado volvió a dormirse. A dormir en una vida de edificios y terrazas, de taxis y cigarrillos, de  carcajadas tiranas y sueños colapsados. Volvió a dormirse empujada por un cansancio fugaz, volvió a soñar una vida espaciada por melodías distantes. Volvió a dormirse esperando despertar por la noche para continuar viviendo. Una vez más.

Aire…

“Se dice, y es verdad, que precisamente antes de nuestro nacimiento un ángel apoya un dedo sobre nuestros labios y dice: ‘Calla, no digas lo que sabes’. Por eso nacemos con una hendidura en el labio superior y sin recordar nada del sitio de donde venimos, ni todo lo que aprendimos en otros tiempos, en otras vidas.” Abrimos el túnel y nuestra música particular invade el universo, llenándolo, cubriéndolo, abrazándolo. Así venimos al mundo: despojados de prejuicios y de certezas absolutas. Con la pureza brutal de un alma intacta, que trae un llanto limpio y ojos bien abiertos. Cargados de una luz inmaculada que va a brillarnos eternamente.

Mientras, afuera, las personas continúan con sus ciclos sin notar que una nueva vida, cargada de magia, los ha impregnado.

Epissstooooolaaaaa

Piu:
Tengo excelentes nuevas: vendimos al fin. Nos despedimos del departamento de capital hace un par de semanas. Hubo cajas empachadas de nuestros pedazos de hogar por todos lados. Muebles tímidos amuchados dentro de un flete gris que nos llevaba a todos hacia un nuevo espacio. La casa nueva todavía hace eco por algún que otro rincón. Los ambientes hablan y se responden solos porque los muebles no alcanzan a llenarlos. Tengo que ver que muebles compramos para el living porque tenemos gustos muy diferentes: Pablo quiere muebles rústicos y aburridos, en cambio yo quisiera algo sobrio, minimalista, blanco/negro. El quiere sillones mullidos y de tela floja, en cambio yo prefiero los de lineas perfectas, que no se arrugan con el uso. El prefiere cuadros de paisajes y yo muero por uno al estilo Pollock. Los dos estamos bastante firmes en nuestros gustos, pero ya se verá. Iremos negociando por el estilo del hogar en la inmensidad de nuestro tiempo.
Tímidamente nuestros espíritus comienzan a habituarse a un lugar más grande. Tratamos de que con calma se familiaricen con los que ya la habitaban cuando llegamos. Porque esta es la otra curiosa novedad: hay fantasmas que nos esperaban en esta nueva casa y eligieron quedarse. La adaptación está requiriendo mucha paciencia y entendimiento. Los primeros espíritus se hacen respetar y se imponen ante los nuevos. En parte porque temen ser olvidados y también porque necesitan mimos, estuvieron mucho tiempo solos. Así que nosotros con mucho respeto suavizamos sus temores con sahumerios de mirra y jazmín por las mañanas. Los relajamos con nuestras duchas a puertas abiertas por las noches para que puedan espiar tranquilos nuestros cuerpos. Nos paseamos por las habitaciones desnudos para que nos conozcan desde todos los ángulos. También hemos intentado amarnos hasta el hartazgo a sabiendas de sus miradas incrédulas y posesas. Esta última práctica es la que mas resultado nos dio. Los relaja y deja la casa llena de una paz lujuriosa por varios días. De esta forma comenzaron a ablandarse y a estar en armonía con los habitantes incorpóreos que trajimos nosotros. El único inconveniente con este ejercicio de amarnos con público es que hemos tenido situaciones embarazosas para con algunos amigos que vinieron a visitarnos: estaban con las pasiones a flor de piel y querían llevarnos hacia cualquier superficie horizontal para acariciar nuestros cuerpos. Por ello ahora, que la fecha de tu llegada esta más próxima, sabemos que la abstinencia del placer carnal es fundamental para evitarte y evitarnos algún disgusto futuro. Más allá de esto, quiero que te quedes tranquila y sepas que son muy amigables e inspiradores. Nos ayudan en todo momento. Si estamos viendo una película con Pablo o si suena el teléfono o si estamos cenando y nos quieren interrumpir tocando la puerta, ellos se encargan. Y si bien son muy atentos para muchas cosas hay que tener cuidado de no dejarse absorber. A veces nos relatan con tanta intensidad las pasiones de sus cuerpos (pues es lo que más extrañan y por ello las tienen más presentes) que creemos por algún instante haberlo probado todo y queremos morir para volver a vivir. Por otro lado son extremadamente intuitivos, demandantes, frágiles y por suerte también transparentes.
Bueno, espero se haya entendido lo excepcional de la situación. No quería que llegaras y te encontraras con espíritus excitados y curiosos de buenas a primeras. Nos vemos entonces la semana próxima. Te esperamos en la estación terminal a la hora de la siesta. Probablemente nos veas un poco pálidos, es porque nos estamos acostumbrando a esta nueva perspectiva compartida.

Besos, te quiero.
Aru

Silencios

Le gustó el calmo devenir de la mañana cuando las hojas verdes comienzan a airearse y las respiraciones se aquietan. Disfrutó de la tranquilidad de los aromas nuevos que le traía la nada misma. Se sentó en la cama revuelta y se asomó por la ventana. Recibió una corriente fría en el cuerpo desnudo que la hizo querer vestirse, pero desistió al instante.  Los otros dormían apaciblemente en las demás habitaciones. Volvió a recostarse. Sintió la suavidad de las sabanas transpiradas. Se hundió complacida en ellas. Navegó por las sutiles caricias de sus recuerdos y contemplo extasiada cada momento como si lo estuviese viviendo nuevamente. El recuerdo de esas manos intensas le quemaban la piel. Sintió una mano real deslizándose por sus imagenes mentales. Sonrió. Volvia a empezar la danza…

Mater tura

 

la segunda parte de mi cuerpo a kilómetros de distancia

ruido a médicos                     olor a madre

mi alma abierta para traerla al mundo

el espacio entero haciendo una pausa

sus ojitos enormes                  transparentes y livianos

su mirada agnóstica maravillada por el milagro

su mano perfecta apretando la mía

una humanidad brutalmente pura

 

ta tu: tu

Se veía bien. Era discreto pero sensual. El tatuaje se lucia majestuoso desde todos ángulos. Lástima que él no supo apreciarlo el tiempo necesario (es decir toda la vida, minuto a minuto) y se fue. Ya no sabía cómo mirarse al espejo sin que el tatuaje le recordara lo absorbente que había sido con este último también. La lógica de su amor no era compartida. Solo pretendía el abismo entero y más. Parecía difícil para los demás. Resultaba ser que seguir a su amante a todos lados mientras él lo ignoraba, era algo obsesivo y asfixiante. Como así también lo era intentar saborearlo todas las noches y quedar con ganas de más por las mañanas? Para este ultimo (y los pocos que estuvieron atrás) parecía que sí.

Ahora se había enfriado. No lo lloraba más. Pero aquel dibujo en su piel aun parecía nuevo. Llamo a todos los lugares donde podían con magia laser y dinero remover esa impronta. Pero el dinero no alcanzaba. Nada alcanzaba. Ni hacerse otro tatuaje encima porque ello implicaba otro gasto más en su pobre billetera. Pero quería sacarse la marca de una buena vez y la solución siempre implicaba dinero y dolor.

Lo pensó una tarde de calor. Desnuda, en la cama, se dijo que habría millones de hombres dispuestos a su amor, y de entre esos millones habría miles con el nombre del tatuaje. Y de esos miles habría un puñado más listo para una aventura de verdad. La respuesta siempre había estado cerca.

Ya decidida busco por su barrio, busco por las plazas, busco por los el mar, debajo de su cama, por los techos de los edificios abandonados, por el viento y las rocas negras y adustas. Encontró varios. En un principio ellos se fascinaban con su personalidad tan radical y caían a sus pies una que otra noche. Ella siempre tenía cuidado de estar a oscuras en el momento del amor. El tatuaje no debía ser descubierto en las primeras citas, por ello le ponía misticismo a sus justificaciones para con los nuevos chicos. Y ellos enredados como estaban creían en su vergüenza y timidez exótica sin preguntar. Pero ninguno se quedaba. Pasado un tiempo, al ver el tatuaje en un festejo de aniversario, huían entre indignados, temerosos y sorprendidos. Ella lo volvía a intentar una vez más.

Un día llego uno diferente. Ojos escarlata. Bueno, era lo que ella veía. Los atrapó el abismo mismo en sus redes, devorándolos en un principio, como hace siempre el enamoramiento. No abrían las ventanas, ni las persianas, ni comían, ni se cambiaban, ni se lavaban. En esa época de juego de cuerpos frenéticos estaban cuando un diciembre de festejo le mostro el tatuaje. Ojos escarlata lo festejo alocado. Fue fácil.

Cuando la peste del enamoramiento empezaba a sucumbir la anécdota del tatuaje a veces le causaba risa. Poco a poco retomo sus actividades. Pero Ojos escarlata no. Esperaba impaciente el cuerpo de su chica todas las noches para atraparla en su baile eterno. Ella mientras tanto reía y disfrutaba.

Pasadas las cuatro estaciones algo la hizo detenerse. El hecho de que el no cesara su asecho. Descubrió su propia locura dentro de él. Lo había contagiado. Contagiado de frenetismo histérico por el amor de los cuerpos y la obsesión por las almas. Así poco a poco también él se desdibujo, se agriso.

Lo dejo una mañana de frio. Se fue serena. Feliz de su decisión a la estación de tren. Fue lejos a otro continente a airearse. Y el tema del tatuaje otra vez salió a flote. Pensó durante 3 lunas llenas y todavía no sabía qué hacer. Tan a flote salía a veces que vomito 3 días seguidos. La siguiente semana igual. Era raro. No hizo falta ningún test. Nunca se había sentido así.

Una noche se miro por dentro como suelen hacerlo las almas atormentadas: cerró los ojos, fue más profundo que el sueño compartido con el mundo. Bajo a las profundidades de la luz y lo vió: muy pequeño y esquelético su bebe se formaba fuerte y decidido. Ya tenía justificativo de sobra para su tatuaje. Era el nombre perfecto.

La criatura dentro suyo confirmo su sexo con una patada fuerte.


 

El renegador de verdades

De ochentoso pelos largos y pañuelo rojo en la cabeza, el Renegador asiste a quienes no saben decir lo que sienten por estar enfrascados en sus ontológicas penas. Ayuda a decir lo que en los momentos de bronca desmedida no se sabe decir. Así ante una situación tensa, ruidosa con alguien dispuesto a una pelea verbal infundada, el Renegador se hace presente y aflora las mas crueles verdades a modo de abruptos gritos, gestos y palabras obscenos. Dice lo que no pueden decir los que son para adentro. Tiene una tarea ardua. Difícil. Pero su semblante noble, sincero, su campera de cuero, sus brazos tatuados y su metro noventa, lo hacen respetable.

Cuando aparece el silencio arremete incuestionable en el ambiente y los enfrentados quedan más cerca del piso. El se arremanga con gesto soberbio, respetable y empieza con su monólogo calificado de insultos. Levanta los brazos sudorosos una y otra vez, tira palabras con peso y alguna que otra flatulencia. Recorre con su discurso palabreril una cadena de improperios dignos de ser escuchados, entre exclamaciones y salpicaduras de saliva.

Vive en una casa abandonada, al lado de una fábrica de zapatillas en Munro. Su edad es un tema difícil. A veces parece un adolescente febril con los pelos al viento, una ceja levantada y su actitud desafiante. Otras en cambio parece rodeado de arrugas interminables que surcan su rostro, propias de los seres que han vivido varias vidas en un solo cuerpo.

Este paladín de la justicia elige una vida solitaria aunque muchas noches al ver el costado derecho de su cama tiene ganas de llenarlo con otro cuerpo. Otro cuerpo que no solo se encargue de sus asuntos más urgentes, sino también de sus tristezas y soledades. Hay días que elige buscar aquel ser que lo complemente. Olvida su causa altruista y camina con un atado de diez en el bolsillo del pantalón y una botella de anís en mano. Camina oliendo a perfume de macho de otra época. Camina buscando lo que no hay, ilusionándose con lo irreal, con lo que algunas veces todos soñamos.